Las horas más oscuras

Febrero 2018



Entretenimientos

Las horas más oscuras. (Darkest Hour, Reino Unidos y Estados Unidos, 2017). Dirección: Joe Wright. Guion: Anthony McCarten. Fotografía: Bruno Delbonnet. Montaje: Valerio Bonelli. Música: Darío Marianelli. Intérpretes: Gary Oldman, Kristen Scott Thomas, Ben Mendelsohn, Lily James, Ronald Pickup. Duración: 125 minutos.

Cine histórico por excelencia, género en el que los ingleses tienen mucha práctica y pericia no solo para entretener sino también para exaltar las glorias de lo que fue su Imperio, Las horas más oscuras toma como figura central de su relato a Winston Churchill (1874-1965), un político y estadista que jugó un papel relevante durante la Segunda Guerra Mundial, contienda que culminó, como se sabe, en la derrota de las potencias del Eje y principalmente del enorme aparato bélico montado por el nazismo. De origen aristocrático y ligado desde un comienzo al partido conservador, Churchill no desestimó como político pragmático que era el recurso de pasarse al partido liberal cuando lo requirió el impulso exitoso de su carrera dentro de los distintos gobiernos que tuvo la Corona y tampoco hesitó, cuando las necesidades de la etapa  que atravesaba se lo exigieron, en volver a su agrupación inicial. De convicciones reñidas en lo profundo con las ideas comunistas o socialistas –participó con entusiasmo en la iniciativa de  cercar durante la Primera Guerra Mundial a la naciente revolución bolchevique y de aplastar a la revolución en su cuna-; enemigo de la autonomía de la India y propiciador de aceitados nexos con Benito Mussolini, al que le atribuía el mérito de haber sofocado a la izquierda en su país, Churchill sí fue desde un principio uno de los pocos políticos del Reino Unido en recelar del crecimiento del aparato militar nazi y de la posibilidad de firmar un acuerdo de paz con Hitler para resguardar el territorio británico de su avance demoledor por Europa. Y puso todo su talento al servicio de la batalla por destruir a ese monstruo del siglo XX.

     La película no es una biografía común del personaje, que refleje las diversas etapas de su vida –de verdad tumultuosa, pues participó en la Primera Guerra Mundial como oficial de Ejército y también como corresponsal periodístico y en distintas contiendas del Imperio en su vasta red de colonias, antes de volcarse de lleno a la política-, sino que se centra en los primeros tiempos de la Segunda Guerra Mundial, cuando asume como primer ministro de la Corona el 11 de mayo de 1940. El rey era Jorge VI, tercer monarca de la Casa Windsor, famoso por su tartamudez. Churchill, que hasta ese día se desempeñaba como Primer Lord del Almirantazgo es nombrado por la Cámara de los Comunes. Y la película empieza allí, en la sesión en que ese organismo parlamentario desplaza al hasta entonces primer ministro Neville Chamberlain. Este político, también conservador, pagaba así los costos de su iluso apoyo a un posible acuerdo de paz con Hitler, que no prosperó y, aunque después fue el encargado de declarar la guerra a Alemania, el fracaso de una operación naval en Noruega contra la flota nazi, selló definitivamente su suerte.

      Churchill no las tenía todas consigo. Primero porque como Primer Lord del Almirantazgo había participado de la decisión de esa reciente operación en Noruega, pero sobre todo porque en la memoria popular se recordaba todavía un hecho más antiguo: la famosa derrota del Imperio en 1915, durante la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Gallípoli, en la península turca del mismo nombre, sobre el estrecho de los Dardanelos. Esta operación fue impulsada principalmente por Winston Churchill y le costó al Reino Unidos unas 250 mil bajas. Pero el nuevo primer ministro fue poco a poco remontando ese escaso crédito inicial y mediante una campaña sistemática por programas de radio y encuentros en el Parlamento logró encender con sus discursos –era un hábil y temperamental orador- el espíritu nacionalista de la isla e introducirla en la guerra con alto espíritu a pesar de que sus perspectivas no eran las mejores. En esos días, una maniobra que contribuyó a levantar su prestigio fue el rescate de cientos de combatientes británicos y franceses, acosados por el ejército nazi, en la ciudad portuaria de Dunquerque, en Francia. En esa actividad de rescate por barco, que duró desde el 26 de mayo de 1940 al 4 de junio del mismo año, se lograron salvar 338.000 soldados, de los cuales un poco más de 100 mil eran franceses y el resto británicos. Hay distintas versiones de ese hecho. Algunos imputan su éxito a un error de cálculo de Hitler. Pero lo cierto es que esas personas se salvaron y sirvieron para reconstituir los respectivos ejércitos de ambos países. Hay una película de 2017, de Christopher Nolan que lleva por título Dunquerque, que cuenta las vicisitudes de ese salvataje.

        Con todo ese material, el director Joe Wright, especialista en cine histórico basado en obras literarias o personajes reales (Anna Karenina, Orgullo y prejuicio, Expiación, deseo y pecado), logra un producto entretenido y muy dirigido a enaltecer la figura del personaje. No  sus errores o sus costados polémicos, aunque sí en varios pasajes sus poco diplomáticos o ríspidos modales. El guion proporciona momentos de buen diálogo y abundantes ironías al estilo inglés, pero derrapa claramente cuando intenta suscitar el impacto emocional o incrementar la simpatía hacia el personaje,  como cuando muestra a Churchill conversando con los pasajeros ocasionales de uno de los vagones de un tren subterráneo, que expresan con absoluta unanimidad y sin dudas su respaldo a los planteos de su sorpresivo visitante. Un recurso fácil, demagógico y totalmente innecesario. Lo que si tiene el film es un impresionante trabajo de caracterización del personaje por parte del conocido Gary Oldman, uno de los intérpretes más dotados del cine inglés, aunque ha trabajado gran parte de su carrera en el cine norteamericano. Cada detalle en sus gestos, la manera de caminar, sus arranques de malhumor, sus sarcasmos y berrinches, todo está estudiado con la precisión de un entomólogo. Lo secundan satisfactoriamente en sus papeles la siempre eficaz Kristin Scott Thomas, como la mujer de Churchill decidida a respaldar a su marido en todo lo que hace, y Lily James como la dactilógrafa capaz de soportarle cualquier cosa a su jefe. Es excelente el trabajo fotográfico de Bruno Delbonnell, que acentúa las netas  diferencias entre distintos ambientes, la claridad del Palacio de Buckingham, por ejemplo, y el sombrío bunker desde donde el primer ministro dirige sus discursos a su audiencia popular, como si la clara luz del esplendor monárquico dependiera en gran parte de las labores que requieren una visibilidad menos evidente, más oscura.

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