Entrevista a Eduardo Blaustein

Julio 2016

Actualidad

“A las madres y los padres que por entonces se quedaron solos. Los míos, sin ir más lejos”. La dedicatoria de Eduardo Blaustein en El Pichi o la revolución de los frágiles (Marea Editorial) deja en claro al menos dos cosas: el carácter autobiográfico de su última novela y una especie de remordimiento sordo que no se queda mudo frente a su propia historia. Que, con sus particularidades y matices, es la de unos cuantos otros. 

“La impronta personal —dice a Revista Cabal aparece siempre, por lo cual toda novela es autobiográfica. Pero solo ‘El Pichi’ contiene autobiografía en sentido estricto, con obvias distorsiones y trucos. Si viré en las primeras dos novelas a toques fantásticos, de ciencia ficción, humor o gusto por la provocación es porque así me hice y soy o me hicieron las circunstancias. Y sí es cierto, y lo había leído pero no lo sabía del todo o me parecía un lugar común, que las novelas permiten la catarsis, la terapia y el exorcismo. ‘El Pichi’, por ejemplo, creo que me ayudó a remontar la experiencia y desgarros de los 70, que hizo que hoy viva ese pasado con una pequeña cuota de mayor distanciamiento o serenidad... hasta ahí”.

Es de los que creen que la curiosidad quizá no nos salva pero seguro nos mantiene vivos, y de ninguna manera mata al gato. Esa curiosidad, esa vocación por el conocimiento, aparece como una constante en la novela, con emotivos rescates de los módicos pero sólidos consumos culturales de aquellos años. Le sumó una herencia familiar de sensibilidad social, cobrada en vida de sus padres, y la época turbulenta en la que comenzó a desandar a diario el camino entre La Lucila y el Colegio Nacional de Buenos Aires, que lo llevaron a la militancia dura, y luego al exilio, sin escalas. Allí, en Barcelona, estudió Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma y escribió las primeras líneas de su CV periodístico. Una consecuencia que, lo sabría con el tiempo, fue de lo más afortunada, a pesar de todo.

Esas otras novelas de las que habla Blaustein son Cruz diablo (Premio Emecé, 1997, una de ciencia ficción a la que alguna vez describió como “de prosa cuidada, lírica menottista, levemente reprimida”) y La condición K (Altamira, 2003), sobre un hombre que “fracasa en todas sus grandes preguntas existenciales y en esa especie de caída en dominó se abre el sinsentido, el caos, el absurdo”. (Se aclara que la premonitoria letra K, nótese el año de publicación, es por Kafka, y que Altamira es una editorial que no está ligada al Partido Obrero). Hay una novela anterior, inconclusa, escrita a seis manos en un anotador marca Congreso con dos compañeros de la primaria. Quizás inspirada en Doce del patíbulo, o en Tobruk, o en la mismísima Casablanca, películas recurrentes de los Sábados de súper acción, versaba sobre algún episodio de la Segunda Guerra Mundial.

En esas novelas, aunque menos explícitos, también aparecen ciertos “datos de la realidad” (y también esa omniletra K). “Eso es deliberado e inevitable. Soy lo que soy o puedo ser. Mi desafío personal, creo y sólo creo, sería que no apareciera eso pero no creo que exista porque es ‘¿cosmológicamente?’ salirse de la llamada realidad o eso que creo que un ciberpunk llamó realidad consensuada”.

Pero Blaustein es —además, o primero, o también— periodista. Y de los buenos. Y de los que suelen estar del lado de los buenos. Por eso la pregunta obvia es cómo conviven en la diaria el trabajo periodístico y el de escritura de una novela, más allá de que “El Pichi” también está “basada en hechos reales”. Dice que “conviven más bien mal y en general ‘hice libros’ (de periodismo con algo de ensayo o ficción) en paréntesis que supe o debí inventarme o con baja intensidad de laburo periodístico. Todos mis libros, entre mucho disparador, de alguna manera son una respuesta y hasta dulce venganza crítica sobre las rutinas y prácticas periodísticas, por alienantes y jodidas”.
Esas rutinas las disfrutó y/o padeció en una serie de medios gráficos que, más allá de cómo haya terminado cada una de las experiencias, eran mayormente “alternativos”: por orden de aparición, El Porteño, Página/12, Página/30, Trespuntos, Crítica, Miradas al Sur, Haroldo. ¿Casualidad permanente o fobia al mainstream? “Fobia e irritación y odio al mainstream —enfatiza—, de acá a la China. Volviendo al Pichi, o a mí, trabajé en los lugares que ‘naturalmente’ pudieron convocarme, los que me causaran las menores contradicciones y dolores posibles, o los mayores entusiasmos, fuertes o relativos”.

Su trabajo también tomó un rumbo muy marcado, el del análisis de los medios, desde la publicación de “Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso” (Colihue, 1998), un libro de referencia ineludible a la hora de hablar sobre las complicidades y omisiones de los medios argentinos durante la última dictadura. Luego vendrían Años de rabia. El periodismo, los medios y las batallas del kirchnerismo (Ediciones B, 2013) y Las locuras del rey Jorge. 1993-2014: Periodismo política y poder. El ascenso al trono de Jorge Lanata (Ediciones B, 2014), más los guiones de La cocina (en el medio hay una ley), sobre el proceso de gestación, discusión y promulgación de la petardeada Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual hoy dejada prácticamente sin efecto (2011, con dirección de su hermano, David Coco Blaustein), y de Clarín, un invento argentino (2012), serie documental dirigida por Ari Lijalad. En todos ellos logra tratar temas difíciles y controvertidos sin dejar flancos débiles para acusaciones de parcialidad manifiesta, y al mismo tiempo sin “neutralidad” ni pretensiones cientificistas.
En cambio, su visión actual sobre el rol de la prensa en los primeros meses del nuevo gobierno no admite demasiados matices: “Creo que todos los que fuimos críticos del rol de los medios y del periodismo desde siempre nos veíamos venir una cuota de horror, que sin embargo resultó mayor a lo esperado, más angustiante aún que lo que esperábamos. Dominio de los medios como poder conservador y restaurador con unas pocas fisuras... y la esperanza de que la realidad dura, lamentablemente por vía del sufrimiento social, de nuevo abre fracturas sobre la realidad que construyen los medios hegemónicos. Un modo de decir que el concepto de la hegemonía es una permanente inestabilidad, o una batalla de todos los días, con kirchnerismo o con macrismo o con lo que sea”.