Entrevista a Fabián Vena

Junio 2014

Entrevistas

Una vez más, el escenario le depara un importante desafío al conocido actor que, a los 46 años y luego de una intensa carrera en teatro, televisión y cine, puede hacer un balance más que halagüeño de su trayectoria. En una charla amena y cálida, en la que reveló aspectos de su trabajo desde su época de estudiante hasta la actualidad, Vena se refirió también a su papel en la obra Sacco y Vanzetti, que se estrenó en estos días en el Teatro Cervantes.

Faltaban dos días para el estreno y Fabián Vena era adrenalina pura en uno de los camarines del Teatro Cervantes. Y se entiende. Cuarenta y ocho horas más tarde, el 7 de junio, se  enfrentaría a unos de los desafíos más difíciles y trascendentes de su carrera como actor: encarnar nada menos que a Bartolomeo Vanzetti, aquel glorioso anarquista llevado a la silla eléctrica en agosto de 1927 en Estados Unidos, junto a su amigo Nicola Sacco, por un crimen que no habían cometido, como se reconoció oficialmente años después. El martirologio de estos dos trabajadores, uno de los muchos que ha herido con su injusticia la historia del mundo, ya fue abordado en varias ocasiones en el cine y el teatro. Pero de tiempo en tiempo, como saliendo de una memoria profunda que exige no ceder al olvido, el caso reaparece exponiendo sus hechos como un espejo evocador y catalizador de las tantas otras inequidades que se vivieron en el pasado o se viven en el presente en distintas partes del planeta.


     Fabián está entusiasmado con su papel y consciente de la responsabilidad que asume al dar este paso, pero seguro también de que el espectáculo gustará. “Nos hemos preparado a conciencia durante tres meses. Mariano Dossena, nuestro director, armó un elenco muy bueno, de actores con estilos muy definidos, entre ellos Walter Quiroz como Sacco. Y nos ha conducido durante ese período en forma extraordinaria. Es un artista con mucha sensibilidad y este texto de Mauricio Kartun es perfecto para él. Me asombra sobre todo cómo consigue en la puesta que los hechos narrados produzcan más emoción que angustia. Sobre todo en el final, cuando se ve a Sacco y Vanzetti caminando, en una suerte de entorno celestial, hacia la muerte. Y entonces uno piensa: estos tipos no murieron nunca, se elevaron. Y en realidad sí, se elevaron a la categoría de un símbolo, que es el que reclama que no haya más injusticias, más dolores así en la humanidad.”


Un reclamo que, desde luego, siempre choca con dificultades, con trampas armadas por el poder para evitar que se cumplan. Y eso que fue ayer sigue siendo igual hoy.  Fabián Vena, que para componer el personaje se documentó mucho, destaca, haciendo comparaciones con aquella época, el tema del periodismo: “Hay un artículo de Vanzetti sobre la prensa, además de todo lo que relató durante sus seis años de cárcel, que sorprende por su formidable actualidad. Lo pensaba reparando en lo que pasa en estos días, en el quilombo ético en que se meten los periodistas que no dicen la verdad. El de Vanzetti parece un artículo escrito la semana anterior, no hace cien años. Me rebela y exaspera la idea de que algunos medios supongan que todos somos unos estúpidos y que nos podemos creer cualquier cosa que nos cuenten. Y digo esto sin tener identidad política, desde una reacción que podría definir como más emocional que ideológica. Pero es increíble la forma en que se machacan ciertas cosas, como si la historia de este país no pudiera enseñarnos nada. Por eso las figuras de Sacco y Vanzetti son tan aleccionadoras, tan ejemplares en su afán de desenmascarar a estos poderes. Ellos se inmolan no sólo por sus ideales, sino también para que su denuncia sobre los males de las sociedades se grabe a fuego en la conciencia de la gente. ‘Nada va a gritar con más fuerza que esta muerte que esa justicia está podrida. Están encerrados en su propio chiquero y no seré yo quien les abra esa puerta’, dice Vanzetti. Qué cojones, qué dimensión ética y humana había que tener para sostener esto.”


Marcas de una carrera 

¿Habías trabajado antes en el Cervantes?
No, siento que este teatro maravilloso me estaba esperando y ahora puedo disfrutar de estar en él. Había estado ya en el San Martín en más de una ocasión, pero me faltaba este escenario maravilloso. Es increíble. A pesar de lo grande que es el actor se halla como en un espacio íntimo, Y su sala te mide la sensibilidad, no te permite mentir. Si lo haces, la mentira se ve grande, como en el cine. Tengo una gran felicidad, porque sé además que estamos en un punto de maduración de la obra fantástico.


