Abandonemos toda esperanza

Noviembre 2017

Entretenimientos

Abandonemos toda esperanza. De Alfredo Martin, basada sobre el texto En familia, de Florencio Sánchez. Dirección y puesta en escena: Alfredo Martin. Asistente de dirección: Claudia Canteros. Asesoramiento artístico: Marcelo Bucossi. Escenografía e iluminación: Héctor Calmet. Vestuario: Jéssica Menéndez. Intérpretes: Nicolás Barsoff, Julián Belleggia, Marcelo Bucossi, Cinthia Demarco, María Fernanda Iglesias, Mariano Falcon, Julia Funari, Luciana Procaccini, Gustavo Reverdito y Lorena Szekely. Teatro Andamio 90. Duración: 80 minutos. Domingos: 20 horas.

     Director, actor y dramaturgo habituado a llevar a escena importantes textos de la literatura, pero también de clásicos teatrales de todos los tiempos, Alfredo Martín encaró en 2016 y 2017 dos desafíos nada simple de ser cumplidos con idéntica calidad y sentido de la responsabilidad frente a la obra: montar una obra de Shakespeare y otra de Florencio Sánchez, autores alejados entre sí por varios siglos de distancia pero igualmente desvelados por los temas profundos de la condición humana. Del bardo inglés representó nada menos que La tempestad, última de sus obras escritas solo por él –después hubo unos pocos títulos más escritos en colaboración-, y una de las más difíciles para poner sobre un escenario. Toda la crítica coincidió en que fue un gran trabajo. Se estrenó en 2016 y duró hasta julio de este año, haciendo acreedor a ese espectáculo a varios premios.

        La obra de Florencio Sánchez, que fue presentada cerca de fines de 2017 y se seguirá dando en el año 2018, fue presentada con un nuevo título Abandonemos toda esperanza, que evoca claramente a la frase que Dante visualiza, junto a Virgilio, en la puerta de entrada del infierno, en el canto tercero. Del mismo Florencio Sánchez, Martin había hecho ya una versión de su pieza teatral Los derechos de la salud, en 2016, también el Andamio 90. O sea que conoce la obra de este autor a fondo y tiene un punto de vista claro sobre las necesidades de actualizar aspectos de un texto que tiene más de un siglo de existencia. En ese aspecto, su intervención sobre el libro original logra algunos resultados muy refrescantes. Para eso, lo primero que hizo fue ubicar la historia en 1930, no en 1905 que fue cuando Sánchez la escribió, a fin de potenciar el destino de decadencia de esa familia, que es el mismo que empieza a sufrir la sociedad argentina a partir del golpe de Estado de José Félix Uriburu en 1930.

     Una segunda vuelta de tuerca es extremar los registros de género y lenguaje, convirtiendo el drama en una suerte de comedia dramática. Allí el propósito fue el de provocar un cierto humor negro, que le permita al público reírse pero, mientras lo hace, captar al mismo tiempo y por efecto de la parodia, qué funestos son las conductas de los personajes, todos atados  un comportamiento de doble moral, de mentira permanente y de franco y abierto cinismo en su relación con los demás, un rasgo que le da a la obra una atmósfera muy contemporánea. De hecho esa familia no se fue nunca de la Argentina, pero es como si en estos días hubiera acaparado el discurso hegemónico, dominante, principalmente el político. Este recurso de alumbramiento de los hechos se perfecciona con acotaciones verbales que algunos actores hacen al público revelando el verdadero sentido de lo que hacen, sin ocultamientos, un procedimiento muy del teatro actual, pero no por eso menos efectivo.

      En ese proceso de afinamiento de algunos objetivos dramáticos dentro del texto, Martin introdujo también un par de nuevos personajes, ausentes en el libro original. Uno es el de la sirvienta, que estaba esbozado en el discurso de Mercedes, la madre, pero no aparecía en escena. A esa pobre mujer, los personajes de la familia no solo la utilizan en cualquier tarea sino que le quitan además sus ahorros. A hasta ese punto llega su miserabilidad. Ese personaje se expone como una suerte de testigo de lo que allí ocurre y, en paralelo, como la encarnación simbólica de todos los seres esquilmados. No hay que ser muy sutil para ver como en miniatura esa es la conducta de los sectores dominantes en la sociedad con las capas más sumergidas. El otro personaje es un cafishio, que es una suerte de secretario de un diputado y a través del cual se incorpora el afuera a la historia. Su relación se concreta con una de las hijas, que decide, como manera de salvarse del descalabro, volcarse a la prostitución eligiendo clientes entre los candidatos pudientes de las clases altas o políticas. Nada nuevo, ¿no?

       Lo que hay que remarcar, luego de todas estas especificaciones, es que tanta estrategia para recrear un texto llega a muy buen puerto, porque Martin alcanza las metas que se propone con una pulcritud e inteligencia realmente destacable. Ideas tiene casi todo el mundo en teatro, el problema es concretarlas con la mayor efectividad. Y eso logra el director. La escenografía y vestuario son excelentes. Y lo mismo las actuaciones, que están trabajadas, cada una en su tipo, con mucha sutileza. Es verdad que un actor como Marcelo Bucossi, en el papel del padre, sobresale de inmediato por su solvencia y precisión, pero lo interesante de esta puesta es que la actuación de todo el elenco está a tono con un nivel general muy estimable. De lo contrario, la representación se vendría de a ratos a pique y esto no ocurre nunca.

                                                                               A.C.

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