También los malos fueron niños

Entrevistas

Atareado como siempre y con muchos proyectos entre manos, pero con su reconocible calidez de siempre, el filósofo y narrador José Pablo Feinmann recibió a Cabal Digital para explayarse sobre su último trabajo literario, Días de infancia. La charla se abrió como un calidoscopio sobre los diferentes aspectos de esa reveladora narración.

Tal vez no siempre sea fácil para los escritores recordar el momento en que alguno de sus personajes nació en su cabeza. Respecto de Joe Carter, el protagonista de sus últimas tres novelas, José Pablo Feinmann tiene total claridad sobre el instante en que apareció. “Surgió una noche de verano en que María Julia, mi esposa, estaba en Nueva York y yo solo y algo aburrido en mi departamento –cuenta-. En esa circunstancia se me ocurrió jugar un poco con la idea de inventar un detective que, además de participar en situaciones atractivas en lo literario, me sirviera para hacer también una pintura actual de los Estados Unidos, ese país que es hoy el paradigma de lo que significa una potencia imperial y colonialista. Y empleo esta última palabra porque, como en la práctica de los viejos colonialismos, Estados Unidos invade otro país y se queda allí, como ha hecho en Irak o Afganistán. He sido siempre un admirador contradictorio de esa nación. Por un lado amo gran parte de su literatura, su música, su teatro, su cine, pero, por el otro, siento un profundo rechazo por todo el mal que produce continuamente a otros pueblos. Entonces pensé en Mike Hammer, el detective de Mickey Spillane, que fue un personaje muy característico del macartismo, la época de caza de brujas que impulsó por los años cincuenta el senador McCarthy. Las novelas de Hammer, personaje que llegó varias veces al cine, son muy fascistas, muy anticomunistas, embebidas en el clima de ese tiempo. Y me pregunté que sería hoy de Mike Hammer, después del derrumbe de las Torres Gemelas, ante la paranoia que se vive por el peligro del fundamentalismo islámico. De ese modo, y teniendo en cuenta a un personaje de ese estilo, empecé a escribir en broma unos cuentos que eran bastante divertidos y que fueron la base de las novelas que luego concebí. ”

Al principio, sin embargo, Feinmann no pensaba que esos cuentos, llenos de sexo y violencia, fueran un material para editar. Pero los escribía porque lo divertían y también a sus amigos en las noches que se encontraban para tomar cerveza y leerlos. Hasta que un día envió unos cuantos a la narradora y editora de Planeta, Paula Pérez Alonso. Y su reacción fue tan favorable frente a ellos, que comenzó a acariciar la idea de publicarlos. Por entonces tenía escritas unas 54 páginas, que serían la base de su primera novela con ese personaje, llamada Carter en Vietnam y concluida en dos semanas. El autor le confiesa a Cabal Digital que los primeros cuentos no le gustaron a su esposa, quien desde Nueva York le adelantó que le resultaba muy desagradable el personaje de Joe Carter. Pero al leer completa la novela cambió de opinión. Ya había allí una elaboración más fina y una unidad estructural de la que carecían los cuentos, aunque el lenguaje y las situaciones conservaban toda la violencia y el voltaje erótico con que fueron concebidos en origen.

Carter en Vietnam describe a su personaje en Saigón a los 20 años, durante la guerra en aquel país del sudeste asiático. Ya están en su espíritu todos los componentes psicológicos e ideológicos que constituyen al asesino por contrato (contract killer) y en ocasiones detective privado que, ya con más años, el lector descubrirá en la plena actividad en Carter en Nueva York, la novela que le sigue a la anterior y que se publicó junto con ella. Acaso lo más subyugante de Carter en Vietnam es el largo pasaje de la novela en que, apelando al truco de introducir a su personaje en la trama de la película Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, lo lleva a un viaje hacia el corazón de las tinieblas. Acompañando al capitán Willlard en su búsqueda del coronel Kurtz, Carter realizará esa travesía infernal sumergiéndose con igual devoción tanto en los excesos alucinatorios del alcohol, la cocaína y el napalm como en las arrobadoras excitaciones que le proveen las “conejitas” de Playboy o el amor desenfrenado por Lucy Lamar. Con justicia Feinmann está orgulloso de esta novela y de ese final en el que Carter, después de despachar de cinco tiros a Willard y con el fondo de la derrota de Estados Unidos en Vietnam como escenografía, se retira de ese país. Solo lleva como trofeos el odio que profesa en su corazón a los comunistas y la cabeza de Lucía Lamar, que ha sido arrancada de un machetazo por el demente y ya ejecutado capitán Willard. Ningún perro jugará con ella, piensa Carter, mientras la coloca, como si fuera la deslumbrante cabeza de San Juan el Bautista, en una caja de bronce inexpugnable. La periodista Silvina Friera calificó a esa escena como una manifestación de lo “macabro sublime”.

