La bandera y el 20 de junio

Junio 2014

Actualidad

El presidente de Cabal, Rubén Vázquez, se refiere en este editorial a los valores que están detras de la celebración del Día de la Bandera.

          El 20 de junio, como todos los años, se festeja el Día de la Bandera. Los hechos de su creación son conocidos, pero repasémoslos un poco. El 24 de enero de 1812, y frente al incremento de los ataques españoles a las costas del Paraná ordenados por el gobernador de Montevideo, Pascual Vigodet, el Triunvirato envió Manuel Belgrano con un cuerpo de ejército a Rosario para controlar las agresiones e instalar una batería en las barrancas de Paraná. Belgrano solicitó entonces permiso para que sus soldados pudieran usar una escarapela con los colores azul y blanco, como había sido la de las jornadas del 25 de Mayo, y el Triunvirato consintió. 

     El general repartió las escarapelas y tres días después de eso, en ocasión de inaugurar una nueva batería el 27 de febrero de 1812, dio un paso más en su propósito: creó la enseña patria, una bandera con los colores azul y blanco que cosió doña María Catalina Echeverría. Y ese mismo día formó a sus tropas delante de ella y les hizo prometerle fidelidad mediante las siguientes palabras: “Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y la Libertad.” Los siguientes pasos fueron: el 20 de julio de 1816 el Congreso de Tucumán adoptó oficialmente la bandera diseñada por Belgrano como símbolo patrio. Y en 1938 se declaró al 20 de junio como Día de la Bandera y feriado nacional en homenaje a su creador, fallecido el mismo día del año 1820.

      En algunas ocasiones, los símbolos, como los mitos, pierden su sentido de origen y se convierten con el paso del tiempo en pellejos vacíos que convocan a celebraciones cuya razón de ser histórica no está presente en la conciencia de muchos de quienes se adhieren, a veces por rutina, al festejo. De ahí que, ante el advenimiento de un nuevo 20 de junio, no está mal preguntarnos si recordamos cuál fue el objetivo que sostuvo aquel gesto de Belgrano de crear la bandera y qué promesa puso en acto. Fue la de constituir a América del Sur, y dentro de ella a nuestra Argentina, en un templo de la Libertad y la  Independencia. Así, en mayúscula ambas palabras, como las escribió el prócer.

      No tenemos que ir muy atrás para ver que el valor de ese símbolo nos llama hoy a nuevas batallas, porque ni la libertad (en aquella acepción que decía que el hombre es verdaderamente libre cuando se libera de los grilletes de la necesidad) ni la independencia (como expresión de una autonomía que no acepta las sujeciones a otras voluntades que no sean las del propio pueblo) han sido totalmente aseguradas ni aquí ni en ningún lugar del mundo. La sociedad contemporánea tiene aún muchas asignaturas pendientes respecto de esas dos aspiraciones. Pero es verdad también que en su interior hay dos fuerzas principales que pujan claramente por imponer su propio concepto de lo que quieren respecto de la convivencia entre los distintos países.

     De un lado está el neoliberalismo, que enarbola el principio de la libertad de mercado bajo el cual, en realidad, se esconde la estrategia de dejar sin obstáculos a la maquinaria de trituración de las corporaciones monopólicas que rigen la economía mundial. Es la libertad que les proponen los zorros a las gallinas de vivir juntos en el mismo lugar y sometidos a una sana competencia. Ese enfoque ha llevado al mundo en los últimos años a uno de los peores estados de desigualdad entre los hombres que ha conocido la historia, una situación en cuyo marco no se puede desarrollar ni concebir, obviamente, ningún proyecto de verdadera libertad. De la vereda de enfrente, están los países o los pueblos que luchan, entre ellos muchos de la actual América Latina, por liberarse de esa política que en décadas anteriores significó la ruina y la exclusión de millones de personas en la región y en la tierra entera.

   El Fondo Monetario Internacional ha sido uno de los organismos mundiales emblemas de la primera política. De ahí que haya sido saludable, como una manifestación de esa aspiración de independencia a la que aspiraban Belgrano y otros próceres, llegar a un acuerdo sobre la deuda externa pendiente con el Club de París sin haberse sometido a ninguno de sus dictados. En tren de expresiones soberanas habría que destacar también la iniciativa que se había conocido días atrás a través de los medios acerca de que los principales bloques políticos del Congreso harían una presentación ante la Corte Suprema de los Estados Unidos, respecto del tema de los fondos buitres, dejando en claro que una solución justa a ese problema no es un tema que atañe solo al gobierno actual sino de todo el país. Dos buenas noticias al acercarnos al 20 de junio y al sentido profundo de su conmemoración.