Hallazgos arqueológicos

Junio 2014

Actualidad

La aparición de restos humanos que datan del siglo XVI en San Martín de Los Andes revela aspectos desconocidos de los primeros contactos entre españoles y nativos.

Antu y Cuyen aparecieron en el cerro Newen Antug, también conocido como Pocahullo («muchas gaviotas» en mapudungun, la lengua mapuche). Antu y Cuyen aparecieron mutilados, víctimas del avance español en la Patagonia durante las primeras décadas del siglo XVI. Antu y Cuyen aparecieron como parte de un trabajo arqueológico conjunto de la municipalidad de San Martín de los Andes (Neuquén), la fundación Azara y la Universidad Maimónides, que llevan una década de búsqueda y preservación del patrimonio arqueológico e histórico de la región.


Según aseguran sus responsables, la aparición de los restos de estos dos nativos patagónicos, entre otros hallazgos de la región, obliga a repensar y reescribir lo que se sabe de la relación entre los conquistadores europeos y los nativos. Según informaron los investigadores, los mariscales del adelantado –y entonces también gobernador– Pedro de Valdivia castigaban la resistencia, armada o pacífica, como delito de «lesa majestad», que penaban con mutilaciones colectivas de manos, narices y orejas.  Ya fuera por negarse al trabajo forzado o por eludir el pago del tributo, así como por tomar un arma para defender las tierras, el resultado culminaba con alguna parte menos del cuerpo. Prisioneros de guerra o poblaciones enteras sufrían estas atrocidades, que los investigadores caracterizan afirmando que «sus manos, narices y orejas formaban montículos de terror que materializaban el poder soberano, el castigo real de orden divino».
Muchos de estos mutilados, revelan los hallazgos del equipo del arqueólogo Alberto Pérez, terminaban en el cerro Newen Antug, un bello paraje patagónico que hoy se conoce como «Comandante Díaz» (en la ladera oriental del valle de lago Lacar, sobre el cordón Chapelco). Allí sobrevivían a sus terribles heridas gracias al auxilio de sus congéneres.


«No existen muchos sitios arqueológicos en la Patagonia continental que brinden información sobre las primeras décadas de contacto hispano-indígena», explica Pérez respecto de la importancia del hallazgo. «Además, nos permite confrontar algunos documentos históricos que relataron las matanzas y mutilaciones practicadas durante la conquista y sirve para demostrar que lo que pasaba en la vertiente chilena de la cordillera de los Andes no era ajeno a lo que ocurría de este lado», agrega. Pérez asegura que estos descubrimientos también atenúan la idea de que la cordillera norpatagónica funcionaba como límite político entre las etnias de la región, como mapuches y tehuelches.


El yacimiento arqueológico del Newen Antug contiene sepultados gran cantidad de invididuos. Antu y Cuyen (Sol y Luna) son dos particularmente bien conservados y, por lo tanto, los más propicios para la investigación. En esa época, las mutilaciones a las que eran sometidos solían terminar en la muerte, aunque los españoles confiaban en que el método les permitiera aterrorizar a las poblaciones para obligarlos a la obediencia. Según los investigadores, muchos indígenas sobrevivieron a este maltrato gracias a la medicina tradicional, el cuidado social y la imprescindible cuota de suerte. Gran parte de estos sobrevivientes se refugiaron luego en los parajes más inhóspitos de la región, sin oro ni plata que pudieran tentar a los conquistadores.


De la excavación se desprende que Antu fue sepultado con delicadeza y echaba en falta su mano derecha. Su cuerpo estaba adornado con almejas de agua dulce y ocre. Cuyen también fue adornada, pero tenía un alisador de hueso de huemul en la cintura junto con un jarro, un puco de cerámica y un pequeño recipiente, aparentemente una jarra reciclada de la región de Valdivia. Lo singular es que la excavación reveló que había perdido en vida ambos brazos y que, aun así, había sobrevivido. «Su maxilar se proyectó hacia delante, ya que su boca sustituyó sus manos: su dentadura parece una verdadera navaja suiza, con distintos sectores especializados en sujetar, gastar, modelar y cortar». La disposición de los dientes y las marcas sobre su estructura ósea sugieren que cargaba grandes pesos con la boca. Los investigadores caracterizan a la pareja como «víctimas silenciosas de la forma en que el colonialismo español institucionalizó y materializó la base de su poder soberano durante las primeras décadas de su arribo».«Hay una verdad oculta, enmascarada, acerca de la crueldad que desplegó el colonialismo español sobre el indígena en la Patagonia y que luego reprodujo el Estado Nacional de la mano de Martín Rodríguez, Rosas y luego Roca a lo largo del siglo XIX –advierte Pérez–. Esa verdad debe salir a la luz y nuestra sociedad debe reflexionar acerca de cómo se trata la situación y reclamos de los pueblos originarios con más tolerancia y respeto».

