Crítica de cine: La ilusión de estar contigo

Julio 2016



Entretenimientos

La ilusión de estar contigo. (Gemma Bovery, Francia, 2014). Dirección: Anne Fontaine. Guion: Anne Fontaine y Pascal Bonitzer, sobre una novela gráfica de Posy Simmonds. Fotografía: Christophe Beaucamme. Música: Bruno Coulais. Intérpretes: Fabrice Luchini, Gemma Arteton, Jason Flemyng, Isabelle Candeller, Niels Schneider, Mel Raidor y otros. Duración: 100 minutos.

   “La vida suele imitar al arte”, dice en algún momento de esta película uno de los personajes centrales de la historia. Mucho más que eso: se podría agregar incluso que algunas personas apasionadas por la literatura suelen, con frecuencia, ver por todos lados acontecimientos que le confirman que la realidad copia una y otra vez lo que narran las novelas. Aserción que, desde luego, invierte aquella otra clásica de que el arte reproduce a la vida. Sea como sea, algo de esto le ocurre Martín, un ex editor que, cercano a los cincuenta años, ha regresado hace siete a un apacible pueblo de Normandía para hacerse cargo de la panadería que le dejó su padre al morir. Mientras trata con delicadez la masa de distintos panes que luego sacará del horno para vender a sus clientes de todos los días, no se lo ve mal con su actual oficio, pero parece ser que algo de su vieja profesión le sigue funcionando en su cabeza y lo estimula a seguir mirando la realidad con ojos de editor.

    Y basta con que, frente a su casa, se instale un matrimonio inglés, diseñador de muebles él y  decoradora de interiores ella, para que los radares de Martín se pongan en máxima alerta. No es para menos, sobre todo teniendo en cuenta su devoción por la literatura y esa inmensa que siente por la novela Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Los integrantes de esa pareja se llaman, curiosamente, Gemma Bovery (una copia apenas deformada de Emma Bovary) y su marido Charles, igual que aquel médico de provincia con el que su mujer se aburría sin remedio. Y lo más intrigante: son dos personas que vienen a vivir a Normandía, un lugar donde Flaubert pasaba muchos de sus días.  Gemma es una joven pecosa y muy sensual, que de inmediato hechiza a Martín y pone fin a lo que él confiesa al espectador habían sido diez años de absoluta tranquilidad sexual en su vida matrimonial. Y a partir de ese loco cóctel entre el fuerte atractivo que le provoca la joven y su compulsión a ver todo al modo de Flaubert, comienza un verdadero trabajo por leer todo lo que le ocurre a la muchacha como una réplica de la desgraciada existencia de Madame Bovary. Y de ese modo, imagina cada secuencia de lo real como si fuera un hecho de los que ocurre en la novela, como si la ficción saltara del libro y se corporizara frente a él, obligándolo incluso a que intervenga en los sucesos para garantizar que entre ambas mujeres –Gemma y Emma- y sus existencias no haya diferencias.

     Desde luego, Gemma no es Emma y aunque Martín se esfuerce en evaluar en forma equivalente un acto de infidelidad cometido por la hermosa inglesa con un joven de la zona y la duda que sufre frente a los acosos de un ex amor como actos como actos calcados de lo que le ocurrió en la novela a la heroína de Flaubert, el espectador comienza sospecha si es posible una simetría entre ambos destino tan exacta. Aún más al detectar la aparición de una bolsa con arsénico para ratas en la casa de Gemma, el veneno con que suicidó el personaje de la novela y que Martín cree su vecina por un supuesto desengaño amoroso. Pero la eficacia del guion consiste, precisamente, en que el juego de asociaciones es tan preciso y tan bien llevado, con tan extrema delicadeza y detalle, que mantiene la intriga hasta el final. Eso no obstante que desde los primeros momentos el film destila un zumo humorístico que alerta sobre posibles giros en la ruta de las similitudes. La coronación a este camino es, como en Madame Bovary, una muerte, pero tan alejada de las causas que la provocan en la protagonista flaubertiana, que el juego se devela finalmente y queda todos sus naipes a la vista.

      Este epílogo hace pensar si parte de lo que se ha visto no ha sido el producto de la afiebrada imaginación de Martín y de su incontenible necesidad de editar en la vida las emocionantes aventuras que atravesó como lector. Pero también el fruto de un intenso enamoramiento y de la necesidad de vivir, aunque sea en la fantasía, un amor que a esa edad parece imposible. Esta compulsión es confirmada en la escena póstuma cuando el hijo de Martín, haciendo un chiste que el padre toma al pie de la letra, le comunica que a la casa que antes ocuparon los Bevary ahora ha llegado una mujer con acento ruso cuyo apellido, se crea o no, empieza con K. Y el hombre, sin hesitar un segundo, le contesta que ya sabe: es el de Karenina (Anna), la heroína de Tolstoi y sale rápido a conocerla.

      Entretenida, filmada con excelencia por Anne Fontaine, entre los muchos méritos de este film francés está, como dijimos, el guion, que junto con la directora firma Pascal Bonitzer, un ex crítico de Cahiers du Cinéma y talentoso guionista de películas dirigidas por André Techiné, Raúl Ruiz o Jacques Rivette. El elenco cumple también una inmejorable labor, en especial Fabrice Luchini, de larga y fructífera carrera, a quien entre sus últimos trabajos se lo vio en La casa de Francois Ozon. Por si la película no tuviera pocos méritos, provoca, además de inmediato, el impulso de volver a la novela de Flaubert para volver a deleitarse con su escritura y sus peripecias. Y, a los que no la conocen, suponemos que también el de la curiosidad de acercarse a ella.

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