Pablo Echarri: “Amo actuar y también tengo otros sueños”

Enero 2014

Entrevistas

Sencillo, encantador, como lo prueba el intenso magnetismo que provoca en el público, en especial el femenino, Pablo Echarri es además un hombre de sólidas convicciones, un artista que ama su profesión, pero por sobre todo la coherencia en la vida, la integridad de los principios y la necesidad de defenderlos. En una charla muy franca y cálida, el actor contó a un periodista de Revista Cabal sus próximos proyectos artísticos y cuál es su trabajo en SAGAI (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes), de la cual es protesorero. Opinó también sobre el actual momento que vive el país y los desafíos de seguir avanzando en un camino de transformación a favor de los que más necesitan.  

¿Te vas de vacaciones en el verano?
No, hay un proyecto en marcha que me obliga a quedarme: estoy ensayando una película escrita y dirigida por Sandra Gugliotta (directora de largometrajes como Un día de suerte, Las vidas posibles y el documental La toma) y que compartiré con Mónica Antonópoulos y Leticia Brédice. Es un lindo guión y un gran personaje, que me da la posibilidad de divertirme y de volver a jugar en ese rol que es el de actuar y no tanto de producir.


¿La producís?
No, el guión apareció de manos de Sandra y me ofreció actuar en la película. Y como me gustó dije sí. Hacía tiempo que no me concentraba en un trabajo actoral. El último trabajo en teatro fue El hijo de puta del sombrero de Stephen Adly Guirgis. Estuvimos casi un año acá con eso en Buenos Aires y luego fuimos a Mar del Plata. Esa fue una linda experiencia. Pero también tengo que dejar, dentro de mi vida artística, algunos huecos para dedicarme al trabajo de gestión en SAGAI (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes)  y en mi productora El Árbol para ver en éste último caso de qué forma puede seguir funcionando.


¿Cómo es tu personaje en la película de Sandra Gugliotta?
Mi personaje es un escritor que está enredado en una situación personal bastante extrema, que de alguna forma tiene una relación con la obra que está escribiendo. Hay como un doble juego entre ficción y realidad. Es un juego donde se debe descubrir quién dice la verdad y quién miente. De algún modo plantea que, más allá de la realidad que se aborda, lo importante es que, quién la relata, quién la describe, ofrezca su punto de vista. Es un enfoque interesante porque, en cierta manera, y si bien la película no tiene ninguna connotación política ni se refiere a nada puntual de este momento, se habla de algo que está hoy latente y que tiene que ver con lo que llamamos la “construcción de la realidad”.


Hoy los medios y ciertas personas nos hablan de una realidad que a veces no vemos ni reconocemos.
Claro, acá ese tema está puesto a consideración del público, que debe ser quien descubra ese juego y llegar a ver como las palabras utilizadas, en el proceso de co-relatar lo que se está viendo, puede llegar a crear otra realidad, una versión distinta a esa realidad que se tomó como referencia. Esto pone en evidencia que esa posibilidad de trabajar en la escritura con algunos procedimientos de la ficción, sobre todo cuando esto ocurre con un escritor o periodista que intenta dar testimonio de la realidad, implica una enorme responsabilidad, porque es un arma muy poderosa la que ese profesional tiene en sus manos, es un instrumento que opera sobre las convicciones de la gente. La filmamos a partir del 20 de enero. Se trata de una película pequeña pero cuya historia me atrae mucho, me entusiasma.


¿Qué sería la obra?
Me parece que se la podría definir como un thriller psicológico. Hay algo que va  descubriéndose necesariamente hacia el final. Lo que ocurre es que el foco está puesto en un lugar inusual. No es un thriller que tenga muchos artificios de guión, ni muchas vueltas ni puestas de producción muy rutilantes: La idea es hacer foco en una situación cotidiana, pero que por alguna razón se vuelve extrema, y es ahí donde está puesto el suspenso y la atención. Eso me entusiasma: que haya como un juego de apariencias que se descubra hacia el final.


¿Con la productora tenés algún proyecto concreto?
Sí, siempre tenemos muy buena relación con la gente de Telefé y ahí estamos charlando sobre la idea de hacer una tira. Lo que no hemos acordado es el tiempo para llevarlo adelante. Y luego está la posibilidad de hacer un unitario. Con la productora estamos también atrás de un proyecto de coproducción que nos permitiría hacer una película que realmente queremos. Sería una película escrita y dirigida por Rodrigo Grande. Yo filmé con él aquel largometraje que se llamó Cuestión de principios, en la que estaba también Federico Luppi. Bueno, en este caso se trata de un thriller puro y duro y bastante asfixiante. Nuestro deseo es hacer una película muy atractiva para el público y para eso necesitamos una coproducción.


