Crítica de cine: Si Dios quiere

Febrero 2016



Entretenimientos

Si Dios quiere. (Se Diovuole, Italia 2015). Director: Edoardo María Falcone. Guion: Marco Mariani y Edoardo María Falcone. Fotografía: Tommaso Borgstrom. Música: Carlo Virzi. Intérpretes: Marco Giulliani, Alessandro Gassman, Laura Morante, Ilaria Spada, Edoardo Pesce. Duración: 87 minutos.

Es verdad que el cine italiano no es lo que era. Con la reciente muerte de Ettore Scola, ya de avanzada edad, se fue sin duda uno de los últimos representantes de una generación que continuó a los grandes creadores del neorrealismo y generó un cine durante varias décadas que la cinematografía mundial y el público del mundo difícilmente olvide. Queda Nanni Moretti, de una generación más joven que Scola, y algún que otro director que cada tanto aparece y que logra hacer recordar levemente los resplandores de aquel maravilloso cine sin llegar jamás a igualarlo en profundidad humana y calidad fílmica. Si Dios quiere es una comedia con muy buenas intenciones y algunos logros en su historia como para hacer pasar un buen momento a quienes se dispongan a verla, por lo menos mucho mejor que algunos bodrios que, de tanto en tanto, aparecen procedentes de ese país.

       El film plantea el tema de la convivencia en el mundo actual de las creencias religiosas y aquellas que reniegan de ella, en un contexto como el actual en el que las diferencias se enfrentan en un clima menos apasionado, más tolerante que el que mostraba la Italia de los años donde se vio aquella famosa saga en tono de comedia de Don Camilo, un cura creado en la literatura por Giovanni Guareschi y representado en cine por el actor Fernandel, que disputaba con frecuencia con el alcalde del pueblo donde tenía su parroquia, el comunista Don Peppone. La democracia cristiana supo en aquel momento usar mucho esas películas en su propaganda contra el comunismo, que tenía por entonces mucho apoyo popular. Y eso porque Guareschi mostraba casi siempre triunfante en los diferendos al cura.

     En la segunda década del siglo XXl las cosas han cambiado mucho y las maneras en que estas visiones contrapuestas se tratan –al menos en ciertos sectores de clase media italiana como la que refleja la película- adoptan un tono políticamente más correcto, civilizado si se quiere, aunque habría que ver, si se quisiera ahondar más, cosa que esta historia no hace, qué cuota de hipocresía hay en esas actitudes. En todo caso, muchos países europeos, e Italia no es una excepción, han mostrado fuerte xenofobia con los grupos de inmigración. Pero aquí los dos personajes que protagonizan la querella filosófica son gente de lo más medida y proceden de sectores que no provocan ese tipo de desconfianza y rechazo: un cirujano de mucho prestigio y agnóstico (Marco Giulliani) de un lado y del otro un cura (Alessandro Gassman), que ha sido en otro tiempo ladrón, y que en la actualidad ha encontrado su vocación en el sacerdocio y predica con ostensible entrega y sinceridad su credo entre los grupos juveniles. 

      El conflicto se produce porque el cirujano descubre que su hijo, del que espera que se reciba como él de médico, ha sido convencido por el cura para tomar los hábitos. El padre, que al principio cree que su hijo es gay y acepta sin prejuicios esa elección sexual, rechaza en cambio con todas sus fuerzas la posibilidad de que vincule su existencia a la iglesia. De modo que tiende un plan: acercarse al religioso para descubrirle supuestos chanchuyos y así poder desenmascararlo ante su hijo. Pero eso no es posible porque el cura tiene una conducta irreprochable. Para colmo de males, el cirujano simula ante él una identidad que no tiene y es descubierto y su situación se pone mucho más difícil. A través de todos estos enredos, desarrollados con mucha simpatía y acertados gags, la leve tensión se va encauzando hasta una zona de paz y comprensión.

    Lo más débil de la comedia es el final en que, por sacarle más jugo dramático a lo que se cuenta, el director vuelca la situación hacia un hecho sacado bruscamente de la galera y apoyándose en él resuelve el tratamiento de esa colisión entre un hombre agnóstico y otro creyente –un tema que hubiera merecido una meditación de mayor hondura- con una solución fácil, una fórmula visual que deja la sensación de que es posible que, entre una y otra posición, tal vez no haya tantas diferencias y que la destreza empeñosa de un cirujano puede salvar tantas vidas como la decisión providencial de la mano de Dios.  En los papeles principales, Marco Giulliano compone un papel que tiene a cargo los momentos más graciosos del film, aunque a veces el dibujo del personaje -acaso por culpa del director- se exceda un poco en su carga de malhumor; Alessandro Gassman también aborda con mucha vitalidad y soltura el prototipo de un sacerdote reo y seductor, haciendo acordar en algunos pasajes, por su gestualidad, el ángel de su padre; y la encantadora Laura Morante, ratifica su conocida profesionalidad. En rigor, ninguno de los integrantes del elenco desentonan en los momentos que les toca actuar y muestran buena pasta de comediantes