Crítica de cine: Agosto



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Agosto. (August: Osage Country). Estados Unidos, 2013. Director: John Wells. Guión: Tracy Letts, sobre su obra teatral homónima. Música: Gustavo Santaolalla. Fotografía: Adriano Goldman. Montaje: Stephen Mirrione. Elenco: Meryl Streep, Julia Roberts, Chris Cooper, Margo Martindale, Sam Shepard, Dermot Mulroney, Julianne Nicholson, Juliette Lewis, Abigail Breslin y Benedict Cumberbatch. Duración: 121 minutos.

Es posible que el título de esta película les resulte familiar a quienes van al teatro o, de alguna manera, están al tanto de lo que sucede en la escena argentina. Es el mismo de la obra que en el año 2009 se representó con éxito en Buenos Aires bajo la dirección de Claudio Tolcachir y con Norma Aleandro y Mercedes Morán en los papeles principales.  
El autor del texto es Tracy Letts, quien ganó muchísimos premios por su libro, y que ahora trabajó también en el guión de cine. La historia que cuenta transcurre en el Medio Oeste norteamericano y por la densidad de las relaciones familiares que describe algo de su escritura hace acordar los climas dramáticos de creadores como Eugene O’Neill o Tennessee Williams, aunque sin alcanzar nunca su nivel de profundidad y espesura teatral.

    Esta obra en particular narra el encuentro de una madre, Violet Weston (Meryl Streep) con sus tres hijas, en una oscura casa del condado de Osage, reunión de la que surgirán las ásperas revelaciones, que son la verdadera sustancia de la obra, de lo que ella quiere transmitir. Dos de esas hijas han sido convocadas de urgencia debido a la desaparición del padre: Barbara, la mayor (Julia Roberts), que llegará con su esposa e hija; y Karen, la del medio (Juliette Lewis), que lo hará con su actual novio, Steve (Delmot Mulroney). La menor, Ivy (Julianne Nicholson), está ya ahí porque vive con sus padres y comparte con sus hermanas la desorientación por lo que parece una huida del progenitor. A la cita concurrirán también la tía Mattie Fae (Margo Martindale), hermana de Violet, su esposo Charlie (Chris Cooper) y su hijo Little Charlie (Benedict Cumberbatch). 

     La película comienza con una escena relativa al matrimonio que ya alarma: el marido de Violet, una mujer manipuladora y destructiva, contrata a una nueva mujer para que se encargue de cuidar a su esposa que, entre un cáncer de lengua y una adicción a toda clase de pastillas, vive como en un estado de sopor constante. Él, que es un poeta alcohólico y lleno de melancolía por la decadencia y soledad de esa casa, parecería estar preparando algo. Y, efectivamente, desaparecerá, sin que se sepa si se ha fugado o se ha matado. En las escenas posteriores, y mientras se suceden las reuniones entre familiares para ver qué le ha pasado al padre, empiezan a aparecer viejos resentimientos entre los familiares, en especial entre la madre y la hija mayor, que pone los términos de la relación en un nivel de máxima tensión, luego llevada a la exasperación debido a que se pone en conocimiento de todos secretos muy duros y largamente escondidos en la familia sobre infidelidades, incestos y suicidios, que transparentan la verdad de una relación entre los cónyuges que fue tormentosa y a la vez consentida, como si ambos navegaran en un peligro que los asustaba y a la vez atraía.

       Se ha dicho de Agosto que es teatro filmado. Y es posible que sea cierto, dejando en claro que, de todas maneras, hay recursos cinematográficos (como el montaje, el encuadre o la sucesión de planos) con los que el teatro nunca cuenta y que para el cine son esenciales. Pero, es verdad, que cierta estructura de la obra, que transcurre en varios pasajes en el ámbito cerrado de la casa y con largos diálogos entre los personajes, transmite esa sensación de estar viendo una obra teatral. No está nada mal. El cine norteamericano tiene una larga y fructífera tradición en la materia, en especial con el teatro realista que va de O’Neill, Williams o Arthur Miller a Edward Albee. Y por suerte ese teatro fue llevado al cine. De todos modos, habrá que decir que en el caso de Agosto no toda la película se da entre cuatro paredes. Una parte importante de la película está filmada en exteriores y sus imágenes proyectan, de una manera tan oprimente como las escenas que se dan en el interior de la casa, el aplastante agobio que produce la vida de ese condado. Un lugar castigado por un calor tan intenso y un paisaje de planicie tan solitario y hosco, que es difícil saber cómo un ser humano puede sobrevivir allí. Esa sensación de agobio, de asfixia, no era fácilmente perceptible en la obra de teatro, al menos en la versión escenográfica que se vio en Buenos Aires.

    Un dato más: la película ofrece una oportunidad única, que el teatro la da también pero en otra dimensión: la de los primeros planos, que permiten juzgar algunos trabajos actorales hasta en el más mínimo de los detalles y que, cuando se trata de un elenco como el que se armó para este filme, se convierte en un verdadero festival. Es imposible no citar a Meryl Streep, una actriz que raramente falla en sus composiciones, pero a su lado no empalidecen para nada Julia Roberts, en una de las interpretaciones más sólidas que se la ha visto en la pantalla. Y al lado de ellas un verdadero ejército formado por otros actores y actrices muy talentosos funciona a gran nivel. En rigor, la película está filmada con mucho rigor técnico, pero habrá que decir que su director, John Wells, un guionista y productor estrella en la televisión norteamericana (ha hecho desde ER Emergencia hasta la actual Shameless y un largometraje no estrenado aquí The Company Men), tenía con semejante cast una proporción fundamental del éxito asegurado.  

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