Crítica de cine: Cafe Society

Septiembre 2016



Entretenimientos

Café Society. (Estados Unidos, 2016). Guion y dirección: Woody Allen. Fotografía: Vittorio Storaro. Diseño de producción: Santo Loquasto. Intérpretes: Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carel, Blake Lively, Corey Stol, Jeanni Berlin. Duración: 96 minutos. 

      Es verdad que a los 80 años y con 46 películas ya realizadas (Café Society es la más reciente, aunque hay una serie de televisión, Crisis en seis escenas, que se dice se estrenará a fines de septiembre), Woody Allen se ha transformado en una suerte de leyenda viva en el universo cinematográfico. Por varias razones. Entre otras porque, a pesar de la diferencia de calidad o acierto entre sus distintas producciones, lo cierto es que ha regalado al público de distintas geografías algunas joyas cinematográficas difíciles de olvidar. Y computa a su favor el hecho de que, aun en aquellos films que están en la categoría de los menos logrados, es casi imposible que no logre de parte de los espectadores –y no solo de sus eternos y fieles adoradores- algún tipo de interés.  Meta complicada de alcanzar para un cineasta tan prolífico, que pone en circulación casi una película por año. Y que, cuando ese título aparece tanto en los festivales como en las ciudades más importantes de Europa o América, es raro que no se hable de él y que, para bien o para mal, su nombre ocupe importantes espacios en la prensa.

     Café Society, que entre paréntesis ha sido un éxito de taquilla en muchos lugares, al revés de otros trabajos suyos, es una historia que ha contado en general con el apoyo de la crítica y el público, que no le han ahorrado ditirambos. No ha faltado la excepción, por supuesto, a esta regla. Pero siempre suele ser así. Se trata de un drama existencial, leve pero drama al fin, que Woody Allen suele envolver en los tules nostálgicos y siempre cautivadores de una comedia romántica. Un joven neoyorkino de origen judío  y con aspiraciones de crecer, Bobby Dorfman, se traslada de la ciudad de los rascacielos a California, asiento territorial de Hollywood. La peripecia transcurre por los años treinta, una época dorada de la meca del cine y de intenso glamour creativo. Allí acude a su tío Phil, un empresario que trabaja contratando grandes figuras de la industria, y le pide que le dé un trabajo, aunque sea modesto para hacerse un futuro. Es también allí donde conoce a Vonnie, una encantadora secretaria de su tío de la que se enamora perdidamente. Y que está a punto de irse con él a vivir a Nueva York, si no fuera porque surge un obstáculo en el medio que complica el proyecto y que es causa de que terminen  separándose.

      Bobby regresa a Nueva York donde se transformará en gerente de un bar de su hermano, un sujeto de averías que actúa con la mafia y termina mal, pero que permite que el joven se desarrolle en el negocio sin mezclarlo en sus chanchuyos. La existencia de Bobby mejorará en lo económico y terminará casándose con una viuda atractiva con la que tendrá un hijo. En un momento de la historia, sin embargo, se reencontrará con Vonnie, ahora casada con su tío, y ambos descubren que no se han olvidado, aunque también que ya no pueden volver atrás las cosas y empezar de nuevo. Tal vez contado así, la fábula se parece bastante a muchas otras que hemos visto en el cine en otras ocasiones.  Pero Allen se las arregla para que el relato se convierta en una historia atrapante, muy bien contada y tenuemente melancólica, que es en definitiva el sello personal que el director le pone a su cine. Detrás de los abundantes gags con que Woody nos hacer reír en la película, siempre hay una mirada crítica de la vida de la sociedad norteamericana, de sus costumbres, una mirada que es además escéptica, porque, como el romance de Bobby y Vonnie, todo suele concluir mal entre sus pliegues, en un final amargo. La propia pintura de Vonnie es al respecto un símbolo de esa visión: en Hollywood es una muchacha que se burla de ese mundo, inundado de dinero y brillo pero banal y vacío, y cuando se reencuentra con su ex novio esa máquina la ha devorado y ella disfruta de ella sin problemas. Y ambos son sorprendidos en el epílogo del film en una celebración de la Navidad, pensativos, capturados por la nostalgia de un pasado que pudo haber tenido otro rumbo. Y que no tienen fuerzas de modificar. Bueno, ese es Woody Allen, un autor que ha hecho del cine el medio para contar sus obsesiones en la vida, sus temores y gustos, su desencantada visión de la existencia, su miedo a la muerte y la creencia de que las relaciones humanas van, casi inevitablemente, al fracaso.

        Además de estar muy bien contada, como decimos más arriba, Woody Allen dispone entre sus colaboradores a dos figuras de lujo: el veterano diseñador de producción Santo Loquasto y el mítico director de fotografía italiano Vittorio Storaro –trabajó en Novecento de Bernardo Bertolucci y Apocalipse Now de Francis Coppola, por citar solo alguno de sus grandes aportes-que coadyuvan con Woody para hacer reconstrucciones del Hollywood esplendoroso de los treinta y de la Nueva York de esos años que son antológicas. Eso sin contar la belleza de las imágenes no solo urbanas que con asombrosa regularidad aparecen en la pantalla y deslumbran los ojos de los espectadores. El elenco en manos del director cumple con idoneidad. Jesse Eisenberg como el nervioso y acuciante Bobby y Kristen Stewart, como la deliciosa joven que le vuela la cabeza al muchacho, están irreprochables. No obstante los elogios que les han hecho las críticas no creemos que los suyos sean trabajos excepcionales. Steve Careli como el tío funciona muy bien. Y Jennie Berlin como la idishe mame de Bobby y su hermano Ben, el gangster, tiene un par de escenas muy efectivas.
 

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