Entrevista a Mauricio Kartun

Abril 2017

Entrevistas

El hombre que siempre está escribiendo gana premios, dicta talleres, congrega a sala llena y sigue apostando al teatro de riesgo, hoy con la cuarta temporada de Terrenal

El niño argentino, Chau Misterix, El partener, La casita de los viejos, Sacco y Vanzetti, La Madonnita, Ala de criados, Salomé de chacra y ahora Terrenal, pequeño misterio ácrata, son algunas de las más de 30 obras que Mauricio Kartun escribió entre originales y adaptaciones. El dramaturgo escribe desde que tiene memoria pero empezó a dirigir recién en 2003, justamente con La Madonnita, un poco cansado de pelear con directores y con ganas de que las puestas representaran alguna vez lo que él había imaginado cuando escribía.

Terrenal (que puede verse por estos días en el Teatro del Pueblo después de una exitosa gira por España, Costa Rica y Chile y de haber estado en cartel durante tres años en Buenos Aires) es una muestra de ese talento singular, no por nada es la obra más vista y recomendada del circuito independiente de los últimos años. La puesta constituye una relectura político teatral del conflicto personal entre Caín, Abel y el propio Dios, una historia que de acuerdo a la crítica “señala con cierto dolor cuestiones inherentes a la construcción del ser nacional y lo hace con un nivel poético admirable”.

“Hacía muchos años que venía pensando en escribir una historia de dos hermanos que se pelean. Y decidí tomar entonces el mito de Caín y Abel, que más allá de esta contienda fraternal habla también de dos grandes visiones del mundo, la del nómade y la del sedentario, que empieza a acumular y luego tiene que terminar invirtiendo tiempo, energía y en última instancia vida para construir los muros que protejan eso que acumuló”, señalaba hace poco el escritor y docente  durante una charla radial.  A lo que añadió: “Hay una mirada solitaria y otra solidaria. Una vez leí algo que decía que alguien de derecha siempre se mira primero a sí mismo, luego a la familia y al final a la comunidad, mientras que la izquierda hace exactamente al revés: ve a la comunidad ante todo, recién después a la familia y en último lugar a la persona”.

Kartun contó varias veces que no terminó el secundario, que repitió tres años de colegio, que nunca pudo rendir matemática, física y química de quinto. Pero también que de chico solía ir al teatro con sus padres, que como alumno se reivindicaba en literatura, que leía mucho (sus preferidos eran Arlt y Quiroga), y que a los 18 años ganó el primer premio un concurso de cuentos de la editorial Diálogos. Ahí nomás se murió su papá y él se hizo cargo, junto con su hermano, de un puesto de frutas. Pero al mismo tiempo estudiaba dirección teatral, se formaba en dramaturgia, tomaba clases de actuación. Y seguía escribiendo.

En los ochenta llegó a tener un fructífero negocio de venta de electrodos de soldadura eléctrica. Pero  cada tanto lo agobiaba esa sensación de que no estaba haciendo algo que realmente lo motivara, que era el momento de pegar el giro. Fue en 1982 que se abrió el concurso de Teatro Abierto y la propuesta lo encontró sin demasiados ánimos de ponerse a escribir. Excusas no faltaban: tenía una mano enyesada, un trabajo absorbente, la casa desarmada por una mudanza en ciernes y como si fuera poco, el nacimiento inminente de su primera hija. Él mismo lo cuenta bien en la autobiografía que abre el libro de sus Escritos 1975-2015: “A un día del cierre del concurso, Mónica -todopanza- deja caer como al pasar su petardo de realidad: ‘No presentarse va a ser una buena excusa -murmura- para ir a ver después las piezas del ciclo y poder decir sin riesgo: yo escribo mejor que todos esos pelotudos’. Esa noche me siento en un canasto con libros y apoyando la Lettera en otro retomo un boceto para obra corta que se llamará La casita de los viejos. Termino en la madrugada, agotado y pleno. Nunca más un material saldría tan rápido y fácil. La mañana siguiente nace mi hija Luciana. Esa misma tarde presento la pieza que será seleccionada y dirigida luego por Agustín Alezzo.  Éxito de bruta resonancia interna. Compro los diarios y leo los elogios sin terminar de aceptar que son para mí. Temiendo que se den cuenta en cualquier momento del malentendido”. Fue el trampolín. O lo que a veces puede la decisión.

Kartun es un fiel exponente de que lo bueno lleva su tiempo (tarda alrededor de un año en escribir una obra y unos ocho meses más en dirigirla), también del valor de tomar un riesgo, porque de eso en definitiva es que trata, al menos un poco, el teatro independiente. Así es que se mantiene activo en su Villa Crespo o donde sea, escribiendo en forma constante ya sea con la mano o con la mente. “Porque cualquier cosa puede ser material de ficción –asegura-. Estás en una fiesta, hay dos tipos charlando y podés convertir eso en una escena. Y todo el tiempo estás así, saqueando la realidad”.