Entrevista a Iñaki Urlezaga

Enero 2018

Entrevistas

   Esta nota se realizó hacia fines de diciembre pasado, poco antes de que el Ballet Nacional de Danza anunciara su presentación en el Teatro Coliseo con El lago de los cisnes, de Piotr Ilich Tchaikovsky, y teniendo como figura estelar al bailarín Iñaki Urlezaga, coreógrafo y director artístico también de la compañía. Pocas semanas después, el titular del ministerio de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, en una expresión más del desprecio de este gobierno por la cultura en el país, hizo pública la disolución de ese ballet, el primer y único cuerpo de baile nacional en la historia de la Argentina. A mediados de enero, integrantes de este conjunto protestaron por ese cierre, bailando frente al edificio del ministerio fragmentos de La Traviata y El lago de los cisnes, frente a decenas de personas que sacaban fotos, seguían con aplausos los pasajes que se representaban y expresaban así su solidaridad con la compañía. La entrevista que Revista Cabal le hizo a Iñaki Urlezaga, que se publica a continuación, tiene valor por lo que el coreógrafo y bailarín, de 41 años, cuenta de su carrera, que lo tuvo entre los mejores bailarines que tuvo el Royal Ballet de Londres ya a los 21 años y luego en el Ballet Nacional de Holanda. Pero también porque resalta la importancia para la danza argentina de haber constituido una compañía como la que ahora se disolvió y porque adelanta, sin adivinar sin embargo, el destino que le tocaría a ese cuerpo de bailarines, las dificultades que ya venían sufriendo por el poco tiempo con que se trabajaban las obras, producto del atraso de las asignaciones presupuestarias y las tardías decisiones burocráticas.  

Porte imperial en el escenario como insisten en afirmar los especialistas al verlo como el príncipe Sigfrido en El lago de los cisnes y otros ballets, en la vida diaria Iñaki Urleaga es un artista sin remilgos, para nada envarado y al que le gusta hablar sin rodeos sobre los temas que le interesan. Así y todo asombra ver su cuerpo delgado y elástico y su metro ochenta y cinco de estatura que, si impresiona cuando baila, no llama menos la atención al verlo en la calle o divisarlo al entrar en un bar por el Abasto, como el que eligió para citarse con este cronista para conversar. Se presenta cordialmente y dice que prefirió ese lugar porque cerca de ahí asiste una vez por semana a tomar lecciones de canto con una maestra que enseña con la técnica del Renacimiento.

    “Siento que vuelvo a los orígenes del ser humano al cantar como en la época de Leonardo da Vinci. Y eso me da otra disposición emocional, física y espiritual distinta para hacerlo”, afirma. No cree que llegue a cantar nunca ópera, un género que adora pero al que considera muy exigente. “En realidad le soy sincero: me gustaría poder cantar bien boleros, tangos y otro tipo de repertorio. Tal vez también canzonetas italianas o canciones francesas, que son lindas y de una gran nobleza. Por ahora me distraigo mucho yendo a las clases y me hace sentir muy cómodo, muy a gusto tomar lecciones”, agrega. Respecto de la ópera afirma. “Siempre fui, desde chiquito, a ver ópera, me encanta. Admiré mucho el género yendo al Teatro Argentino de La Plata, al Teatro Colón. Y me agrada también la música de concierto y el teatro de prosa al que asisto con frecuencia. Veo menos, en cambio, ballet. Una actriz a la que sigo bastante es Marilú Marini. Fui muchas veces a presenciar sus espectáculos. Es un ser de otro mundo.”

    Le preguntamos a Urlezaga qué diferencia hay entre montar una coreografía siguiendo un modelo original, como el de Marius Petipá en El lago de los cisnes, y otra donde se crea con un criterio estético exclusivo. Y contesta: “Es diferente, porque en un ballet clásico, del repertorio tradicional, existen academicismos que no se pueden perder ni separar de lo que se hace. Se lo puede bailar diferente, dar libertad al artista, sin duda, y yo lo hago, pero hay ciertas cosas que forman parte de la historia y están ahí. En cambio, en un trabajo como La traviata, cuya coreografía concebí, puedo decir que es una obra de teatro musicalizada.  Verdi tomó esa novela de Alejandro Dumas hijo, La dama de las camelias, y la profundizó mucho más que su autor literario. Le dio una hondura carnal y sanguínea que lleva a ese drama humano a límites de emocionalidad increíbles. En mi caso, como digo, no traté de convertir la ópera en un ballet, por más que las chicas tengan las puntas puestas, sino más bien hacer una obra de teatro musicalizada. Y eso otorga a todos una mayor libertad física y emocional. La estética se mantiene dentro del romanticismo, no quise correrla de época, por eso los vestuarios y la ambientación son de ese tiempo. Pero marcadas esas pautas teatrales y estéticas, lo demás lo hacen los artistas.”

 

Iñaki Urlezaga

       Sobre la relación de la música y la actuación, comenta: “La dimensión que tiene la música lleva al espectador a otra dimensión, a otro límite. Soy una persona para trabajar absolutamente emocional. Para mí el actor, el artista es un ser totalmente vivo y presente en el momento en que está sobre el escenario, se mueve en el aquí y ahora. En esa situación yo necesito que ese artista esté atento, que contemple realmente lo que sucede. Y la música abre en esa tarea un camino para conectarse con el otro desde el corazón que difícilmente se logra en una circunstancia distinta, le abre un lazo, un canal para ir de corazón a corazón. Cuanta mayor paz habría en el mundo si la música estuviera presente en nuestros corazones mucho más tiempo. La música y el silencio, que es también música y un elemento poderoso en la vida de los hombres por todo lo que significa.”

