La forma del agua

Marzo 2018

Entretenimientos

La forma del agua. (The Shape of Water, Estados Unidos, 2017). Dirección: Guillermo del Toro. Guion: Vanessa Taylor y Guillermo del Toro. Fotografía: Dan Laustsen. Música: Alexandre Desplat. Intérpretes: Sally Hawkins, Michael Shannon, Richard Jenkins, Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg, Doug Jones y otros.

       Cuento de hadas han definido a esta película muchos críticos y está bien.  Solo que habría que agregar que La forma del agua no es cualquier cuento de hadas. Y eso, antes que nada, porque se trata de un film del realizador mexicano Guillermo del Toro cuyo mundo poético está plagado de monstruos o seres fantásticos, pero filtrado en historias que nunca son edulcoradas ni se expanden a la manera del clásico cine de terror, sino que se construyen como metáforas del mundo contemporáneo. Y eso como herencia de una cosmovisión ligada al sincretismo (que mezcla el viejo catolicismo con las religiones ancestrales del México original), que utiliza la hechura mágica o sobrenatural de sus relatos para para dar cuenta de los trastornos que sufren determinados sectores de nuestra sociedad, tan herida por las desigualdades, las discriminaciones, el sometimiento del otro y tantas plagas de las que el director es testigo lúcido. “He sido mexicano toda la vida y, por lo tanto, he sido la otredad toda mi vida”, ha dicho. Del Toro afirma que le gusta apelar a la fábula porque es más vitalista que otros géneros y tiene la capacidad de acercar la mirada entre las personas. Más allá de si eso es así o no, él logra a través de esta forma narrar una peripecia que, a pesar de que se desarrolla entre seres extraños, es siempre muy humana y conmovedora.

      Los protagonistas de La forma del agua son una empleada de limpieza, Elisa Esposito, que trabaja todos los días en un complejo científico-militar estadounidense de Baltimore, en 1962, el año del conflicto con los misiles entre el gobierno de John Kennedy y la isla de Cuba, en un momento particularmente delicado de la Guerra Fría que puso al mundo al borde de una catástrofe nuclear. Elisa es una muchacha retraída por su mudez, provocada por un hecho traumático de la niñez que nunca se aclarará, pero despierta y deseante, y con un sentido ordenado de la vida, como lo muestran las escenas iniciales de la película al enfocarla todas las mañanas masturbándose metódicamente y luego aseándose en el baño, para después ir a preparar la comida que llevará al trabajo. En este lugar, la muchacha descubre que, en un gran cubo de agua instalado en ese complejo está encerrada una criatura anfibia, un hombre-pez, con cierto aspecto antropomórfico pero cubierto de escamas y branquias, al que las fuerzas norteamericanas han capturado en algún río de América Latina y traído hasta ese laboratorio para estudiarlo y ver si se le pueden arrancar secretos que sirvan para la lucha contra el enemigo soviético. Y al descubrirlo, Elisa se enamora de él, cosa que también le ocurre al aquaman con ella.

       Mientras ellos se van conociendo, un general del Pentágono, ofuscado y perverso veterano de la guerra de Corea, interroga en distintos momentos al hombre-pez para sacarles esos secretos que supone le pueden ser útiles a los Estados Unidos. Esos interrogatorios son verdaderas sesiones de tortura, como las que se les inflige hoy a los prisioneros en Guantánamo y otros centros de encierro de prisioneros políticos, lo que da cuenta de que del Toro no quiere contar solo una historia entre malos y buenos, sino hablar de lo que ocurre en estos días, propósito que excede por lejos los de un simple cuento de hadas. Algunas escenas son, por otra parte, de una crudeza sin remilgos. Por su parte, los soviéticos han infiltrado en el lugar a un científico que es ciudadano de los Estados Unidos y que, apiadado de lo que le ocurre a la criatura capturada, ayuda a la pareja, junto a un amigo y vecino de Elisa, el dibujante publicitario Giles, a huir. Lo demás no es necesario contarlo, porque restaría interés a quienes deseen ir a ver el largometraje al cine.

