Crítica de cine: Resurrección

Enero 2016



Entretenimientos

Resurrección. Argentina, 2015. Dirección y guion: Gonzalo Calzada. Títulos: Enrique Breccia. Elenco: Martín Slipak, Patricio Contreras, Ana Fontan, Vando Villamil, Adrián Navarro, Diego Alonso, Lolet Ahumada y otros. Duración: 102 minutos.

 Desde hace algunos años, el llamado cine de género (que así se llaman a las películas que combinan el terror, lo fantástico y lo policial, con distintas  proporciones y preeminencias de unas sobre otras) ha experimentado un notable resurgimiento en la Argentina. Suele coincidirse en que, después de casi veinte años sin transitar por esta línea –con excepción, claro, del policial-, el nuevo punto de partida de ese reflorecimiento fue 2007 con el film Visitante de invierno. Desde entonces hasta ahora se han filmado solo de terror más de quince películas, pero no se había abordado un subgénero muy apreciado y que en el país tuvo entre uno de sus más importantes representantes a Narciso Ibañez Menta: el horror gótico. Resurrección retoma ese camino y lo hace con muchísimo esmero. Hace pocas semanas, se había estrenado con buena repercusión Kriptonita, de Nicanor Loreti, una suerte de policial fantástico que tiene como eje central la historia de algunos superhéroes de los suburbios bonaerenses, y ahora es el turno del trabajo de Gonzalo Calzada, un director que ya había dado pruebas de su capacidad en otros dos largometrajes: La plegaria del vidente (2012), basada en el hecho real del “loco de la ruta” –un personaje que asesinaba prostitutas en Mar del Plata-, y Luisa (2008). Y antes de eso en varios cortos: El milagro de la sangre, Valdemar, La puerta y Mandinga.

      La historia de Resurrección transcurre en Buenos Aires en 1871 durante la peste de fiebre amarilla. Un joven religioso, en realidad un diácono que está a punto de ser consagrado como sacerdote, es convocado por sus convicciones a abandonar su convento donde vive en Córdoba para ir a ayudar a las víctimas del mal, pero en su camino hacia ese destino pasa por una mansión (la típica mansión del gótico) donde vive su hermano con su mujer e hija y gente de servicio. Y allí descubre que su pariente, atacado por la peste, está agonizando, mientras su hija y su esposa se refugian en una capilla vecina. También está Quispe, un viejo criado que se encarga de cuidar al hombre y sus familiares. Todos los demás han huido de allí, luego de saquear las riquezas del lugar. Antes de morir, el hermano confiesa a Aparicio –así se llama el joven diácono- que ha cometido un terrible sacrilegio y le da un cuaderno donde se revela lo que hizo. Pero, alguien se lo sustrae, entonces en tanto la fiebre amarilla lo ataca también a él, el religioso comienza una investigación sobre lo que pasó realmente, pesquisa que se vuelve cada vez más dramática porque acosado por el mal sufre pesadillas y sufrimientos físicos insoportables.

      En todo el relato, basada en una novela propia, Calzada mezcla este elemento policial con alusiones a leyendas autóctonas de los payés (campesinos) y los curadores del litoral y una alegoría al mito de San la Muerte. Es evidente, como lo ha confesado el director en una entrevista, que su propósito no ha sido filmar un drama realista, sino estructurar una fuerte fantasía visual en cuya magia el espectador pudiera leer la dura angustia e impotencia que cualquier ser humano siente frente a la muerte y cualquier hecho que pueda escaparse de su previsión y control, como es la aparición de una peste terrorífica o una catástrofe social. Mucho más si ese ser humano es un religioso cuyas convicciones sufren una crisis de fe y las inevitables grietas que a su fortaleza le provoca el dolor. En ese sentido, la intención del realizador está cumplido, porque en el cargado tono simbólico y expresionista que asume la película eso queda claro, aunque a veces a través de una narración que parecería tarda demasiado en descubrir sus cartas o se excede en caminos secundarios no siempre felices.

    Por lo demás, toda la faz técnica del film es impecable. Hay una muy pulcra dirección de arte, una excelente iluminación y maquillaje y una música realmente en sintonía con lo que necesita el clima del relato. La reproducción de época es también muy cuidada. El rubro actoral es otro aspecto al cual el director ha prestado especial precaución, eligiendor intérpretes de mucho calibre. Martín Slipak, seguramente en uno de los papeles más difíciles que le han tocado en su carrera, resuelve todos los desafíos de su criatura con mucha idoneidad y entrega. También son de marcada calidad los trabajos de Patricio Contreras como Quispe y Vando Villamil como el curandero. Sin olvidar Ana Fontan y Adrián Navarro, que en roles más pequeños logran impactar con las situaciones en las que intervienen.
 

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