Humor argentino

Febrero 2016

Entretenimientos

Viejas y nuevas formas de hacer reír, de Patoruzú a Yo, Matías.El género humorístico recorre más de un siglo del acontecer político y acompaña a varias generaciones de argentinos. Autores y personajes que hicieron historia.

De Patoruzú a Mafalda; del Doctor Merengue y su otro yo a Inodoro Pereyra; de Rogelio, aquel hombre que razonaba demasiado, a Clemente; las creaciones de los humoristas argentinos acompañaron a sucesivas generaciones de lectores. La risa nunca tuvo los mismos motivos ni se produjo por los mismos procedimientos, pero la repercusión en la vida cotidiana y sus proyecciones en el imaginario popular aparecen como constantes en un género que atesora más de un siglo de historia en el país y se reafirma en el presente. Las grandes preguntas de Yo, Matías, la actualidad en los chistes de tapa de Página/12 y la fantasía en Macanudo, entre otras series, ilustran las diversas posibilidades de un arte que también implica la reflexión, los sueños y la sorpresa.

La década del 70 marca un cambio decisivo en los modos del humor gráfico, cuando la revista Satiricón rompe con los modelos de Patoruzú y Rico Tipo. La novedad tenía que ver con el registro de la actualidad y la política, un punto de vista provocador y la incorporación de temas inexplorados, como el humor negro y la escatología. «Hasta ese momento los personajes estaban congelados en un rasgo: Fallutelli siempre traicionaba a los amigos; Fúlmine traía mala suerte. La pista estaba dada por el nombre, y en el chiste ocurría lo que vos esperabas», dice Fernando Sendra.

Satiricón inauguró una serie de publicaciones que alcanzó su culminación con Humor, a fines de los 70. Entre una y otra se consolidó la renovación de escritores y dibujantes, con la aparición de Oscar Blotta, Alberto Bróccoli, Andrés Cascioli, Crist, Caloi, Limura y Alfredo Grondona White, entre muchos otros creadores. Una generación que además marcó a la actual, como plantea Daniel Paz: «En la adolescencia, el descubrimiento de Hortensia y Satiricón tuvo un efecto muy potente y despertó mi vocación. La generación de humoristas que publicaban ahí fue un modelo a seguir, especialmente Roberto Fontanarrosa». Al ver los dibujos del humorista rosarino, tuvo algo en claro: «Yo quiero dedicarme a eso».

Día a día
La actualidad no es solo un tema para los humoristas gráficos. También implica un factor de presión. Una carrera contra el reloj que marca la hora de cierre. «Ojalá tuviera pensada la tira de hoy –dice Sendra–. La falta de plan me hace tomar algunas decisiones. Siempre digo que nunca me pelearía con un tigre ni me tiraría a un precipicio, salvo que esté entre un tigre y un precipicio. Eso es lo que  hago todos los días, ponerme entre el tigre y el precipicio».
Yo, Matías es un buen ejemplo al respecto, ya que surgió en 1991 como un personaje inesperado en otra serie, Prudencio: «Un día no se me ocurrió nada y apareció un nene sin nombre, que estaba destinado a resolver la tira del momento. Lo dibujé durante 3 o 4 días y el último, para sacarlo, lo hice llamar por la madre. Matías fue el primer nombre que se me vino a la cabeza, porque cada uno de mis hijos tenía un amigo que se llamaba así», recuerda Sendra. Al principio no se sentía cómodo con el personaje: «Me molestaba que se quedara con los remates. Era como un tipo que venía a sacarme el laburo, porque yo trabajaba con Prudencio. Pero después me pareció que no estaba mal meter el punto de vista de un chico. Cuando empecé a desarrollar el personaje, me di cuenta de que era muy actual, mientras el otro evocaba los orígenes del tango».

Para Sendra el trabajo empieza con la lectura de los diarios. No solamente para estar al tanto de las noticias, sino «para captar el clima del momento», un elemento donde se combinan el contexto de la coyuntura y el ánimo general. Otro factor en juego es más de cosecha personal: «En el humor tenés que decir lo que sentís. Me interesa conservarlo como un lugar psicoanalítico, donde uno va y dice sus cosas. En el espacio de los avisos clasificados de Clarín, por ejemplo, hablo de sexo, de pareja o de afectos. No cuento mi vida conscientemente, pero voy hablando de mis fantasías, mis ansiedades, mis frustraciones; tomándome el pelo».

