La amistad en la era de Internet

Julio 2015

Actualidad

En la era de las redes sociales, los vínculos cambian y se complejizan: mientras hay quienes opinan que no se  pueden establecer conexiones profundas y significativas con otros a los que nunca hemos visto, otros cuestionan que haya una sola forma de entender la amistad e invitan a pensar el fenómeno. Opinan el filósofo Darío Sztajnszrajber y el especialista Martín Becerra.

  El concepto de “amistad” en estos tiempos puede resultar desconcertante para quienes no piensen los vínculos como entidades que también sufren transformaciones en el tiempo. Es que las redes sociales han impuesto una nueva dinámica que, de algún modo contradice la creencia de que los amigos son, exclusivamente, aquellos con quienes hemos compartido experiencias a través del tiempo.
   Si bien es discutible que las cientos e incluso miles de personas con las que cada usuario se vincula a través de las distintas redes puedan ser comparados con las relaciones que se han forjado y sostenido a lo largo de los años, no es menos cierto que ese intercambio permanente a través del chat, Twitter o el muro de Facebook abre paso a nuevas formas de relacionarse y compartir vivencias, reflexiones o información.

Es probable que las interpretaciones acerca de este fenómeno sean variadas y tengan que ver, en muchos casos, con una perspectiva generacional: así como un adolescente puede considerar que tiene “dos mil amigos” en una red social - aunque sólo interactúe personalmente con un pequeño grupo;- sus padres o abuelos seguramente sentirán que sólo podrán considerar amistades a aquellas personas a las que conocen físicamente y han frecuentado a lo largo del tiempo.
  Pero, en definitiva, ¿puede pensarse que las redes sociales redefinen el concepto de amistad? ¿Cómo analizan los especialistas esta nueva realidad?
“El concepto de amistad es variable, no es universal y cada persona lo elabora de manera distinta”, opina Martín Becerra, docente, investigador del CONICET y Doctor en Ciencias de la Información. “Entiendo que ese concepto, individual, es resignificado a partir de la mayor extensión de contactos, flujos de comunicación y vinculación de tipo virtual. Claro que ‘resignificado’ puede implicar la fortaleza y no necesariamente la debilitación del vínculo. Es decir, no tengo prejuicio acerca del efecto que le pueda producir al vínculo. No necesariamente éste se deteriora por expresarse, en parte, en entornos virtuales”, explica a Revista Cabal.

En la misma línea, el filósofo y ensayista Darío Sztajnszrajber, consultado por esta revista, explica:  “Creo que no hay una diferencia tan taxativa entre la amistad virtual y la amistad real porque primero creo que la diferencia entre lo virtual y lo real no es tan taxativa, de modo que lo importante es salirse de ese pensamiento binario que distingue lo virtual y lo real como si fuese dos instancias autónomas”.
En opinión de Sztajnszrajber, autor del libro ¿Para qué sirve la Filosofía?, “lo virtual es parte de lo real y es algo que se expande todo el tiempo y obliga a una transformación incesante de todo lo que hacemos.  En ese sentido, creo que la amistad, al verse atravesada por la informática, sufre un impacto que no es ni bueno ni malo, sino que es básicamente transformador. La amistad no es mayor ni menor, con las redes sociales, es otra. La tecnología nos obliga a repensar la categoría misma de la amistad.”

  Quienes usan Facebook o alguna otra red social probablemente saben que, en el siglo XXI, la tecnología permite mantener relaciones con un inmenso número de personas, con diferentes niveles de cercanía y complicidad.  Hasta la aparición de Internet –en la era analógica, podría decirse- estaba más o menos claro quiénes eran los amigos o formaban parte del círculo de relaciones afectivas de una persona, pero las redes integraron a la cotidianeidad de los usuarios otros cientos o miles con los que se establece un vínculo diario o frecuente: los famosos “contactos”.
El asunto, bien pensado, acaso no resida en ver a los amigos “reales” y “virtuales” como formas opuestas, sino en entender que pueden ser posibilidades complementarias.

  Sztajnszrajber propone “entender que no hay una ‘verdadera’ amistad sino que ésta, como todo vínculo, está en un permanente estado de transformación.  La pregunta, quizás tenga que ver con eso: con cómo podemos nosotros entendernos a nosotros mismos en un marco de transformación tal que los vínculos más elementales empiezan a modificarse”. En su visión, “es probable que se genere una especie de pérdida o de lectura decaída de algo que sentimos que perdió su naturaleza original, cuando en realidad, es un paradigma que determina una forma definitiva de pensar la amistad. Me parece mucho más interesante abrirnos a lo que traen de nuevo las redes y las posibilidades que nos brindan de repensar la amistad y de empezar a vivenciarla desde una perspectiva completamente novedosa, como por ejemplo tener amigos con los que uno directamente no se ve”, dice.

  También cabe considerar que parte de los vínculos “virtuales”, aunque no siempre ocurra, a menudo pueden trasladarse a la vida “real”, es decir a un plano vivencial: puede ocurrir también que las redes y las relaciones que a través de ellas se establecen terminen alimentando el círculo de los afectos, y esas amistades sí lleguen a trascender las pantallas.  Las amistades virtuales suelen estar asociadas a intereses comunes: el deporte, la música, la historia, el cine,  los videojuegos etc. Aunque esas formas de contacto pueden derivar en un tipo de relación más próxima o abarcativa. Y también puede ocurrir que permanezcan en la esfera virtual pero no por eso sean menos significativas para el usuario: “A mí me pasa de tener en Twitter un montón de amigos con los que dialogo sin saber siquiera sus nombres, esas son funciones de esta red que disfruto, y no me interesa conocerlos o verles las caras”, opina el filósofo. “En el fondo, todo esto tiene que ver con eso: abrirse a esa realidad transformadora que proponen las redes”.

  Martín Becerra, por su parte, piensa que “a estas alturas de masividad y cotidianeidad de uso de las redes sociales, es difícil establecer una separación nítida entre amistades ‘analógicas’ y ‘virtuales’ ya que, en muchos casos, se trata de un mismo vínculo sostenido por distintos soportes de manera simultánea. Así como hay facetas del vínculo virtual que pueden requerir del complemento del conocimiento físico analógico para completar una relación de amistad sólida, también hay facetas del vínculo analógico que, complementadas por la comunicación virtual, pueden también potenciarse. Probablemente la pregunta tenga mayor impacto en las generaciones que se socializaron de forma analógica, dado que en las generaciones más jóvenes la construcción de vínculos asume la convivencia con lo virtual de la misma forma en que quienes fueron jóvenes en los ‘60, ‘70 u ´80 construyeron parte de sus vínculos de amistad a través de conexiones telefónicas.”