Supongo que la productora será puerto de arribo de infinidad de proyectos
Cuando se abre un lugar de gestión en la producción, como es una productora, aparecen todo el tiempo proyectos. Y además uno tiene posibilidades de presentar algo o de unirse con alguien para hacerlo. Nosotros trabajamos con mucha seriedad las veces que produjimos. Y tenemos deseos de crecer. Me gusta cumplir este rol de productor, aunque, naturalmente, quiero seguir actuando.


¿Qué ideas tenés en general cuando abordas alguna producción?
Si se observa lo que yo hice en materia de producción en T.V. se encuentran varias series que muestran cuál fue esa intención y cómo ella tuvo una continuidad. Sobre todo en las tiras diarias, donde siempre intenté introducir algún conflicto extraído de la cruda y cercana realidad para tratar de desdibujar un poco más la línea entre la ficción y lo real. Me gusta jugar con esto de que entre la ficción y la realidad no haya tanta diferencia. Lo que más me agrada es hacer las novelas que sostengan esa dualidad, esa forma de contar un conflicto. Porque son las novelas que, sin perjuicio de seguir dentro del género, ayudan a sentar también al hombre frente al televisor, no solo a la mujer. Series que junten a la pareja vinculando los temas del relato clásico romántico con peripecias más próximas a la realidad. Bueno, ese fue el carácter de las series que hicimos todos estos años.


¿Pero, ustedes también aceptan en la productora proyectos ajenos?
Sí claro, nosotros somos catalizadores de proyectos de otros también. Si hay una idea importante que se genera fuera de nuestra productora tratamos de darle apoyo y de desarrollarla hasta donde se puede para transformarla en un hecho concreto. En la productora estamos Martín Seefeld, yo y Roni Amendolara, pero el rubro artístico lo manejamos Martín y yo. Los dos intentamos partir siempre de cierta base de calidad. El parámetro tiene que ser algo que esté a la altura de los estándares generales. Eso es importante, porque también nos interesa el mercado internacional. Si no se tiene ese parámetro es complicado competir con otras producciones del mundo. Los números actuales en la televisión atentan un poco con la calidad del producto, si uno invierte un dinero y juega con la posibilidad de recuperarlo solo con la difusión en el territorio argentino, en muchos casos es muy arriesgado. Por eso, pensar en un producto que pueda competir en el mercado internacional permite mejorar la puntería e invertir un poco más. Y construir algo más atractivo. Y bajar el riesgo. Pero es difícil.

 
¿Y se produce mucho pensando en esa posibilidad de competencia internacional?
Se han vendido muchas cosas al exterior, pero no siempre se trabaja pensando en el exterior. Ocurre que muchas veces se produce pensando nada más que en la competencia interna de los canales y en ocasiones para competir con los canales hay que adaptar los productos a la idiosincrasia argentina. Y eso aleja a veces la posibilidad de que el producto pueda viajar luego internacionalmente. Cuando más local el producto, más se aleja esa posibilidad. Hay que buscar un equilibrio. La productora apareció en mi vida en un momento justo y canalizó un deseo que tengo de hacer ciertas cosas.


¿Y que es SAGAI para vos?
Bueno, es otro de los lugares claves hoy en mi vida. Es un espacio que está para satisfacer no solo mi deseo de compromiso, sino también de trabajar para conseguir mejores condiciones para el colectivo que represento. Y junto a eso me permite canalizar un impulso que sino lo canalizara así sería nocivo para mi persona, porque tengo siempre mucho deseos de hacer. Hay gente que es más tranquila. Yo, en cambio, soy hiperkinético, estoy pensando siempre en hacer algo.


¿No crees que la existencia de SAGAI es un reflejo del proceso de transformación que se ha dado en el país en los últimos años?
Sin duda. Pasar de no reconocer a los actores intérpretes su derecho de propiedad intelectual a hacerlo, fue un cambio sustancial, rotundo. No solo el hecho concreto de obtener el arancel que SAGAI recauda por la proyección de los trabajos en los que trabajan tantos actores, sobre todo en la televisión abierta y en algunas opciones que medimos en cables, sino también el reconocimiento del derecho, que es la recuperación de una dignidad negada históricamente. Porque, más allá de la obtención de un beneficio material, aparece también esa necesidad de reconocimiento de la sociedad. Y cuando el hombre se siente más digno su vida mejora, aunque pueda tener distintos vaivenes económicos.


