The Post: los oscuros secretos del Pentágono

Febrero 2018

Entretenimientos

The Post: los oscuros secretos del Pentágono. The Post, Estados Unidos/Reino Unido, 2017. Dirección: Steven Spielberg. Guion: Liz Hannah y Josh Singer. Fotografía: Janusz Kaminski. Música: John Williams. Intérpretes: Tom Hanks, Meryl Streep, Bob Odenkirk, Bruce Greenwood, Tracy Letts, Allison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, Michael Stuhlbarg, Saura Paulson y otros. Duración: 116 minutos.

        The Post es la denominación reducida con que suele mencionarse al Washington Post, el mayor y más antiguo diario de Washington D.C., capital de los Estados Unidos. Fundado en 1887, el rotativo fue desde siempre un diario regional, cuyas ediciones no circulaban más allá de la Costa Oeste de los Estados Unidos, lo cual no le impidió, a partir de los años setenta, convertirse en un medio con repercusión nacional y ser considerado entre los mejores de su país, junto al The New York Times y el Wall Street Journal, aunque sin la tirada y venta de éstos. Uno de los hechos que elevó de manera vertical su prestigio fue la publicación de una serie de documentos denominados “los Pentagon Papers” (los papeles del Pentágono), una considerable cantidad de información secreta (unas siete mil páginas) que revelaba la difícil situación en que se hallaba la invasión militar norteamericana en Vietnam y cuánto habían mentido las autoridades de la Casa Blanca sobre ella durante las gestiones de los demócratas John Kennedy y Lyndon Johnson, e incluso antes, y luego en la del republicano Richard Nixon, todavía en el poder cuando en 1971 se conocieron los papeles.

      El primero en dar a conocer en parte esos papeles fue The New York Times, pero debió suspender su difusión como consecuencia de un procedimiento político-judicial impulsado por el presidente Richard Nixon en defensa, decía él, de la “seguridad nacional”, pero en una clara maniobra contra la libertad de expresión. Y ahí se produce el momento en que el Washington Post asume el riesgo de continuar con la publicación y se expone a la ira del gobierno republicano. Después de largas e intensas deliberaciones que tienen como personaje central a la directora editorial del diario por ese entonces, Catherine Graham, esta mujer, a la que muchos miembros de la junta directiva del matutino subestimaban por su condición de género, toma la decisión, acompañada por su director periodístico, Ben Bradlee, de apostar fuerte y dar a conocer los papeles. La reacción de Nixon no se hizo esperar y atacó otra vez, ante lo cual tanto el Washington Post como The New York Times acuden a la Corte Suprema de Justicia del país para dirimir si la estrategia obstruccionista de la administración republicana no ha puesto en peligro la libertad de prensa como valor supremo de la democracia. Y por mayoría la Corte, en un fallo histórico, resuelve darle la razón a los diarios.

       Esta primera medalla de honor, el Washington Post la corona con una segunda hazaña periodística, producida poco tiempo después: la revelación, a través de una investigación de los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, de la trama íntima de lo que se conoció como el escándalo de Watergate, que en agosto de 1984, llevó a la renuncia de Richard Nixon a la presidencia de la nación.  Este affaire ya mereció un largometraje denominado Los hombres del presidente (1976), dirigido por Alan Pakula, y con Dustin Hoffman y Robert Redford en los roles  principales. Pero volvamos un poco atrás: a la historia de los papeles secretos del Pentágono. Estos eran informes que el secretario de Defensa de USA entre 1968 y 1971, Robert McNamara, había pedido a distintas fuentes para tener un panorama real de lo que sucedía en la guerra del sudeste asiático.  Pero eran informes confidenciales de existencia secreta. Quien tenía información de ellos era Daniel Ellsberg, quien había sido asesor directo y hombre de plena confianza de Robert McNamara. Y fue él quien los filtró a la prensa, en una actitud similar a la que medio siglo después protagonizaran Edward Snowden y Chelsea Manning, en un mundo donde la circulación de la información ya estaba por completo modificada por la revolución tecnológica. En la actualidad, el diario Washington Post ya no pertenece más a la familia Graham. Después del fallecimiento de Katherine se hizo cargo su hijo y poco tiempo después compró el diario Jeff Bezos, fundador de Amazon, por 250 millones de dólares.

