Crítica de teatro: La música del azar

Febrero 2013



Entretenimientos

La música del azar. De Paul Auster, en adaptación teatral y dirección de Gabriela Izcovich. Elenco: Alfredo Martín, Juan Barberini, Germán de Silva, Ariel Pérez de María y Cristian Jensen. Diseño de escenografía: Gabriel Caputo. Diseño de Vestuario: Lorena Díaz. Música original: Lucas Fridman.

Experta en adaptación y dirección de obras narrativas, además de talentosa actriz y autora, Gabriela Itzcovich se lanzó en el comienzo de esta temporada a ofrecer una versión teatral de la novela La música del azar, de Paul Auster. Poco antes había adaptado y dirigido de la mujer de este creador, la también escritora Siri Husdvetd, la novela La venda. Y varios años atrás Nocturno hindú, de Antonio Tabucchi, con la recorrió el mundo, Intimidad de Hanif Kureishi y hace un poco mas de un año El último encuentro de Sándor Marai, sin contar la infinidad de títulos de autores argentinos que dirigió o codirigió en la última década.
La adaptación de la novela de Auster, que según las informaciones es la primera vez que cede los derechos de una de sus narraciones para una versión teatral, es fiel a la historia, si bien tiene, por las obvias necesidades de articular dramáticamente el texto, distintos cortes en su trama o desapariciones de detalles. La obra cuenta, en síntesis, la peripecia de un bombero aficionado a la música (Jim Nashe, en la pieza teatral se lo denominará Nelson Barrientos), que, luego de ser abandonado por su mujer, recibe una imprevista herencia de su padre, un hombre al que apenas conoció. Este hecho lo induce a emprender una nueva vida, comenzando por un automóvil Saab rojo con el cual recorre gran parte de América, mientras se gasta lo que le cayó del cielo. O mejor dicho: lo que le dejó su papá cuando se fue al cielo.

En un momento, y cuando ya se ha gastado casi toda la fortuna y le quedan solo 10.000 dólares, Nelson piensa que deberá pensar alguna forma de recuperar su dinero para seguir con la buena vida que ha disfrutado. Y es entonces que conoce a un joven jugador de póquer profesional, Jack Pozzi, con el que se une como socio capitalista a fin de engordar los fondos que le han quedado. La idea, como sostiene Jack, es desplumar a dos excéntricos millonarios, Guillermo Flores y Guillermo Piedras (Flower y Stone en la novela), a los que ya les ha ganado unos buenos dólares. La ambición los lleva hacia el castillo de estas dos personas, una suerte de remedo de Laurel y Hardy, como los define Pozzi, o también reconversión austeriana de aquellos dos famosos imbéciles que pintó Flaubert y que denominó: Bouvard y Pécouchet. La asociación no es arbitraria. Como dice Borges, estos dos personajes prefiguran de algún modo a los personajes de Kafka o a Vladimiro y Estragón de Esperando a Godot.
Pero la ambición suele ser ciega como dicen y conduce a los dos visitantes a perder todo lo que llevan, a vender el automóvil de Nelson y a empeñarse en nuevas deudas con Flores y Piedras con tal de recuperarse. No lo harán y para saldar lo que deben se comprometen a construir con las piedras de un viejo castillo una larga muralla. La novela ingresa en ese momento –y la obra teatral también- en una sofocante atmósfera kafkiana que hace que, frente a los nuevos compromisos que adquieren ante Flores y Piedras y ante su capataz Marcos, su cancerbero, ambos personajes sigan cometiendo toda clase de errores que los conducirá a una suerte de postergación perpetua de su libertad. Algunos han planteado que éste es un costado flojo de la novela de Auster, a pesar de estar escrita extraordinariamente. Y lo es porque que lo que él llama azar o destino    –ese aura de fatalidad o imposibilidad trágica del ser humano de ser libre, similar a la que plantean Kafka o Beckett-, parece en muchos casos más un rosario de situaciones a las que arrastra la obcecación y falta de cautela sobre todo de Nelson, que procede de inmediato ante lo que le dicta su primer impulso y nunca vuelve atrás. Ni su partener se lo impide. Sea como sea la interpretación que se pueda hacer de por qué ocurre lo que pasa en la obra y el desenlace final –que no se contará, para no restarle misterio a quienes no hayan leído el libro de Auster- dan mucha miga para la reflexión.  

La adaptación de Izcovich tiene la reconocida destreza de quien conoce el paño. La puesta se hace aprovechando distintos ámbitos de la sala del Samsung Estudio, la barra del bar, sus costados, los pasillos y también su escenario. El relato tiene una clara fluidez, que los actores contribuyen a mantener generando situaciones que suscitan siempre el interés del espectador. No es sencillo lidiar con textos narrativos tan extensos y llenos de matices y decirlos bien. Alfredo Martín, como el bombero protagonista a cuya puerta el destino llama dos veces, aunque de manera distinta, realiza junto a los demás actores en sus respectivos personajes un trabajo de mucha consistencia.

                                                                                                           A.C. 

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