¿SAGAI también ayuda a sus socios en distintas áreas, no es así?
Si, nosotros tratamos de sostener, cubrir y ayudar a los compañeros en las distintas necesidades que les van apareciendo, ofrecemos coberturas que van desde lo medicinal a lo formativo. Es un sostén de todo tipo. SAGAI se ha convertido también en un ámbito al que acuden los compañeros que hace tiempo no trabajan para ver si desde aquí pueden generan nuevas posibilidades de trabajo y reingresar al circuito. En ese sentido, la Fundación es un organismo que cumple una tarea muy virtuosa, que ofrece una gran contención. Y los proyectos son seguir creciendo y lograr más cosas.


¿Estás desde el comienzo en SAGAI? 
Sí, desde la constitución de la entidad y mi cargo es el de protesorero. Con Martín Seefeld manejamos esa parte.


¿Cuánto es el tiempo que te ocupa la entidad?
Y eso varía. Hubo momentos de actividad muy intensa, donde había que ir todos los días. Cuando los hechos se presentan con menos conflictos, podes turnarte con los compañeros ante ciertas necesidades. Hay una confianza muy profunda entre los miembros de la comisión directiva. Funcionamos con mucha identidad, no ideológica porque en muchos casos pensamos distinto, pero sí conceptual en cuanto a los objetivos de la  entidad, cómo debemos llevarla adelante y lo que nosotros debemos hacer en ella. Nosotros estamos aquí, básicamente, para defender los derechos de los actores y darles toda la contención que podamos. Y, en ese sentido, trabajamos en muy buena coordinación con la Asociación Argentina de Actores. Y creo que la mayor parte de la comunidad de actores confía en nosotros y nos apoya, más allá de que pueda aparecer cada tanto alguien que esté disconforme, como ocurre en todos lados.


¿En teatro vas a hacer algo inmediatamente?
No, en lo inmediato no, porque no tengo ningún material todavía. Pero haré pronto teatro, no tengo ninguna duda, porque me fascina. Y el haber encontrado en el teatro el verdadero oficio, el haber podido reconocer de qué se trataba esta tarea, me otorgó una tranquilidad a la que agradezco mucho, porque cambió mi relación con mi trabajo. Con el oficio en general. El haber nacido en televisión me había dado como una especie de dependencia biológica. Mi ADN hacía que mirara siempre hacia ese lugar. Y la llegada de la oportunidad que me ofreció sobre todo la obra El hijo de puta del sombrero, donde me comprometí a fondo, como se comprometen los que hacen teatro, me hizo sentir dos cosas: primero que puedo construir el personaje que quiera, porque hay materiales que son maravillosos en toda la historia de la escritura dramática donde abrevar, y luego porque puedo también vivir de eso y darle de comer a mi familia.


El contacto en vivo que da el teatro no lo otorga ningún otro medio.
Es muy intenso y funciona por los cuatro costados. Y es muy transformador para la persona, uno puede venir de una manera hasta la hora de la función y a partir de ella es atravesado energéticamente por lo que tiene que construir y eso lo cambia. Y realmente, siento que lo que hago me modifica.


Y es otro nivel de adrenalina el que se juega.
Sin duda, ese nivel de adrenalina que produce el salir, el jugar con la cornisa, con caerse inclusive, y con toda esa gente abajo que en todo caso está siempre permeable a todas esas idas y vueltas de energía que emite el cuerpo y el habla del actor. Es algo de lo que no voy a prescindir nunca más en la vida, como si fuera un elixir maravilloso.


Y, además, sano y barato.
Claro, un elixir que limpia el alma. El hecho es virtuoso por donde se lo mire y tanto para el que está abajo del escenario como para el que está arriba. Por eso me gustan las obras que  pegan en el pecho.


¿Crees que el autor es importante a esta altura?
Desde luego y lo que se decida contar. En las tres experiencias teatrales que he tenido hasta ahora en mi carrera he sido muy feliz. Empecé con el gallego Gallardou en La Banda de la Risa, una experiencia muy intensa y muy diferente a lo que pude haber elegido originalmente. Seguí con El hombre almohada de Martín McDonagh, de una irreverencia política profunda, y también así impactaba la obra en el público, y El hijo  de puta del sombrero, que era un cachetazo tras otro. El público disfruta y agradece la entrega del actor. Y si el actor tiene pericia y delicadeza para provocarle emoción o goce, se produce un hecho de comunión, que es único e inolvidable. El saber que el que viene a ver el espectáculo se va impactado me produce un gran placer.