 

Iñaki de Urlezaga estuvo durante diez años al frente del llamado Ballet Concierto, que él mismo había creado. Y que luego se disolvió. Desde 2013 comienza a impulsar el proyecto “Con más danza, más inclusión social”, propuesta del Ministerio de Desarrollo Social, para crear el  Ballet Nacional, que se forma en 2014 con 60 bailarines seleccionados en concursos. Los integrantes de este cuerpo renuevan sus contratos en forma anual. Afirma que está contento con los resultados logrados por esta compañía. “Lo problemático –afirma, contrabalanceando lo que sostiene- es trabajar siempre a último momento con el gobierno. Se decide todo muy tarde y queda poco margen para poder lograr ciertos objetivos. En ese sentido hay imprevisibilidad. Yo no pienso ya en mi tranquilidad, sino en que a veces con tan poco tiempo no se puede conseguir todo lo que uno quiere y lo que el ballet potencialmente está en condiciones de alcanzar. Al ser todo a último momento, a menudo se trabaja con apuro. Y uno hace hasta donde llega.”

      Con 41 años encima, aunque no lo parecen por su aspecto juvenil, le preguntamos hasta cuándo piensa seguir bailando. “Hasta que el cuerpo me aguante. Hasta que me diga basta       -responde-. El cuerpo da varios avisos previos. Hay que estar atento a lo que uno va sintiendo. El promedio de años hasta el que suelen llegar los bailarines en su trabajo está entre los 40 y 42. Depende cada caso. En mi caso siento que todavía puedo bailar, pero tampoco estoy lejos de dejar. Pero no me puedo quejar, Dios me ha dado muchas herramientas y puedo trabajar también como coreógrafo. De todas maneras, no siempre un buen bailarín termina siendo un buen director o un buen coreógrafo. Es como un actor de calidad que puede no llegar a ser un buen director o guionista. Son funciones que a veces se dan la mano y otras no. En ocasiones se unen, pero no es lo más común. En mi caso, por fortuna, se dio y lo disfruto.”

      Afirma que el deseo de ser coreógrafo nació en él desde muy temprana edad. “Cuando viajé a Inglaterra sentí que ese país me había dado una enorme entidad –comenta-. Y al venir para acá naturalmente empecé a armar obras en base a lo que quería experimentar. Y eso terminó siendo mi estilo y la mejor manera mía de mostrarme como bailarín y la vez como coreógrafo y director. Y la gente me acompañó mucho. Eso me ayudó mucho. Cuando uno le entrega un material al bailarín, éste lo toma bien, con alegría de hacerlo, y el resultado entre ambos es objetivamente bueno, eso produce un gran placer. Y así probando me dije: ‘Bueno, a lo mejor, tengo también este don. Soy joven pero lo puedo desarrollar’, me dije. Y nunca más paré. Cuando bailarín y coreógrafo se conectan es fantástico. Soy algo hinchapelotas cuando busco una cosa e insisto hasta que la logro, pero eso no me enemista con mis bailarines. Las coreografías que hago involucran muchísimo al cuerpo de baile, que baila hasta el hartazgo y lo agradece. Pero no siempre es sencillo que eso pase. Es una tarea ardua lograrlo, pero muy apasionante. Trabajar como un propósito me levanta de la cama, me genera adrenalina y entusiasmo. Trabajar a lo burócrata no. Tengo que sentir que cada día de hoy es irrepetible. Esta profesión, por otra parte, me ha permitido conocer el alma humana.”

       Entre los coreógrafos que ha admirado, enumera: “Todos los ingleses con los cuales me formé. Después Balanchine y los franceses.” Ha dicho alguna otra vez en otro reportaje que es vanidoso en la medida justa, normal. Pero rechaza el divismo, aclara acá. “No concibo esa ecuación en la que el ego se sobrepone a la inteligencia. Y he conocido grandes artistas con un ego desmesurado e inteligentes, pero en ese punto el narcisismo se impone. Por suerte no me ha pasado. En parte pienso que es porque al crear coreografías siempre he pensado más en mis bailarines que en mí. También me gusta estar detrás del escenario. Me gusta estar arriba o debajo de él, pero siempre haciendo”, reflexiona. Entre los proyectos para después de las vacaciones, está el de hacer Romeo y Julieta como coreógrafo y tal vez también como bailarín en el papel protagónico. “Puede ser, ya lo he hecho -adelanta-. Por ahora estoy trabajando con los escenógrafos y los vestuaristas. Voy anticipando los bocetos. Necesito tiempo para ver la escena. El espacio, saber si la pared será de ladrillo, si hay olor a humedad, el contexto, porque hay muchos elementos que me definen o redefinen lo que estoy buscando. Yo armo la obra toda a la vez y si el gobierno lo aprueba después decanto lo que boceté.”

      Todas las profesiones y actividades tienen a menudo factores que conspiran contra su buen desarrollo. Le preguntamos a Iñaki cuál podrían ser esos factores en un bailarín. Y dice: “La resistencia y la soberbia, son dos cosas que van de la mano y muy nocivas. La resistencia a aprender, a dejarte llevar, el miedo a permitir que otro te ayude a romper las barreras emocionales o físicas que tengas. Hay que ser humilde y valiente para poder atravesar ese desafío y resolverlo bien. Si se quiere crecer hay que abrirse. Apoyarse en el maestro para ir adelante. Todo es de a dos en la vida. Y creo que el maestro es quien debe tomar la iniciativa. Por otra parte, el alumno no cambia hasta que esté suficientemente listo, maduro, para que se produzca su evolución, nunca antes. Sino es un atropello, una violencia, donde se quiere y no se puede. La fruta debe caer del árbol en el momento adecuado, no hay que arrancarla antes. Por eso son tan importantes los grandes maestros.”

                                                                        A.C.

 

Fotos: Sub.coop