Viene de noche

Julio 2017

Entretenimientos

Viene de noche. (It Comes at Night, Estados Unidos, 2017). Dirección y guion: Trey Edward Shult. Fotografía: Drew Daniels. Edición: Mathew Hannam y Trey Edward Shults. Intérpretes: Joel Edgerton, Carmen Ejogo, Kelvin Harrison Jr., Riley Keough, Christopher Abbott, Griffin Robert Faulkner. Duración: 91 minutos.

          El advenimiento de una peste, un cataclismo, una invasión extraterrestre o un fenómeno de otra naturaleza que ponga en peligro la sobrevivencia de la raza humana es una fantasía que ha atravesado las páginas de la literatura y los rollos de la cinematografía universal en distintas épocas y países. Una fantasía que hoy nadie considera descabellada teniendo en cuenta el poco cuidado que la civilización presta al medio ambiente en que viven los seres humanos. De las muchas formas que ese vaticinio podría asumir, el de una peste o un virus       –hoy que se habla tanto de las guerras biológicas-  sería sin duda la que, por el carácter furtivo e imperceptible que podría asumir, produce mayor escalofrío, por la sensación de indefensión en que se supone deja a las personas. Sería casi como pelear con un enemigo invisible, imposible de ubicar.

        No por nada, el talentoso director de cine texano Trey Edward Shults elige, para el apocalipsis que sirve de contexto a su historia, una peste o un virus. En una vieja cabaña ubicada en un lugar boscoso, que nadie precisa, una familia (Paul y Sarah, los padres, y Trevis el hijo de diecisiete años) trata de sobrevivir a ese estigma letal que, en el comienzo del film, ha terminado de matar al progenitor de la mujer y abuelo del chico. Los tres están con máscaras y guantes en las manos y se despiden del anciano atacado por el mal, mientras se disponen a llevarlo hacia el bosque para ejecutarlo e incinerarlo. Y de ese modo evitarle más sufrimientos, a la vez que resguardarse ellos del contagio. Es una escena que conmociona, donde el joven y su madre, obligados a apelar a ese remedio heroico, experimentan un dolor profundo y lloran con desconsuelo.

        La muerte del viejo no implicará, sin embargo, la desaparición del peligro. La casa se cierra de noche de manera hermética para evitar que alguien o “algo” puedan entrar y transmitir el mal a sus habitantes. Hay solo una habitación, la que alojaba al abuelo, la da al exterior y a la cual se llega a través de largos pasillos. Pero su puerta, de color rojo, está muy bien trabada para que no se pueda filtrar nada.  Una noche, sin embargo, alguien detrás de esa puerta trata de forzarla para que se abra y el perro, que antes fue del abuelo y ahora de Trevis, comienza a ladrar alertando sobre una visita inoportuna. El padre, la madre y el hijo, munidos de máscaras y guantes, se introducen armados en la pieza, descubriendo  que hay un extraño al que reducen a golpes. Al día siguiente, el intruso será atado a un árbol y Paul, el padre, lo someterá a un interrogatorio para saber qué quería hacer al penetrar en su cabaña.

       Descartada su enfermedad, el visitante cuenta que en rigor está viviendo en una casa a unos kilómetros de allí con su mujer y su hijo de cinco años y que ha salido en busca de agua y alimentos para ellos. Paul se convence y, después de deliberar con su esposa, decide ir con el intruso a buscar a su familia para que todos habiten –y compartan sus bienes- en la cabaña donde viven los tres primeros protagonistas de la historia. Una de las obsesiones fuertes del cine de Trey Edward Shults, como lo demostró en su aclamado y muy premiado primer largometraje Krisha (2014), es la familia y sus miedos, los distintos fantasmas y temores que suelen rondar y amenazar la preservación de esa institución fundada en los afectos, pero vulnerable también a múltiples asechanzas. Pero acá, en Viene de noche (su segundo film después de dirigir su ópera prima, antes solo había hecho dos cortos y participado en el equipo de dirección de El árbol de la vida), va mucho más allá: expande su mirada hacia la el estado de sospecha permanente, irracionalidad y descontrol brutal en que pueden hundirse los hombres sometidos a situaciones límites o en las que impera el terror, sobre todo a lo desconocido, a lo que no se puede dominar. El resto del relato, que no es del caso adelantar, se precipita sobre este inhóspito y estremecedor territorio de la convivencia humana.

       El género por el que el director se mueve es el de terror psicológico, con alta dosis de suspenso. Por fortuna, y en producciones que no son costosas, este texano que recién ha traspuesto los 30 años no apela a escenas explícitas de pánico o pavor ni a efusiones copiosas de sangre para provocar sobrecogimiento e inquietud al espectador. Hay pesadillas y pasajes oníricos, pero le basta con eso. Su puesta sobria en relación a los films llenos de efectos de mal gusto, pero no por eso menos perturbadora, de estilo realista y con un guion seco y económico (toda la información se provee en escasas dosis, solo las necesarias, lo demás corre por cuenta de la imaginación del público) y buenos procedimientos visuales, entre ellos el uso en varias escenas de largos planos secuencia. La música, como también en su anterior película,  tiene un marcado clima de desasosiego. Y contribuye a exacerbar las continuadas ráfagas de tensión que despliega la trama.

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