Crítica de cine: Berberian Sound Studio



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Berberian Sound Studio. (Reino Unido, Alemania, Australia, 2012). Dirección y guión de Peter Strickland. Fotografía: Nic Knowland. Montaje: Chris Dickens. Elenco: Toby Jones, Antonio Mancino, Cosimo Fusco, Tonia Sotropoulou, Susana Cappellaro, Chiara D’Anna y otros. Duración: 92 minutos.

Para el público aficionado a las películas bizarras o escalofriantes, hay un género que se comenzó a hacer en Italia a partir de los setenta y que se denominó giallo, que solía ser una mezcla entre cine de terror y el thriller para poner los pelos de punta a sus seguidores. Esa tendencia dio cineastas que gozaron de un merecido prestigio, como Darío Argento, Lucio Fulci o Sergio Martino, que incluso tuvieron sus imitadores en la propia cinematografía norteamericana. Giallo significa amarillo, que es como decir que ese cine es el equivalente a lo que en la prensa se definiría como periodismo amarillo.

    Esa modalidad estética del cine peninsular se inauguró con La muchacha que sabía demasiado, de Mario Bava, en 1963, pero el autor que le concedió repercusión e impulso definitivo fue Argento con El pájaro de las plumas de cristal (1970), El gato de las nueve colas (1971), Cuatro moscas sobre el terciopelo (1971), Tenebrae (1982), Phemonena (1985) y, entre las tres primeras y las dos últimas, Rojo oscuro (1975) o Suspiria (1977), que son ya policiales muy violentos con toques de trama sobrenatural. El cine giallo más que en la congruencia de sus historias trabajó siempre sobre el aspecto más formal del rodaje y la composición fílmica.

    Sin duda, Berberian Sound Studio es un homenaje a ese cine italiano. Su fábula  cuenta el viaje de un técnico en sonido inglés, Gilderoy, que, allá por la década de los setenta, es invitado a trabajar en la película de un director de apellido Santini. El sonidista, que es un hombre de carácter retraído y tímido, llega al estudio de filmación y se encuentra con que deberá operar el sonido de un filme de terror, detalle que desconocía porque, por el título que le habían adelantado, El vórtice ecuestre, suponía que sería un drama con caballos. Junto a esa circunstancia, que lo sorprende, detecta además que el ambiente laboral es siempre tenso, hay un trato agresivo con las mujeres y detalles tan desagradables como que no le quieran pagar el importe del viaje que debió realizar en avión desde Londres a Italia.

    En rigor, en el estilo algo alucinado de cine giallo, este largometraje cuenta cómo poco a poco ese ambiente, poblado de terribles sonidos y tensiones, va provocando en la mente del técnico una suerte de desequilibro que le dificulta diferenciar la realidad de la ficción. Es como si algunos rasgos oscuros de su personalidad, acicateados por el clima inquietante que lo rodea, despertaran en él la locura. Pero, mientras sigue el hilo de este suceso, que tiene un final de matiz surrealista y acaso emparentado con el cine de David Lynch, narra otros episodios, sobre todo el del maltrato psicológico y la explotación a las mujeres.

     El director y el productor ficticios de la película son verdaderos acosadores de las actrices que deben actuar y se los ve en distintas escenas intentado seducirlas o someterlas, conducta que contradice lo que ellos, según dicen, pretenden denunciar con su arte: la violencia que se ejerce sobre las mujeres. Hay en esta pintura, y con independencia de la admiración que Strickland tiene por el género, el desliz de una crítica no solo al machismo de la época (y por qué no al actual), sino también a las marcas misóginas que a menudo los críticos señalaban en el giallo: mujeres convertidas en brujas, malvadas de toda clase condenadas al infierno. Más allá de esto, la realización es el claro tributo de un cinéfilo a aquel perturbador cine que tuvo su mayor esplendor por los setenta.

     Strickland contó alguna vez que en su adolescencia en Londres veía tanto las películas de Andrei Tarkovsky como las de Lucio Fulci y que de ese batido de influencias –a las que habría que agregar las de Federico Fellini, Alfred Hitchcock, Sergio Leone y otros- salió su vocación cinematográfica, que primero se expresó en Katalin Varga, una historia de violación y venganza filmada en Transilvania y cuyo éxito lo hizo conocido y le permitió financiar Berberian Sound Studio, su segundo largometraje.

     Es particularmente rico el desarrollo de la banda sonora de esta película. El tema de ella transcurre en los comienzos de los setenta, cuando aún imperaba el sonido analógico en el cine. Todos los efectos se obtenían con medios naturales: se acuchillaban sandías o repollos, de rebanaban zanahorias, se echaba aceite en una sartén caliente, se hervía agua para provocar neblina. La apuesta del director es también osada: casi todo lo que se le cuenta al espectador sobre el carácter sangriento y aterrador del filme que se monta en el estudio se adivina por esos sonidos y también por los feroces o desgarradores gritos que graban algunas actrices. Apenas se ve de él una imagen inicial de los créditos con dibujos en rojo y negro.

    El director inglés comentó también en un reportaje que en el cine de los setenta y ochenta, se utilizaba mucha música experimental que el público común nunca hubiera escuchado en una sala de concierto. Y eso es así porque más que otro objetivo esos trabajos intentaban desatar sensaciones perturbadoras y efectos de atmósfera muy a la page de cierta psicodelia de época. Todos esos valores, más la excelente fotografía, hacen de Berberian Sound Studio un filme de mucha calidad, y así se entendió en muchos festivales que la distinguieron con varios premios.

     Todo eso además de una actuación soberbia de Toby Jones, un intérprete al que lo condenaron durante mucho tiempo a papeles secundarios y que desde los últimos tiempos ha demostrado ser un artista notable, como en Historia de un crimen (2006), donde encarna al escritor Truman Capote con gran sutileza o en The Girl (2012), en que hace de Hitchcock. Es posible que, como apuntan algunos críticos, la realización no sea la más apta para captar grandes públicos, mucho más por el trámite moroso con que Stricklan se deleita en los detalles y técnicas de aquel cine. Pero, en verdad, quienes no la vean se perderán un filme valioso.  

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