Crítica de teatro: El veneno del teatro

Febrero 2013



Entretenimientos

El veneno del teatro. De Rodolf Sirera. Versión de José María Mendez Rodríguez. Dirección: Mario Gas. Elenco: Miguel Angel Solá y Daniel Freire. Escenografía Paco  Azorín. Vestuario: Antonio Belart. Iluminación: Juan Cornejo. Sonido y música: Orestes Gas. Teatro Maipo, Esmeralda 443. De miércoles a domingo.  

Después de varios años sin actuar en teatro en el país, los actores argentinos Miguel Angel Solá –uno de los grandes intérpretes que ha dado la Argentina en su último medio siglo- y Daniel Freire, a quien se había visto actuar en obras como Ángeles en América o La revolución es un sueño eterno, han retornado al país en esta temporada de verano para ofrecer una pieza del autor valenciano Rodolf Sirera, El veneno del teatro, con dirección del catalán Mario Gas. La obra cuenta la historia de un gran señor –en el original transcurre en los años previos a la Revolución Francesa- que invita a un actor de mucho prestigio a su palacio a representar un texto suyo que recrea la muerte de Sócrates. El divo, seducido por la propuesta, llega al lugar, que es la cámara de ese palacio, y se encuentra con el que cree es el mayordomo. E impaciente, y en cierto modo soberbio, le reclama, que convoque rápido al amo.

Esa primera relación, donde el intérprete se cree conductor de la situación, pronto cambiará. Leve, sutilmente, el supuesto mayordomo modificará su actitud, que al principio es casi totalmente pasiva, y le demostrará que, aún siendo un estupendo actor, no ha podido descubrir que él es el verdadero dueño, que ha estado representando y, de algún modo, usurpando lo que es su función. Esto desconcierta y a la vez produce cierto encantamiento en el actor, que sin darse cuenta va penetrando en una suerte de telaraña que le teje su anfitrión. Este le propone representar su obra sobre Sócrates en el momento de tomar la cicuta y le exige el máximo de verismo, de carnalidad. Sobre el fondo de la reflexión filosófica que el gran señor teje está la vieja pregunta sobre los límites de la representación, de la brecha que siempre separa a la ficción de la realidad, que es uno de los grandes temas que plantea La paradoja del comediante, libro de Denis Diderot que en los tiempos del iluminismo, previos a la Revolución Francesa, tuvo mucha difusión. La síntesis podría ser: ninguna muerte en el escenario puede ser tan real como la muerte misma y para poder alcanzar la máxima verdad una actuación sobre ese suceso debería convertirse en el propio deceso. El reto queda planteado, como una suerte de juego perverso al que el dueño incita al actor, sometiéndolo mediante su astucia intelectual al miedo y la angustia, pero al mismo tiempo a la fascinación.

Sobre estas dos vertientes gira el texto entonces: una es una meditación sobre el actuar y los montos de artificio y verdad que combina ese oficio; la otra es el dominio que, a través de la razón, un hombre puede ejercer sobre la vida humana, una antigua discusión que nos lleva desde la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel hasta el tema de la instrumentalidad de la razón que, en opinión de algunos pensadores como Theodor Adorno, de la escuela de Frankfurt, fue la que abrió la vía de acceso a la barbarie en la civilización, incluida la del propio nazismo. Todas estas ideas flotan en los diálogos de ambos personajes, dándole una sustancia atrapante, seductora que el espectador disfruta, porque la circulación de estas reflexiones se introducen entre los mecanismos de una trama que tiene algo de thriller, de obra de suspenso.
De cualquier manera, es cierto que a cierta altura de la obra, que no es larga, el exceso de ornamentación discursiva estanca un poco la situación y la torna algo morosa. De cualquier manera, esa debilidad está fuertemente amortiguada por el gran trabajo que hacen los dos actores. Solá, primero como el mayordomo silencioso y obediente, y luego como el cazador que domina por completo a su presa, ofrece una clase de matices actorales. Pasa de la fingida humildad al sesgo casi mefistofélico del patrón con una enorme ductilidad y utiliza todas las sutilezas del humor para que hasta los parlamentos más arduos resulten entretenidos. Freire, en un papel endemoniado, por lo que le impone como esfuerzo para convencer al público de su desesperación –la misma con la que intenta disuadir al dueño de casa-, actúa con una entrega total y tiene pasajes muy convincentes. Un buen vestuario y un uso sugestivo de las luces, que da a todo el ambiente el necesario clima penumbroso, completan este panorama.

                                                                                                              A.C.
 

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