      Del Toro ha hecho ya una carrera importante en Hollywood que lo ha catapultado a la fama internacional, en especial con esta película que tiene trece nominaciones al Oscar y pertenece a un género que no es de los que ha tenido más aceptación en la historia de las contiendas de la Academia. El estilo cinematográfico de este mexicano tiene a veces la apariencia de un collage porque apela, como homenaje, a distintas referencias del cine del pasado, del que es un gran conocedor. Esas referencias, al recrearse, terminan siempre fundiéndose en lo que es una forma muy reconocible de filmar de del Toro, que, entre otras cosas, expone una belleza visual de particular signo, donde los elementos de la naturaleza, el agua, el fuego, los colores juegan una papel preponderante. Quienes tengan entrenamiento en la filmografía de todos los tiempos reconocerán en la bestia de este film al mismo bicho de El monstruo de la laguna negra, un clásico de las películas de horror dirigida por Jack Arnold filmado a mediados del siglo anterior. El modelo de caucho y goma espuma de ese espécimen lagunero es el modelo tomado como referencia por del Toro, como él mismo lo reconoció, al parecer con algunas virtudes más que el otro no tenía.

      Otras influencias admitidas por el cineasta mexicano son La bella y la bestia, encantadora fábula filmada por el gran artista francés Jean Cocteau poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1946, como un espejo distorsionado de la realidad que se había vivido durante todos esos años. Del Toro utiliza también inspiraciones que tienen como fuente distintas comedias musicales de Hollywood que intentaban reflejar un mundo armonioso y feliz –que tal vez nunca existió en la sociedad norteamericana-, y al que el director alude en un apunte irónico de lo que detrás de él se escondía: los problemas de una sociedad que, por afán de hegemonía, sufre entre otras cosas guerras como las de Corea y luego Vietnam y la conocida la crisis de los misiles en 1962, todas situaciones de tensión muy lejanas al clima de vaporosos  tules e idealidad rosa de aquellos musicales. Del Toro debutó en cine en 1993 con la película Cronos, una de vampiros en la que trabajaba el recordado actor Federico Luppi, fallecido hace muy poco. A ese film le siguió Mimic, en 1997, y más tarde, en una etapa ya más consolidada de su obra, continuó con El laberinto del fauno, El espinazo del diablo (sus trabajos más festejados), Hellboy, Titanes del Pacífico, La cumbre escarlata y ahora La forma del agua, estas últimas de producción netamente norteamericana.

      Junto con Antonio Cuarón y Alejandro González Iñárritu, Guilermo del Toro ha constituido un trío de realizadores mexicanos de mucha repercusión en suelo estadounidense. Y aunque el cine de cada uno tiene una impronta singular que distingue entre ellos, los tres saben filmar muy bien y han logrado producir una obra que, con altibajos, ha despertado mucho interés no solo en el país donde desarrollan su profesión sino en muchas otras naciones. En el caso de La forma del agua, el guion está firmado por del Toro y Vanessa Taylor, una de las productoras de la serie Games of Thrones.  Es un libro entretenido y bien enlazado en sus secuencias narrativas, aunque a veces, como ocurre en estas historias fantásticas, los personajes son caracterizados con rasgos demasiado maniqueos. De cualquier modo, la realidad del mundo de estos días es a menudo tan lacerante que hasta los malos más malos parecen poco competitivos con los personajes reales de la política global. Un rubro muy bien defendido del film es también la actuación. Sally Hawkins como Elisa es un ser delicioso. El monstruo está bien trabajado por Doug Jones, que ya había trabajado en esa especialidad en Hellboy y El laberinto del fauno. Y aciertan mucho en sus personajes Richard Jenkins, como el amigo y vecino de Elisa, y Octavia Spencer, como la compañera de labor de Elisa en la limpieza del centro científico-militar.

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