       La película de David Spilberg está filmada en un estilo clásico impecable y se apoya en un excelente guion que se las ingenia para contar muchas historias ligadas a la trama central con absoluta claridad y buena tensión para los momentos de más impacto emocional en la  historia. Uno de los guionistas es Josh Singer, quien participó también del libro de En primera plana, un trabajo del director Thomas Mc Carthy sobre otra investigación periodística del Boston Globe, que descubrió un escándalo de abusos sexuales en la Iglesia Católica de Massachusetts y que fue ganadora del Oscar en 2005. En The Post, su director nos impulsa a pensar en la importancia de una prensa que no sujeta su contenido a los condicionamientos del poder, un asunto de total actualidad en un mundo donde los medios de comunicación, por lo menos los más poderosos y concentrados (o sea los que aglutinan mayor cantidad de medios), han unido su destino en forma umbilical a los grandes intereses de la plutocracia global de poder. En ese sentido, su valor es relevante por lo que demuestra sobre la necesidad de que exista una prensa libre, no amordazada por el poder ni asociada a él, que pueda reflejar e incluso impugnar la mala praxis de los gobernantes.

      Más en detalle, se podrían encontrar puntualmente algunos lunares negros en la historia. Como suele suceder en las películas norteamericanas, la narración tiene tendencia a mostrar las decisiones de algunas figuras de la historia en un cierto nivel de heroicidad moral, como si la fuerza de las medidas que se toman estuviera solo determinada por la sujeción irrenunciable a ciertos principios éticos, que en este caso son los periodísticos, los de la verdad. No se puede negar que los personajes atraviesan por distintos pasajes de dudas y vacilaciones muy verosímiles, de idas y vueltas, que le dan a la trama un indispensable clima dramático, propio de esas situaciones en las que lo que se juega es mucho. Pero, más allá de esos aciertos, uno podría pensar –y la película no se mete en estas profundidades porque apuesta más a lo mítico que a lo real- que detrás de esas decisiones de indudable valentía de Catherine (Kay) Graham y Ben Bradlee se esconden también operaciones de un grupo político, que ligado al Washington Post, está interesado en dañar a Nixon y al partido republicano antes que de servir a los sacrosantos intereses de la verdad –y quien no lo hubiera hecho en ese momento en el que recrudecían los repudios a la intervención en Vietnam- y poder sacarle también a esa apuesta una jugosa rebanada económica, como luego pasó con el ascenso del prestigio del diario.

      Esto para poner las cosas un poco más en clave de lo real. Después de todo, la señora Graham era una íntima amiga de Robert McNamara. ¿Quién podría asegurar del todo que no fuera éste mismo el que impulsó, como hombre de los demócratas, la divulgación de los informes secretos para meter en un pantano a Nixon? O parte de su entorno. En definitiva, era McNamara y su entorno quienes habían sido responsables de juntar tanta información explosiva. Por otra parte, la directora del Washington Post no era tampoco una carmelita descalza, ni una mujer carente de ambiciones. En 1975 intentó disolver a la comisión interna de su diario, provocando una huelga que terminó con despidos masivos en su redacción, que luego sirvieron de ejemplo al gobierno de Ronald Reagan para aplicar castigos similares a otros sectores de la prensa. Obviamente, Spielberg no se mete en este tema, pero deja flotando algunas sensaciones o zonas ciegas –la increíble tranquilidad de McNamara cuando se destapa la olla podrida- que pueden llevar al espectador más inquieto a pensar en otras alternativas. En cuanto a Ben Bradlee fue agente encubierto de la CIA y visitó Europa en su juventud para reforzar la propaganda en favor de la ejecución en 1953 del matrimonio de Ethel y Julius Rosenberg. No era precisamente un hombre progresista. Miembro de una familia aristocrática de Boston y ferozmente anticomunista desarrolló una fuerte amistad con el matrimonio de John y Jackie Kennedy, lo que no deja dudas de su sólida relación con los demócratas. En fin, sin llegar a la hondura de otras cumbres del género como Primera Plana (1974) de Billy Wilder –no confundir con En primera plana de 2015- o Ciudadano Kane, de Orson Welles, la película es un producto sólido, bien filmado y oportuno. En cuanto a las actuaciones, como sucede habitualmente en los films de Spielberg, el estándar es de bueno para arriba. En el caso de Meryl Streep como Kay Graham alcanza la excelencia.

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