Y no suele ser un impacto pasajero, sino que puede quedar en la memoria como un recuerdo clave, imborrable.   
Al respecto, hay algo muy lindo que nos pasó con SAGAI y es que fuimos parte de un programa del Ministerio de Desarrollo con Argentores y la Asociación Argentina de Actores, que se llama “Aplausos para la inclusión”. Consistió en un concurso para obras de 30 a 45 minutos con temas de familia, discriminación, etc., que convocado generó el envío de 190 piezas, de las cuales se eligieron tres que son maravillosas y de las cuales ya se dieron 30 funciones y que ahora se confirmó que el Ministerio va a extender las funciones al resto del país. Se armaron varios elencos para estas tres obras que circularon primero por Buenos Aires y el conurbano y ahora iniciarán una gira por varias provincias. En las experiencias que se tuvo se comprobó que la mayor parte de la gente que concurría a ver los trabajos, veían por primera vez una obra de teatro. Que por supuesto eran piezas que apuntaban a su problemática y que luego se discutían en un debate. Estas experiencias que mostraron lo transformador que puede ser una obra teatral que, sin bajarle línea a nadie, ayuda a que el espectador se entretenga y al mismo tiempo reflexione sobre su propia realidad. Imaginate la alegría nuestra por poder armar estos montajes y ahora replicarlos en todo el país para gente que nunca vio una obra. Es un trabajo hermoso porque despierta en las personas la vocación de mirar, de ser espectadores, y les permite soñar y ver en perspectiva sus vidas. Los problemas siempre se resuelven en perspectiva, difícilmente se puedan resolver cuando uno está sumergido en un mar de desesperación o cuando el agua lo tapa. Por eso, la cultura audiovisual y el teatro son algo vital y necesario para el desarrollo de la cultura humana.


Bueno, por alguna razón la aplicación de la ley de medios es tan importante.
Desde luego, más allá de las dificultades en la implementación y todo lo joven que es propicia un espacio para que esas voces se multipliquen y, más allá de que todavía debe resolverse cómo se van a financiar todos los proyectos, sin que sea el Estado la única y excluyente fuente de aportes –pero que sí participe-, permitan al ciudadano ver otras historias, diferentes a las que se pueden ver en una televisión que es solamente un negocio, más allá de que tenga o no calidad. Y en ese cambio en busca de la pluralidad el que más se enriquecerá será el público.


¿Es un momento histórico interesantísimo el que vivimos, no lo crees?
Más allá del mayor grado de adhesión que se pueda tener hoy por este proyecto que se lleva adelante en el país, no podemos negar que es la primera vez que se enfrentan cara a cara los problemas de los sectores más postergados. Nosotros, en SAGAI, somos un ejemplo muy claro. La ley de propiedad intelectual es del año 1933 y nunca estuvo reglamentada para los actores como si lo tuvo para otros artistas. Y eso te marca en el lugar donde estás, sobre todo si has sido parte de esos colectivos negados. Es la primera vez que las políticas culturales son vitales y partícipes fundamentales del desarrollo de la sociedad.


A veces pienso que este es un tiempo histórico que le exige al artista que apoya este proceso transformador del país una convicción muy especial. Porque pocas veces se han visto tantos ataques y tan agresivos contra algunas personalidades. Vos mismo has sido blanco de esos ataques. ¿Cómo reaccionás frente a esas provocaciones? 
En esos casos, te diría que hago como si tuviera un gran tapón en los oídos. O practico la gimnasia de escuchar y mirar inmediatamente quién lo dice. Ese mecanismo de escuchar, e inmediatamente pensar quién es el que lo dice, generalmente alivia de manera enorme las tensiones. Porque, cuando se escuchan esas agresiones en boca de otras personas, que piensan tan radicalmente distinto a uno, en rigor, lo que pasa es que el atacado siente una reivindicación de su lucha.


Dime quien habla mal de vos y te diré quién eres o si es bueno lo que estás haciendo, sería.
Bueno, no lo tenía formateado en mi cabeza con esa frase, pero es así. Más allá de los impactos, esas agresiones se vuelven dulces, porque me reivindican, me dan más valor ante mis hijos, porque soy el padre que quiero que mis hijos vean. Yo quiero que mis hijos sean así. Y de la única forma que se los puedo mostrar es siendo así. Como esa decisión es tan definitiva, asumo la responsabilidad del impacto y de la pelea. Y trato de no horrorizarme, porque hacerlo sería no entender y adoptar una actitud contradictoria. Porque cuando uno no quiere bajar el lomo para que lo apaleen, las consecuencias se producen. Es inevitable. Y yo no me quiero callar porque hay muchas cosas todavía para lograr. Acá, en SAGAI, cantidad. Acá y en el resto de América latina. Hay algo que hacer en el mundo que es más, inclusive que actuar. Y debo decir que actuar es hermoso. Y que amo actuar y es lo que sé, lo que naturalmente sale de adentro mío. Pero el hombre tiene muchos otros sueños y entre ellos está el de la justicia. Y ese tiene un lugar de privilegio en mi corazón y quiero ser muy fiel con él.
                                                                                                  Alberto Catena