Santiago Varela le asigna una cualidad terapéutica, ya que «cuando se hace bien, hace bien» y «la sonrisa es sanadora», como afirma en la introducción a 200 años de humor escrito argentino, antología en dos volúmenes que recorre la historia del género. Para Rudy (Marcelo Rudaeff), guionista de los chistes de tapa de Página/12, escritor y comediante, el humorista comparte con el psicoanalista la capacidad de revelar lo que generalmente está disimulado en la conversación. «El psicoanalista te dice cosas sobre tu vida ante lo que uno se pregunta cómo las sabe, pero uno se las contó sin darse cuenta. Los humoristas hacemos lo mismo. Podemos negar lo que dice el psicoanalista, pero si tiene que ver con nuestra vida, el señalamiento es efectivo. Con el chiste, detrás de lo que se dice, hay también un descubrimiento», dice, y recuerda la tapa del suplemento Sátira 12 cuando se aprobó la ley de matrimonio igualitario: «Había una pareja de dos tipos mirando la tele. Uno anunciaba la salida del matrimonio igualitario y el otro se preguntaba qué excusa podría dar entonces para no casarse. Detrás de la lucha por un derecho, aparecía otro aspecto vinculado al matrimonio visto como una carga».

El lugar del público y del lector es importante desde el momento en que si no hay risa, el chiste no funciona. El humor puede provocar complicidad y a la vez inquietud. Una cosa no quita la otra, opina Rudy: «No voy a favor de los clichés y doy por sentado que al público también le suenan raros. El humor cómplice con los clichés no me divierte. El lugar del humorista es un lugar de pregunta».

Para Daniel Paz se podría decir «dime de qué te ríes y te diré quién eres». Para el creador de las F. Mérides Truchas, la empatía entre el creador y el público se basa en valores y prejuicios comunes: «Eso hace que se rían de las mismas cosas. Cuando se establece la complicidad, hay efecto humorístico. Es la parte más agradable del oficio. Pero cuando el autor muestra un aspecto no asumido del lector es muy probable que haya rechazo e incomodidad. Sin embargo, es un desafío creativo muy interesante. El arte está en mostrar eso que el lector no quiere ver, de manera que este pueda aceptarlo».

Para Sendra, «el humor busca decir algo de manera original»; a diferencia del chiste común, incorpora matices de sorpresa y reflexión. Su objeto es también señalar costumbres o pensamientos que de tan comunes se vuelven invisibles. Agrega Rudy: «Los humoristas partimos de absurdos y tomamos cosas que por lo general resultan naturales, pero no lo son, son convencionales. Por ejemplo, es una convención que en un semáforo el hombrecito blanco indique que podemos avanzar y el rojo que debemos detenernos. Uno, como los chicos, puede ver eso como algo sin razón y sobre todo preguntarse por qué. A veces, la respuesta es porque sí, porque así se estableció. Los humoristas nos interrogamos alrededor de esos códigos y sobre eso que, con mucho prejuicio, se llama sentido común».

Memorias de un editor
Daniel Divinsky fue muy buen estudiante del secundario. Se recibió con medalla de oro y la única materia en la que tuvo un aplazo fue dibujo. «A los tipos que dibujaban, les tenía por eso una gran admiración. Además siempre me gustó reírme y que me hagan reír bien», dice. Fue el punto de partida para que De la Flor, la editorial que fundó en 1966 con Kuki Miller, comenzara a publicar humor.
«Primero fue Quino, con el número 6 de Mafalda, y casi inmediatamente después Fontanarrosa con un libro que se llamaba ¿Quién es Fontanarrosa?, porque nadie lo conocía. Fue un nicho de mercado diferente, que resultó del florecimiento de las revistas de humor, algo que empieza con Rico Tipo y Patoruzú, sigue con Tía Vicenta y después toma impulso con Satiricón», señala el editor.

En primer lugar, el boom transformó a la propia editorial, en sus comienzos más dedicada a la literatura. «Publicábamos a Georges Brassens, Paul Nizan, la poesía de Tennesse Williams, libros de los se que hacían tiradas de 2.000 ejemplares y que se vendían poquísimo –recuerda Divinsky–. En 1970 Quino tuvo la iniciativa de que publicáramos Mafalda. Una empresa amateur que funcionaba en el anexo de un estudio jurídico se convirtió entonces en una actividad con dedicación full time».