En la siguiente novela, Carter ya está en Nueva York y, mientras mantiene fluidas relaciones con la CIA, el FBI y hasta el Pentágono –que le proporciona un arma mezcla de súper ametralladora y misil portátil al que él llama cariñosamente Bettie-, realiza toda clase de encargos, entre ellos el de Gino Mastronardi, capomafia de Nueva York que le pide espiar a su esposa, la glamorosa actriz de cine Cecilia Gershenson, porque sospecha que le es infiel. El caso tendrá una imprevista derivación hacia el tema que obsesiona a Carter desde el 11 de septiembre de 2001: la actividad de los terroristas islámicos que amenazan a su país.

La infancia de Carter    

La saga de Carter en Vietnam y Nueva York se convierte en una trilogía con Días de infancia, donde el autor reconstruye la vida de su killer en los años de su niñez y adolescencia. Feinmann confiesa que, cuando salieron esos dos trabajos, algunos críticos le señalaron que su personaje se parecía a Boogie, el aceitoso, la historieta de Roberto Fontanarrosa. “Y eso que me dijeron me picó el orgullo –admite-, aunque no creo que sea justo. Es un personaje distinto. Por otra parte, y aún aceptando la genialidad de la historieta del Negro Fontanarrosa, hay que decir que él también se inspiró en Mike Hammer y que en ese sentido no se podría decir que es original. Lo cual no le quita relevancia a su creación. Así que, frente a esta situación, me dije: voy a hacer la infancia de Carter, a escribir deliberadamente una gran novela. Y si no es una gran novela será una novela decididamente ambiciosa. Y tardé dos años en hacerla. La escribí mientras redactaba los dos tomos de Peronismo. Filosofía de una persistencia argentina y daba clases o me dedicaba a otras tareas. Pero cada vez que regresaba a las páginas de Días de infancia me sentía muy bien, muy a gusto. Y es una obra en la que cuidé mucho el estilo.”

La novela tiene 85 capítulos que están escritos en bloques sin punto y aparte y al final de los cuales hay una página en blanco que llevará al lector al próximo capítulo siempre iniciado en número impar. De todos modos, en la extensión de cada  bloque, el autor introduce intervenciones verbales entrecomilladas de los distintos personajes en las cuales sí hay punto y aparte y que permiten respirar al texto. Son quinientas páginas de este libro que, no obstante ese recurso faulkneriano o joyceano –del que el propio Joe Carter se burla en la primera novela porque dice que ningún lector compra en los aeropuertos libros escritos así-, se pueden transitar con interés y sin esfuerzo. Y eso debido a que, por aquel cuidado al que se refería Feinmann, la historia transcurre entre infinidad de peripecias que atrapan al lector y se desliza sobre un ritmo de narración que no decae nunca. Por lo demás, Feinmann es un escritor muy diestro que pone al servicio de lo que cuenta una variedad sorprendente de información que está en el conocimiento popular: escenas de películas famosas y anécdotas, reales o ficticias, de actores célebres; personajes de comics e historietas que se transforman súbitamente en vectores de los sucesos; alusiones a libros u obras musicales, a pensamientos filosóficos, etc. Las fuentes nutricias de sus composiciones literarias son tan amplias como sorprendentes y juegan a favor de la lectura porque actúan como estímulos y fuentes de identificación con el mundo del lector.

En Días de infancia se podrían citar muchos de esos momentos: la aparición en la casa de Theo Carter, padre de Joe, de Mandrake, el Mago, la bellísima Narda y el gigante Lothar en su frustrado intento de salvar a Jennifer;  o la de Dick Tracy en la gasolinera preguntando por su amigo San Wade; las continuas referencias de algunos personajes, el de Rhonda la Roja por ejemplo, a sus supuestos vínculos con actrices como Rhonda Flemming, Arlene Dahl y Virginia Mayo o los sueños de Joe con Jayne Mansfield; la introducción del cuento gótico de Jennifer sobre la nada, que transcurre misteriosamente en la habitación número 10 de un castillo de Inglaterra o sus charlas sobre arte, donde le señala a Joe la belleza de la música de Brahms, Beethoven o Gershwin o de las pinturas de Goya, Turner o Veermer. Todas esas secuencias son muy expresivas de la técnica de Feinmann y provocan en nuestra mente evocaciones visuales o auditivas muy potentes, como si por ella circularan un río de imágenes proyectadas sobre una pantalla cinematográfica.

