Crítica de cine: El Francotirador

Febrero 2015



Entretenimientos

El Francotirador. (American sniper, Estados Unidos, 2014). Dirección: Clint Eastwood. Guion: Jason Hall. Fotografía: Tom Stern. Montaje: Joel Cox y Gary Rosch. Intérpretes: Bradley Cooper, Sienna Miller, Max Charles, Luke Grimes, Kyle Gallner, San Jaeger, Kack McDorman y otros. Duración: 132 minutos.

   A los 84 años, Clint Eastwood es, en materia de energía creativa, un ejemplo difícilmente comparable con otro en la meca del cine norteamericano. Lleva ya bastante más de treinta películas filmadas y quien, en sus comienzos, no parecía más que un actor monocorde y apto para los roles de cowboy o inspector recio, como los que encarnó en la Trilogía del dólar (allí su personaje se llamaba “El Hombre sin nombre”, de Sergio Leone, o en Harry el sucio (en esta encarnaba a Harry Callahan), a partir de 1971 comenzó a construir, luego de rodar su primer película, Escalofrío de la noche, una sólida y continuada filmografía que lo convertiría en uno de los directores más apreciados y premiados en su país. Y todo ello sin dejar nunca de actuar, tanto en películas de otros directores como en las propias. En los últimos años, entre algunos títulos valiosos de su propia cosecha, Eastwood extendió el arco de interés de su cámara hacia los temas vinculados a la guerra: La conquista del honor, Cartas desde Iwo Jima, referidas a la segunda contienda mundial.  Lo cual no es sorprendente porque, dentro de esa línea, ha podido encontrar material abundante para la acción y el culto al coraje, que son dos asuntos que han presidido gran parte de su producción.

     Hacer una película de guerra no es, sin embargo, lo mismo que un western o un policial. Y mucho más si ese foco bélico no es lejano, sino actual y toca intereses visibles de ciertos sectores políticos. Porque además de la acción, se ponen en juego de manera mucho más nítido los problemas morales que se juegan en estas operaciones, que afectan de manera más contundente a la sociedad en su conjunto. Eastwood es en su país, como ciudadano y político, un conservador moderado, que no ha tenido empacho en apoyar el matrimonio homosexual o en criticar las guerras de Irak o Afganistán, lo que no significa que ese punto de vista pueda ser trasladado mecánicamente a su trabajo, donde evidentemente pesan también otros factores. Y también porque en el arte, mucho más que en las declaraciones públicas, es donde ciertas convicciones profundas se expresan de una manera más espontánea, menos controlada. Francotirador, basada en las memorias biográficas de un famoso miembro de la Navy Scals, el marine Christopher Scott Kyle, es, precisamente, un film que desnuda esas interioridades más hondas del espíritu de Eastwood.

      Los norteamericanos nos han llenado a través de su historia, y siguen haciéndolo hoy mismo, de películas donde demuestran el patriotismo “extraordinario” de sus fuerzas armadas, convocadas, vaya uno a saber por qué designio divino, a salvar el mundo. También hay cineastas de ese origen, es justo decirlo, que hacen películas, como Brian de Palma o Oliver Stone, claramente contra la guerra. Pero, entre los que han optado por el cine reivindicador del papel rector de Estados Unidos en el planeta y glorificador, por lo tanto, de las guerras que desata, hay directores con más o menos nivel artístico, más o menos inteligentes. Eastwood, a diferencia de algunos otros (Ridley Scott o Katrhyn Bigelow), es de los cineastas que actúan con más inteligencia. Pertenece a ese grupo de cineastas que, frente al desafío de hacer este film de esta naturaleza, sabe que se encuentra ante un hueso duro de roer. Y como su estilo no es el de los que se pueden embarcar fácilmente en una película mediocre y patriotera, siempre hay que esperar de él algo más elaborado, aunque no por eso impecable ni lo que el espectador, o cierto tipo de espectador, preferiría. Con Francotirador ocurre eso. Eastwood optó por lo que podríamos denominar una línea de asepsia en la que se notara lo menos posible sus juicios sobre el tema, su mirada como director que, en última instancia, y aunque se lo quiera evitar, por algún lado salta, se transparenta.