Divinsky destaca dos épocas particularmente favorables para los libros del sector: los años 1973 y 1974, «cuando la editorial llegó a publicar 70 novedades al año» y la que se abrió en 1984, con la recuperación de la democracia, «en cuanto al florecimiento de la cantera de humoristas». La tirada inicial de Mafalda rondaba los 200.000 ejemplares: «Provocaba una competencia muy fuerte entre los distribuidores en la calle. En vez de utilizar el sistema tradicional, la playa donde van las revistas y los diarios, que exige entregar una gran cantidad de ejemplares y admitir una devolución de ejemplares deteriorados que ya no se pueden vender, De la Flor acudió desde sus comienzos a una especie de distribución hormiga, de tipos que tenían sus camionetas y se habían dividido la ciudad en distintas zonas».

La memoria del editor conserva anécdotas entre épicas y desopilantes: «Los distribuidores retiraban los ejemplares de Mafalda del taller de encuadernación, en Barracas, la mañana en que estaban listos. Un día nos avisan que habían aparecido libros la noche anterior en los quioscos de Belgrano: alguien había sobornado al sereno del taller para retirarlos antes. Hubo varios episodios así. Se voceaba la nueva Mafalda como la quinta de La Razón. Fue un fenómeno que no se volvió a repetir. Todavía se siguen vendiendo derechos de traducción; hace poco se publicó en Indonesia».
No fue el único suceso: «Con Fontanarrosa alcanzamos a publicar más de 60 libros, entre los de Inodoro Pereyra, Boogie, los temáticos y las novelas y los cuentos. De ahí salieron los libros de muchos otros dibujantes, como Limura, Sendra, Nik. La serie no se interrumpió nunca, hasta hoy, con Liniers y otros jóvenes consagrados». De la Flor también publicó textos de humor de escritores como César Bruto (Carlos Warnes), Leo Masliah, Santiago Varela, Rudy, los monólogos de Tato Bores y la antología de humor literario La gracia de leer, de Ariel Magnus, además de 2 extraordinarios ensayos, La historieta argentina. Una historia, de Judith Gociol y Diego Rosemberg, y La historieta salvaje. Primeras series argentinas (1907-1929), de Gociol y José María Gutiérrez.
«Siempre anduvimos rondando la carcajada o la sonrisa», resume Divinsky. Y también la sorpresa: «Mi hijo Emilio, que no tenía ninguna vocación por lo editorial, en algún momento aceptó hacer una revisión de estilo. Se puso a leer La gansada, la novela de Fontanarrosa y encontró que a mitad del texto un personaje cambiaba de nombre, cosa que no habíamos notado».

Actualidad y algo más
Una vieja regla del género indica que el chiste se basa en el sobrentendido entre el humorista y su público, por lo que el tema debe ser de conocimiento compartido. Para romper con ese límite, Sendra desarrolló un tipo de cuadro donde 3 personas hablan frente al lector. «Si bien estoy mirando la escena como en el cuadro clásico de 2 personajes que dialogan, en este caso los personajes me están hablando directamente: uno me dice la noticia, otro la desarrolla y el tercero me da el remate. Con este esquema puedo dar noticias que no se conocen y analizarlas; con el otro solamente puedo hablar de noticias que se conocen», explica.
El formato salió sin querer, a raíz de un pedido de Jacobo Timerman para La Razón y es el que actualmente presenta en la página 2 de Clarín: «Normalmente primero pienso el chiste, después hago el boceto y después dibujo. En esta ocasión, lo que hacía primero era dibujar, sin boceto y sin chiste. Hacía diferentes personajes, que no estaban necesariamente terminados: algunos no tenían brazos, otros estaban inclinados o sin nariz, entre una cosa infantil y expresionista. Además, como laburaba con pluma, caían manchones. Me gustó lo que quedó. Uno quiere ser perfecto y las imperfecciones que acepta son lo que los demás llaman el estilo».

La política es un tema más, plantea Rudy. «Puedo hacer humor sobre cualquier cosa que me conmueva. Como se dice, nada de lo humano me es ajeno. No me interesa la política en sí misma, pero sí en tanto lo que pasa políticamente cambia nuestra vida. Me importa pensándola no como algo abstracto, sino tomándola en sus incidencias concretas. Cuando se piensa en un candidato, lo primero que me pregunto es qué nos va a pasar a mi familia, a mis amigos, al país; qué miedos hay, qué ansiedades surgen. Esa es mi agenda: la agenda de lo que a uno le pasa, las noticias con relación a uno mismo y con las personas que quiere».