Con Rubens Correa, el director del Cervantes, habías trabajado ya, ¿no?
Había actuado junto a él en Rasga corazón, de Oduvaldo Vianna Filho, la segunda pieza que hice en el IFT, teniendo 18 años. En la escuela de ese teatro independiente me formé y debuté como actor en la obra Te de tías. Fue fascinante encontrar de nuevo a Rubens acá, al cabo de tantos años. Y representando en el teatro que dirige un personaje de la talla de Vanzetti. Estos personajes te los entrega Dios. Porque uno se pregunta: ¿Dónde estaba? ¿Cómo antes nadie me dijo que podía hacer a Vanzetti, si además tengo la edad exacta para interpretarlo? Fue una confluencia de cosas extraordinarias.


¿Llegaste a ver la versión dirigida por Jaime Kogan y estrenada en el Metropolitan en 1992?
Sí, era muy pendejo pero la vi y me gustó mucho. También conozco la película en la que trabajaba Gian Maria Volonté. Cuando hay un registro en película de una obra que estoy ensayando, compro la versión y la guardo. Ese es mi sistema. Empiezo a trabajar la obra, el personaje y recién una semana o quince días antes del estreno, cuando ya tengo idea de lo que haré la veo. Es para observar si me equivoqué en algo grueso y si hay algo que parezca que estoy copiando de esa versión. Me pasa igual con las críticas. Dos o tres años después me tomo un buen vino, las junto y las leo. Y me muero de risa si la crítica es desfavorable y digo: menos mal que no leí esto. Eso me pasaba de chico. Leía una crítica mala y me deprimía y luego debía salir al escenario. Y frente a esto me preguntaba: ¿qué derecho tengo yo de joder con mi depresión a la gente que ha pagado una entrada para ver el espectáculo? Y trabajaba lo mejor posible, pero debía sobreponerme a ese estado de ánimo. No era sencillo.


¿Tocaron el texto?
Nada. Hay momentos en que el actor, ante la imposibilidad de decir el texto tal como está escrito, se pregunta si no podrá cambiarlo, tocarlo un poquito para que le siente  más cómodo. Y al principio en uno o dos pasajes pensé que podía ser así. Sin embargo, pasadas algunas semanas de ensayo percibí que el libro era perfecto, que estaba muy bien escrito y que era yo quien debía esforzarme para aprovechar sus riquezas. Hay alegatos o cartas de Vanzetti que llevan hasta media página o más y que Kartun, con una extraordinaria capacidad de condensación poética, reduce a unas pocas palabras de contundente valor teatral. Bueno, por eso Kartun es el autor que es. El espectáculo tiene también música compuesta con Gabriel Senanes muy inspirada y que contribuye a resaltar y ampliar la presencia de la palabra.


¿Te imaginabas cuando eras estudiante de teatro que ibas a tener una carrera tan fuerte sobre los escenarios, interpretando tantos títulos importantes?
No, no me lo imaginaba, pero me ilusionaba. Tenía 16 años y veía teatro como un loco. Me acuerdo que terminaba una obra en la calle Corrientes u otro lugar y me iba a comer un sándwich rápido para ir a ver otra. Y cuando veía las puertas del San Martín con afiches de Alfredo Alcón, por ejemplo, pensaba si alguna vez estaría allí. No digo con Alcón, sino en los afiches. Y llegué incluso a estar con Alfredo en Variaciones Goldberg.  Eran sueños que no sabía si se cumplirían o no. Tampoco podía sospechar que me encontraría con textos tan importantes. Lo que sí imaginé y deseé siempre fue ser actor y tener al teatro como el espacio elegido.


¿Qué método actoral predominaba en el IFT?
Terminé el IFT siguiendo el método de Stanislavsky. Pero tenía dudas sobre lo que podía pasar si debía encarar un clásico o piezas de construcción muy poética. Por eso me interesó hacer La balada del loco Villón, de Osvaldo Dragún, porque me imponía un reto distinto. De modo que me fui entrenando sobre el escenario y perfeccionándome con otros profesionales. Trabajé la voz con Carlos Demartino y también hice tres o cuatro años con Augusto Fernandes, que es duro como docente y en las clases te mata. Y después tuve la suerte de empezar a hacer Romeo y Julieta y más tarde Calígula, con Imanol Arias.


