Crítica de cine: Showroom

Mayo 2015



Entretenimientos

Showroom. Argentina, 2015. Dirección: Fernando Molnar. Guion: Fernando Molnar, Sergio Bizzio y Lucía Puenzo. Fotografía: Daniel Ortega. Intérpretes: Diego Peretti, Andrea Garrote, Roberto Catarineu, Pablo Seijo, Mónica Gonzaga y otros. Duración: 78 minutos.

Un hecho interesante y llamativo, tal vez producto de lo mucho que se acercan los géneros y las distintas artísticas dentro de la misma actividad o fuera de ella, es que una buena cantidad de documentalistas, sin dejar de serlo, están intentando aproximarse a la ficción, conscientes de que a pesar de las diferencias específicas que hay entre esas dos  formas de filmar, a menudo pueden también nutrirse entre ellas, enriquecerse sin perder todo aquello que las caracteriza. Un caso reciente es el de Sebastián Schindel, director de El patrón, radiografía de un crimen, película ya comentada aquí y que viene teniendo amplia repercusión de público en Buenos Aires y no pocas distinciones en festivales internacionales.

        Dentro de ese mismo fenómeno podría ubicarse a Fernando Molnar, director de Showroom, que acaba de estrenarse en estos días. La asociación del nombre de Molnar con el de Schindel no es inocente: ambos trabajaron tiempo atrás en la codirección de los films Mundo Alas y Rerum Novarum, y ahora, cada uno por su lado, y con eficacia en ambos casos, aunque tal vez más en el ejemplo de Schindel, han ingresado por primera vez al relato cinematográfico ficcional. Este largometraje, que apenas dura una hora y cuarto, cuenta la historia de un individuo casado y con una hija, sin más horizonte en la vida que sobrevivir con un trabajo (es empleado de una empresa organizadora de eventos sociales) que no le exige mucho esfuerzo ni del cuerpo ni de la imaginación. Un día, sin embargo, queda cesante porque su patrón lo nota falta de energía y, por lo tanto, poco apto para su labor.

       Intenta reinsertarse laboralmente sin éxito hasta que un tío de él bastante pícaro, viéndolo con problemas (lo han echado del departamento por no pagar alquileres y tiene muchos otros acreedores), le propone ir a vivir a una casa deshabitada que en el Tigre y ocuparse de vender departamentos en la firma de construcción de la que es dueño. Allí, en el showroom (sala de exposición y venta) de una torre de departamentos en construcción en Palermo, Diego –así se llama el individuo- comienza a acariciar el sueño, tal como lo venden quienes publicitan las ventajas paradisíacas de esas unidades, de alcanzar un nuevo status que le modifique la existencia insignificante que ha tenido hasta entonces. Y lo va consiguiendo, pero choca con un inconveniente: la mujer y su hija se han acostumbrado al nuevo hábitat al que los llevó en el Delta y se opondrán a un cambio.

       Lo que plantea de más interesante el guion de esta película, que Molnar escribió junto a la directora Lucía Puenzo y el escritor Sergio Bizzio, es la transición de ese hombre, en apariencia abúlico, en un ser que, ganado por la ambición y el convencimiento de que debe ser alguien, va transformando su subjetividad en un campo cada vez más oscuro de agresividad y desprecio hacia los que están, supuestamente, por debajo de él. Asume la creencia, como consecuencia del impulso económico que le provee su nuevo trabajo, de que es alguien superior y distinto a la gente que se gana la vida con el sudor de su frente, tara bastante frecuente en ciertos sectores de la clase media. En ese aspecto, Diego Peretti convence actuando en ese rol y logra los matices necesarios para expresar las diversas gradaciones y matices de ese pasaje del  patetismo casi cómico del principio a esa otra zona más sombría del personaje. La cámara sigue muy de cerca al protagonista durante toda la película, reflejando con lujo de detalles sus gestos y sobre todo su relación con un ambiente que lo oprime cada vez más y lo lleva proponerse un cambio, traiga la consecuencia que traiga en su subjetividad. Hay en este detallismo de la cámara cierto resabio de las técnicas documentalistas que, obviamente, favorecen la profundidad de lo que se describe. Un buen trabajo actoral es también el de Roberto Catarineu como el tío empresario y el de Andrea Garrote como la mujer de Diego. El guion, por otra parte, plantea situaciones de clara tensión, pero sin llegar nunca a la violencia demencial que otras películas, con conflicto similar, muestran. Tal vez haya una resolución del film que, por su preocupación por la síntesis, deja el tema algo irresuelto, en ofrenda al espectador para que haga con los elementos que vio sus propias deducciones y la indispensable catarsis.

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