Jennifer, la madrastra de Joe, se torna a partir del capítulo 42 en un personaje clave de la novela, tan importante o más que el de Joe. Hasta ese momento es un ser oculto, que está encerrada en una pieza afectada por el alcohol y una dura depresión emocional. Pero a partir de allí cambia totalmente. Después se sabrá que fue una mujer muy lectora, procedente de una familia culta y que, en algún momento, se vio forzada a prostituirse y que poco a poco fue vencida por un mal mental. Pero desde ese capítulo y casi hasta el final cuando se hace matar por Joe para no sufrir más, su figura asciende en la narración como un huracán luminoso y vital, que cambia muchas cosas. “Ese ser estaba en la novela -comenta Feinmann-, pero en determinado momento ocurrió algo extraordinario. Empecé a descubrir a esa mujer y me enamoré de ella. Y ya no pude dejar de concentrarme en ese personaje, que se come prácticamente el resto de la obra. Y si bien Carter no pierde relevancia, la sigue teniendo sobre todo a través de Jennifer, que es un personaje por completo positivo, de una sensualidad arrolladora, pero aquejada, pobrecita, por una enfermedad mental.”

Feinmann cuenta que un joven le dijo una vez que Carter en Vietnam era un panfleto antiimperialista. Y a él le pareció un elogio contundente. Días de infancia no surca el mismo andarivel político, pero no deja de ser una cruda pintura de lo que es Estados Unidos o de lo que ya era antes de la guerra de Vietnam. Joe es un niño sufrido y golpeado, pero su perfil en el futuro, su crueldad de los días por venir,  los anticipa el padre, Theo, un monstruo deleznable que asesina también sin piedad y maltrata a sus seres queridos. Theo es ya la matriz de Joe, si no hubiera además otros personajes siniestros para pintar ese país como son Peter MacMahon, Freddy Carbajal o Brenda Miller. 

El trabajo con el idioma

Un aspecto particularmente logrado de Días de infancia, que en primer momento se iba a llamar Ha llegado Jayne Mansfield, es el trabajo con el idioma. Feinmann dice al respecto: “El lenguaje es, en parte, el de las traducciones del Séptimo Círculo de los años cincuenta, que dirigían Borges y Bioy,  pero a la vez todas las malas palabras están en argentino. También me preocupé de darle al habla un clima de inglés, porque se supone que narra la vida en los Estados Unidos. Horacio González me decía: ‘Bueno, inventaste un idioma’. Y lo que tiene la novela además es que no se detiene nunca, siempre pasan cosas constantemente, algunas realmente terribles, como la escena en que lo matan a Theo, el padre de Joe.”  Horacio González, precisamente, ha dicho sobre esta obra: “Días de infancia nos presenta el mito de una cultura norteamericana tratada con finísima ironía, con sus leyendas doradas y sus formas de lenguaje que suenan en el eco de remotas traducciones al castellano.” Y enseguida: “En esta historia donde hay gasolineras y asesinos a sueldo, la lengua se convierte en el prodigio de volver a escuchar, como si fuera la vez primera, las inflexiones de un idioma que yace en nuestros desaparecidos cines de barrio y en las grandes tramas narrativas que esta novela reactiva en nuestra memoria."

La primera edición de Días de infancia publicó cuatro mil ejemplares. “Una buena tirada -reflexiona Feinmann-, pero no sé, la ficción parece estar condenada al fracaso en la Argentina. Es triste que la novela en general se lea poco y que alguna gente prefiera los libros de periodistas armados con chismes en torno a una figura pública.” Entre los trabajos que tiene en preparación, el autor cuenta que está escribiendo un ensayo denominado La condición humana en llamas. “Es sobre filosofía y derechos humanos -detalla-. En realidad, este ensayo tiene un argumento. Es extraño, porque raramente los ensayos lo tienen. Pero el argumento es sobre los mandatos. Empieza con el mandato del Antiguo Testamento, con el del Sermón de la Montaña de Jesús, la Declaración de los Derechos del Ciudadano de la Revolución Francesa, y culmina con la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Unesco. Esta última de 1948 y donde el hombre asume la decisión de dictar él mismo los mandatos. Ya no son más mandatos bíblicos o situados como era el de la Revolución Francesa, que no era universal. El de las Naciones Unidas es sí universal y es a causa de los desastres causados por la guerra. Se dictan 30 puntos de esa declaración y se cree que va a cambiar algo y todo sigue igual o peor, por eso llamo al libro La condición humana en llamas, porque trata de esta  actualidad que vivimos, que es terrible.”

Poco antes de morir, el personaje de Jennifer dice que el desierto entrará en Nueva York. “Algunos dirán que es un disparate –advierte Feinmann-. Pero es una metáfora basada en una frase de Nietzche: el desierto crece, la nada crece, el sinsentido crece.” Los hombres claman por la paz, pero las guerras siguen, como dice nuestro entrevistado. En medio de ese avance del sinsentido, hay voces sin embargo que no callan. La de Feinmann es una de ellas.

                                                                                                   Alberto Catena