Y años más adelante La resistible ascensión de Arturo Ui.
Claro, lo que significó el encuentro con el director georgiano Robert Sutura. Siendo estudiante en la época del IFT vi algunas de las funciones del Teatro Rustaveli y me dije: ese es el  teatro que quiero hacer. No quiero parecerme a Richard Gere. Soy como ellos: payaso, sensible, emotivo, lleno de ganas de disfrutar el teatro. Esa gente respiraba teatro por todos los poros. Y 20 años más tarde tuve la dicha de trabajar bajo la dirección de Sturua, director aún hoy del Rustaveli. Una experiencia memorable.


Has hablado de teatro, pero también en televisión has tenido varios éxitos. ¿Cómo ha sido tu relación con ese medio?
He tenido un encuentro muy sano con la televisión. Entré a la televisión con los típicos prejuicios del hombre de teatro. Cuando terminé de hacer Rasga corazón y su gente fue invitada al Festival de Cádiz en España, debí tomar una decisión: irme a Europa con el elenco o agarrar mi primer protagónico en televisión. Y opté por la televisión porque mi pasaje por ese medio, tanto en ese momento como ahora, fue sin traicionar ni un solo milímetro de mi profesión. Todo lo contrario. Cuando terminó de hacer Resistiré, y luego de filmar 220 capítulos, o sea todo el año, quería salir a decirle a los pibes del conservatorio: muchachos si un día se les cruza una telenovela háganla. Cuando estás con 200 capítulos de treinta tomas por día y en una escena en que te miras al espejo el director te dice: hace esto, ahora lo otro, llorá, orinate, reíte, mira al vacío y vos podes hacerlo todo, salís de la filmación completamente fortalecido. Porque el training que adquirís y lo que esa práctica te sirve para el oficio, la imaginación, la precisión, la  inteligencia o la rapidez para resolver situaciones es algo de una utilidad única. A mi esos desafíos me fascinan. Y debo decir que trabajé pocas veces en ese medio sin asumir ese riesgo.


¿Y cuando no hay oportunidades de asumir esos desafíos?
Las busco o las espero. Mira Somos familia, mi último trabajo, lo estuve esperando un buen rato y finalmente salió. Y si no viene sigo esperando. Yo prácticamente vivo del teatro. Alguna vez me ilusioné con que quería vivir de eso y nada más. No sabía que había que hacer muchas más cosas que teatro para poder vivir. Ahora, una vez que lo conseguí y pude empezar a vivir del teatro gracias al éxito de distintas obras, entonces me dediqué a lograr ese equilibrio que me permite no tener una dependencia perversa con la televisión. Hoy no dependo de ella para vivir. Y mucho menos de cine. Te dan un guión y te dicen que filmas en tres meses, y por ahí la película se hace recién a los cinco años. Ya me pasó. Por eso, hago teatro sin parar. Y en televisión y cine espero y elijo.


Reverberaciones en el hoy


    Kartun escribió esta obra hace 22 años. Para hacerlo partió de un vasto material documental (actas de juicio, alegatos, cartas, escritos periodísticos) e incluso obras de ficción como las novelas de Upton Sinclair o la de Howard Fast o la famosa película Giuliano Montaldo, y deslumbrado por esos textos y esas realizaciones se lanzó a componer su propia obra. O a articular poéticamente esos materiales, porque como ha aclarado en algún escrito, la obra “fuera del tratamiento argumental de sus escenas de ficción, está compuesta con distintas situaciones y textos documentales, más conmovedores y expresivos, creo, que cualquier dramaturgia que se pudiera escribir al respecto.”


     Las reverberaciones de aquellos hechos y de las palabras que los testimoniaron siguen abriendo pequeñas auroras en la memoria de la civilización. Y la llaman a no olvidarse de aquellos acontecimientos, como tampoco de las obligaciones del presente, so pena de ingresar a un naufragio del que será difícil volver. Escuchen estas palabras extraordinarias de Vanzetti, esa profecía cumplida y que puede volver a cumplirse cada vez que el hombre abdique de sus responsabilidades éticas y humanas: “Y si nosotros y si la generación que nuestras mujeres llevan en sus vientres no somos capaces de modificar esto habremos fracasado todo. Y la humanidad seguirá siendo más miserable y más infeliz.”  

                                                                                             Alberto Catena