Mujeres vitales

Noviembre 2016

Actualidad

Son madre e hija y hacen de la cultura independiente su modo de vida. Esther Soto continúa con su tarea de gestora cultural que se inició en los 70 con MIA (Músicos Independientes Asociados), un colectivo de autogestión que marcó el camino de la independencia artística en la Argentina. Además, en los últimos años se dedicó con énfasis a la literatura y acaba de publicar su tercer libro, Memorias de un alma irreverente. Liliana Vitale es cantante, compositora y docente, y también sigue en la senda iniciada por sus padres. Acaba de editar su CD-libro Uanantú, donde versiona con su estilo particular grandes temas del cancionero popular que grabó con su hermano, Lito Vitale, recuperando la idea y el nombre de un dúo que tenían de chicos.

 

Activas como siempre, genuinamente independientes y autogestionarias, planeando cosas de cara al futuro, decidieron al mismo tiempo darse vuelta y echar una mirada hacia atrás, hacia un pasado luminoso, lleno de ideas e ideales. Igual que hoy.
En “Memorias de un alma irreverente”, su tercer libro, Esther Soto, la madre, repasa siete décadas de historias públicas y privadas, atravesadas por sus pasiones y aficiones, su sociedad full life con Rubens Donvi Vitale (fallecido en 2012), su experiencia como docente universitaria, su rol aún vigente de gestora cultural. Como tal, sigue al frente del sello discográfico Ciclo 3, donde graban sus hijos Liliana y Lito Vitale, ahora también editorial en la que publica sus propios libros y otros, como los de Gabo Ferro, al mismo tiempo que participa como productora ejecutiva de la revista-libro “Siwa”, de literatura geográfica.

“El disparador para decidirme a escribir —cuenta Esther— es plural: la partida de Donvi fue uno y el hallazgo de Salvador Gargiulo, mi editor, el otro. A raíz del armado del libro ‘Un linyera establecido’ (2013), en el que agregué detalles que Donvi había omitido, me convenció que yo podía escribir. Eso se transformó en una razón para seguir viviendo”. Los dos primeros libros, “Adalay, las almas sin edad” (2014) y “Epifanías profanas” (2015), son de prosa poética (“no lo pensé, me salió así”, reconoce). Respecto de su flamante trabajo autobiográfico dice que “era un proyecto que habíamos planeado con mi cómplice de vida, sobre lo que habíamos hecho en cada año en común, pero cuando él se fue, ya no tenía sentido y en el libro fluyen recuerdos arbitrariamente. Yo tenía preparado otro libro de relatos y poesías, pero Salvador priorizó las memorias, debo admitir que es algo diferente”. Y sobre la motivación para seguir produciendo es contundente: “Si no lo hago, me muero”.

En “Uanantú”, su opus discográfico número 14, Liliana Vitale, la hija, recupera el dúo que compartía con su hermano Lito cuando aún eran niños. Se trata de un disco-libro con un repertorio de grandes temas del cancionero popular, “canciones que no tienen fecha de vencimiento”, según define. Y cuenta: “En un retiro de silencio, a fines de 2014, me surgió la necesidad de volver a encontrar el hilo de la voz desde la infancia. Ahí surgieron las canciones y las músicas que habían fundado en mi oído sus primeros caminos, lo que llamo ‘tatuajes sonoros’. Buscando el origen de una identidad vocal, volvieron a mi memoria unos dibujos que hacía de adolescente y unos textos breves de mi amiga Patricia Pagola, que editamos precozmente a los 13 años. Ese material acompaña el CD, que contiene canciones que escuchábamos y tocábamos de niños con mi hermano Lito, que toca el piano en el disco. Uanantú era el nombre del dúo que teníamos de chicos”.

La alianza de hermanos ya había producido “Mujer y argentina” (1995). “Como aquella vez, fue el devenir de la vida bella lo que nos llevó a grabar en dúo una vez más. Yo estaba probando canciones en vivo que de niños habíamos compartido y en este verano hubo unos preciosos días que pudimos dedicárselos a jugar a hacer lo que fluyera. Muchos temas quedaron en la toma uno. Me gusta la imagen de la intersección posible entre dos mundos diferentes que tienen una zona en común, donde pueden convivir y crear un nuevo sonido”.

¿Qué ven de cada una en la otra?
E.S.: Para mí, Liliana es una artista profunda, que se toma su tiempo para cristalizar lo que le demanda su corazón. Además, heredó el arte de la docencia de Donvi, su padre, y es capaz de transmitir sus conocimientos buscando la esencia del interlocutor, sin reemplazar la acción, propiciando el camino de libertad de cada uno.
L.V.: Veo a mi madre como una luchadora incansable, pionera de las cosas que emprendió en su vida, creadora de nuevas formas de hacer, de producir, de acompañar el desarrollo creativo. Admiradora de los artistas, ella misma no desarrolló sus capacidades creativas hasta hace unos pocos años. Hoy escribe diariamente y ha sacado ya tres libros. Hace cuarenta años fundó junto a mi padre el sello discográfico Ciclo 3, primero independiente dentro de la música argentina, y hoy lleva adelante la versión editorial. Veo su fuerza espiritual, su imperativo por la vida y su mente despierta como siempre.