     Su primer paso para eso fue ceñirse en la narración al punto de vista absoluto del protagonista, quien piensa en todo momento que él hace lo que hace (mata niños, mujeres, ancianos y cumple todas las órdenes de sus jefes, hasta las más crueles) porque debe hacerlo. Jamás duda en que podría no gatillar su arma mortal, porque aunque le duela matar a un niño sabe que una misión superior (la de salvar a su país y a sus seres queridos de los satánicos ejecutores del Mal) lo justifica. En este aspecto, la selección de las escenas es siempre llevada hasta las situaciones más extremas, aquellas que no dejan lugar para vacilar. El niño que Kyle asesina en el comienzo de la historia está con un proyectil en la mano, que le dio la madre y que lo arrojará sobre decenas de soldados yanquis. ¿Cómo vacilar, entonces? El niño al que el protagonista le pone un arma en la cabeza en un exceso de celo, después un árabe le taladra el cuerpo con un aparato. ¿Qué es peor?, pensará uno.

     Esta selección mañosa de escenas así, y la elusión clara de nombres de lugares u otras circunstancias de la guerra, suponen una decisión deliberada. En la etapa que supuestamente describe la película de la guerra con Irak se cometían, de parte de las llamadas Task Forces 373  norteamericanas, cientos de asesinatos injustificados, que quedaron registrados en los informes del Pentágono, que luego daría a conocer al mundo Julián Assange a través de Wikileaks. No hay ni siquiera una o dos de estas circunstancias que se aludan. El recorte de la realidad, la concentración de la mirada en un solo punto, eludiendo todos los demás, es siempre una elección ideológica. Algunos dirán que el director y su guionista parten del libro de Kyle y de los trastornos que después dijo tener al volver de la guerra a su vida de hogar, trastornos que nunca llegaron a rozar el arrepentimiento por la cifra considerada récord de muertos (160 personas) que provocó con su fusil. Es verdad, pero no hay verdadera película que se haga sin la mirada del director.

     Y, como han dicho algunas críticas certeramente, si los sentimientos de Eastwood sobre el protagonista son confusos o algo velados, su veneración hacia el soldado es muy clara, porque es evidente que el director ama a este tipo de personajes. Y en el fondo honra su convicción de entregarse a su patria, aunque no llegue a compartirla totalmente. Hay en esa conducta, tal vez el indicio más fuerte de lo que es finalmente la identidad más profunda de un sector vastísimo de la población norteamericana, que cree realmente en el papel redentor de su país y en la necesidad de que se cumpla en la tierra cueste lo que cueste. En ese sentido, y lo haya querido o no Eastwood señalar, hay un detalle que es escalofriante en la película, por lo menos para quien pueda hacer una buena lectura de ella y no crea que se trata solamente de una de cowboys.

      Es la exposición de cómo se moldea ese espíritu medio norteamericano desde la propia cuna, esa convicción de cumplir la misión de “perros pastores” que cuidan a las ovejas de las manadas de lobos, como le indica el padre al pequeño Kyle un día que su hermano es golpeado por otro compañero. Ya crecido, el futuro francotirador –al que el padre lo entrena de chico como tirador disparando sobre alces de la zona- cumple su mandato yendo a la guerra de Irak a matar lobos. Nada de lo que surja en la realidad –por ejemplo, la información de que esa guerra fue inventada y es un verdadero torneo de atrocidades por parte del invasor- logra cambiar, con frecuencia, la certidumbre que tienen muchos habitantes de que lo que se hace es justo. Esa es una de las tragedias evidentes que sobrevuela como un fantasma a esta película y que un buen espectador puede captar: el diseño desde los primeros años de un ciudadano alienado, sin otra reflexión que la que le proporciona la propaganda oficial. Y sin la mínima noción de la existencia al lado suyo del otro, del que puede tener una visión diferente.

        El otro detalle es que la película está magníficamente filmada y el espectador tiene la sensación de estar, sobre todo en la faz de operaciones de guerra, en el suelo arenoso mismo de la lucha. También son buenas las actuaciones, en especial la de Bradley Cooper y Sienna Miller. Que tenga varias nominaciones al Oscar era previsible por el tipo de película que es, pero no es un dato relevante a la hora de juzgar al producto.

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