Crítica de teatro: Yo no duermo la siesta

Octubre 2015



Entretenimientos

Yo no duermo la siesta. Dramaturgia y dirección: Paula Marull. Escenografía: Alicia Leloutre y José Escobar. Iluminación: Matías Sendon. Vestuario: Jam Monti. Espacio Callejón 3759.

La joven actriz, autora y directora Paula Marull es egresada de la EMAD como dramaturga, pero ha realizado también cursos de escritura con figuras como Ricardo Monti, Ariel Barchilón, Mauricio Kartun y Lola Arias. En actuación pasó por varias escuelas, entre ellas las de Raúl Serrano y la de Ricardo Bartis. Es creadora de distintos textos, como Arena, Vuelve, Yo no duermo la siesta y diversos monólogos y producciones para teatro. Ha actuado además en cine y televisión. Yo no duermo la siesta es un adorable viaje por el mundo de la niñez en el que la autora se siente como pez en el agua y recrea con aguda perspicacia, ternura y humor los distintos matices del juego infantil, donde se mezclan con idéntica naturalidad lo cruel con lo ingenuo, lo siniestro con la transparencia, la fantasía con la verdad. Natalí es llevada a la casa de su amiga Rita, debido a que su madre está agonizando, pero ella no lo sabe. De modo que toma la visita y su permanencia  como algo común que no debe durar mucho más que en otros días. Allí se encuentra con otra realidad: la que componen su propia amiga, con la que no siempre congenia; el tío espástico de ésta  (o sea una persona con un trastorno en el sistema nervioso), la jefa de familia (Hilda), que saldrá a trabajar mientras ellas se quedan, y Dorita, la doméstica, que deberá hacerse cargo de ambas y el tío, y que debe hacerlo en un momento en que atraviesa una crisis en la relación con su novio, conocido como el hijo de Cacho.

      Es así que es esa casa provincia, vaya a saber de qué pueblo, a la hora de la siesta y cuando los mayores intentan dormir, las niñas comienzan a hacer de las suyas, inventando toda clase de travesuras que ponen los pelos de punta a Dorita y al tío, al que incluso lo llevan a que se suba en un árbol del jardín, en una escena que no es visible pero que claramente recuerda a Amarcord de Federico Fellini. Las diabluras no cesan y llegan incluso hasta el límite de ponerle al tío un pez pequeño en la boca, situación que provoca un gran alboroto. En el interín las chicas proyectas sus propias fantasías amorosas en la pareja de Dorita y el hijo de Cacho que incluso ingresa a la casa y le pide a la doméstica una reconciliación. Todo termina cuando llega la madre y pone un poco de orden en tanto dislate. En una línea que se acerca al realismo costumbrista (como era también el de Vuelve, de la misma autora), pero con ligeras variantes que permiten acentuar la comicidad de las situaciones con un humor fresco y directo y algunas tonalidades oníricas –ciertos pasajes no se sabe si realmente ocurren o los imaginan las chicas-, la autora y directora de la pieza logra un trabajo de mucha hondura humana y evocativo de etapas de la vida que casi siempre añoramos. Las dos actuaciones de las niñas Agustina Cabo y Micaela Vilanova dan al espectáculo un sabor muy especial. Del mismo modo son muy acertadas y funcionales a los propósitos de la puesta las composiciones de María Marull, como Dorita, y Marcelo Pozzi como el tío.
 

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