¿Qué significó MIA en sus vidas?
E.S.: Fue uno de los momentos más importantes de mi vida, porque colaboramos en la generación de un espacio de libertad para la creación de los jóvenes inclinados a la música, en una etapa de nuestra historia en que todo era represión.
L.V.: Para cada una imagino que significó cosas bien distintas. Yo comenzaba mi adolescencia, así que prácticamente me formé en esa experiencia tan alucinante, artística, humana, ideológicamente, contemporánea a la dictadura. MIA existió entre 1976 y 1980, la libertad que no había en la superficie de la sociedad la experimentábamos en búsquedas musicales y poéticas que no tenían prejuicios, y en esa autogestión cooperativa que integraba mucha más gente que solo siendo un grupo de rock. Llegamos a ser casi treinta personas fijas y más a lo largo de la experiencia. Desde esos tiempos tenemos junto a Verónica Condomí un dúo de voces a capella que atravesó varias vidas. Y compartir creativamente con Alberto Muñoz fue muy importante y modificador para mí.

MIA nació y creció durante la dictadura. ¿Los malos tiempos sociales pueden ser buenos tiempos para la creación?
E.S.: Fundamos MIA el 28 de diciembre de 1975, Día de los Inocentes, como una especie de meta imposible; concretamos el proyecto solo por prepotencia de trabajo e imaginación. Es difícil hacer generalizaciones, pero cuando se vive en épocas tan negativas, el creador tiene que inventar la manera de sacar de su alma lo que siente, para impedir la muerte por inacción.
L.V.: Ese contraste fue decisivo en la mística del grupo y de todo el movimiento de rock, que propuso formas y contenidos que trascendían la coyuntura. Las obras que perduran muchas veces están inspiradas en los compromisos del artista como persona, pero veo que siempre se habla de lo que atraviesa los tiempos. Por eso no creo que los malos tiempos sean más propicios para crear. En cualquier contexto el artista puede sentirse incómodo y obligado a rebelarse contra lo que sea: la injusticia, el hambre, el confort y la mentira... Nos falta mucho para hacer buenos tiempos sustentables y ver qué pasa.

¿Qué ventajas y desventajas tiene ser obcecadamente independientes?
E.S.: Ventajas, ejercer la total libertad para realizar una obra sin ninguna presión exterior. Ser dueño absoluto de su creación, independiente de la valoración. Desventajas, es muchísimo más trabajo y dedicación. La repercusión, buena o mala, no se le puede adjudicar a nadie más que al propio autor. Cada uno elige cómo comunica y realiza, a qué público quiere llegar y con qué continuidad. Una vez que se decide muy convencido a la autogestión, es difícil volver atrás. No obstante, hay casos que habría que tratarlos en particular.
L.V.: Yo lo heredé. Nací a la vida profesional con un modo de hacer que no incluía ir a pedirle nada a nadie, haciendo depender de eso tu camino. Creo que esa es la clave de lo que se llama independencia. Buscar el modo de llevar adelante tu obra, tu acción, tomando la responsabilidad de generar los espacios, el trabajo mismo en definitiva. Luego, no soy fundamentalista de la independencia, porque a veces se puede hacer algún buen acuerdo en donde las decisiones fundamentales las tome el artista, y no solo las reglas del mercadeo. A nosotros nos toca cuidar un espacio para la creación artística lleno de herramientas y una experiencia editorial, discográfica y literaria que esperemos tenga larga vida.

¿Qué se ganó (si es que se ganó algo) y qué se perdió (si es que se perdió algo) con la tecnología y el marketing artístico-cultural?
E.S.: La tecnología permitió la operatividad: muchos hoy pueden grabar en su casa. Pero hay posiciones encontradas sobre la calidad del sonido y la frescura en el sonar. Con respecto al marketing, pasa algo similar: si se busca el éxito fácil y rápido es una cosa que no tiene mucho que ver con una propuesta artística. Es una opción para lograr vender más. Lo artístico no se puede definir en el momento: solo el pasar del tiempo define lo que perdurará. Eso no precisa marketing, requiere emoción, reflejar necesidades colectivas y talento, que no se enseña ni aprende, viene puesto en el alma de cada cual.
L.V.: No sé si puedo contestar esa pregunta. En principio siempre trato de ver cómo son los tiempos nuevos y no pensar que todo tiempo pasado fue mejor, todo lo contrario. La tecnología realmente está produciendo un cambio enorme, como la imprenta en su momento. Así que habrá que ver que, como siempre, esto de ampliar el radio de comunicación —en definitiva, democratizar— tiene sus riesgos para la calidad y aumenta las falacias, pero me quedo toda la vida con los beneficios. En todos los tiempos habrá que cuidar el contacto directo, cercano, el cara a cara, lo artesanal de toda creación, de todo vínculo, donde se ve el trazo original, lo que podríamos llamar ‘la verdad’. Así también habrá siempre que contrarrestar la influencia del discurso oficial, unívoco y al servicio de quienes ejercen el poder sobre los otros, con gestos vitales y nuevos.