 

A los restos de Antu, Cuyen y todos los otros nativos enterrados en el cerro se llegó gracias a un poblador local que encontró restos humanos y artefactos mientras hacía un pozo de agua en su casa. «Me pareció una prioridad entre las actividades de prevención que la Secretaría de Planificación y Desarrollo Sustentable de la municipalidad de San Martín de los Andes me encomendó en salvaguardia del patrimonio arqueológico y etnohistórico local», recuerda Pérez, y agrega que «conociendo el contexto en que aparecen estos materiales, sabía que estos yacimientos suelen ser muy grandes, como atestiguan otros encontrados por colegas chilenos».

Simbólico y espiritual
Un mes de trabajo «arduo y meticuloso» permitió comprobar, primero, que había evidencias de prácticas cotidianas similares a las que ya se conocían en la región valdiviana a ambos lados de la cordillera, y luego, encontrar estos nuevos datos que permiten comprender mejor el pasado nacional, aun antes de la constitución del Estado argentino. En Newen Antug se dio con un registro muy bien conservado de la vida y muerte de distintos individuos que ofrecen testimonio del «contacto entre dos mundos», un período poco conocido arqueológicamente en la Patagonia argentina.


Efectivamente, el yacimiento arqueológico resultó abundante, cosa que sorprendió a la comunidad local, que se encontró, literalmente, con la historia en el patio de su casa. «Hay que legislar para que se anticipen, difundan y se tomen protocolos consensuados con la comunidad, en base a la legislación nacional y provincial vigente», ahonda Pérez. El arqueólogo cuenta que la lectura de la comunidad Lofche Curruhuinca es distinta. Por un lado «reconocen a través de su longko, Don Ariel Epulef, que la recuperación de los cuerpos fue una decisión en base a estar en una tremenda situación de vulnerabilidad su integración o conservación, pero, por otro lado, consideran que con ello se rompió el orden natural de las cosas». De resultas que ambas partes consensuaron acciones reparatorias en lo «simbólico y espiritual» y discutirán el destino final de los restos, si bien, asegura el científico, «nos han permitido estudiarlos por el interés que despierta en el marco de su constante búsqueda de reivindicación de derechos».


Este descubrimiento, considera el líder de la expedición, abre distintas vías de investigación. Por un lado, confirma los grandes conocimientos sobre las plantas nativas para la salud. Por otro, habla de una importante unidad social y lazos de parentesco que permitieron que muchas personas sobrevivieran a los ultrajes coloniales. «Sin duda sólo fueron posibles por el cuidado del grupo, lo que implica que durante mucho tiempo estas personas fueron protegidas, alimentadas y curadas por otros individuos, que realizaron actividades básicas de subsistencia por y para ellos, y que luego, pese a sus limitaciones físicas, estas personas estaban plenamente integradas a la vida social», explica Pérez. Además, advierte, esto rompe con cualquier vestigio de estereotipo que ve en los pueblos originarios una imagen «salvaje o deshumanizadora» que «se quiso institucionalizar para justificar la violencia estatal contra el indígena».
Actualmente se proyectan nuevas excavaciones en el yacimiento Newen Antug, mientras continúan los estudios etnohistóricos, arqueológicos, bioantropológicos y genéticos. «Se busca confirmar, con métodos científicos y técnicos, como dataciones absolutas, la relación entre las amputaciones en vida y la falta de objetos del mundo occidental, así como la correlación entre la vida y la muerte de estas personas y el sangriento período histórico que caracterizó a la segunda mitad del siglo XVI con la nefasta “guerra a muerte” contra las poblaciones indígenas de la región», informa la Fundación.


El trabajo continuo abre otra posibilidad, que es la de plasmar la década de investigación en un museo local. Así lo confirma a Acción Adrián Giacchino, presidente de la Fundación Azara. «De alguna forma, será la consolidación del trabajo de investigación y divulgación realizado en la región en materia arqueológica y dirigido por el arqueólogo Alberto Pérez», explica, y afirma que contará con «exhibiciones permanentes sobre los pobladores originarios de la zona desde hace unos 13.000 años hasta fines del siglo XIX». También, se lo podrá visitar en pleno centro sanmartiniano, a tres cuadras de la plaza principal de la ciudad andina. «Además contará con gabinetes de investigación, laboratorio, depósito, biblioteca y un espacio para muestras temporarias», confió, y detalló que la exhibición permanente tendrá unos 350 metros cuadrados.
Giacchino destacó que en la década de trabajo en la región recibieron apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional y hubo proyectos conjuntos con la Fundación Atrapuerca, el Museo de la Evolución de Burgos y la Universidad de Burgos, además de la UBA y, claro, la municipalidad, empresarios y estancieros locales, además de la comunidad Curruinca, de pobladores originarios.
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Andrés Valenzuela
Nota reproducción de Acción Digital: edición Nº 1145