Crítica de teatro: La pequeña historia

Mayo 2015



Entretenimientos

La pequeña historia. Adaptación de Román Caracciolo y María Beatriz Toia del texto teatral La pequeña historia de Chile, de Marco Antonio de la Parra. Dirección. Román Caracciolo. Elenco: María Barrena, Enrique Cabaud, Leandro Cóccaro, Gustavo Manzanal y María Beatriz Toia. Escenografía: Carlos Di Pasquo. Vestuario: Pepe Uría. Iluminación: Fernando Díaz. Banda sonora: Francisco Caracciolo y Eduardo Lucente. Asistente: Pablo Cortez. En el Celcit, Moreno 431.

La educación, como fuente de transmisión de los modelos que se desean transmitir a las nuevas generaciones, tiene en cada país de América Latina situaciones específicas relacionadas con su propia historia y tradición pedagógica, pero también desafíos que en muchos aspectos se parecen entre sí, sobre todo a la hora de pensar qué es lo que se debe enseñar a los alumnos, a aquellos que serán ciudadanos del mañana. Durante muchas décadas, cuando los Estados eran omnímodos y el papel de la actividad privada más regulada, se pensaba que la función de la escuela pública –que era la dominante- consistía en garantizar en la formación mental del futuro ciudadano un tipo de modelo de sociedad que reprodujera los mecanismos del statu quo. Hoy, cuando el Estado, sobre todo en algunos países de América Latina, permite un mayor desarrollo del pensamiento crítico, aquel rol conservador, de fijación espiritual de los mecanismos que aseguran que las cosas no cambien, al menos en lo esencial, lo cumple el mercado, actuando por medio de la escuela privada y, sobre todo, del papel uniformador de los medios de comunicación.

       No es entonces extraño que Marco Antonio de la Parra, conocido psiquiatra, escritor y dramaturgo chileno, escribiera un texto teatral para alertar sobre los profundos daños que creaba en el imaginario social de su país una educación atada a las prácticas comerciales del neoliberalismo y desprovista de cualquier atisbo de cuestionamiento a lo que sucedía en las aulas. Lo ocurrido en Chile en años pasados –y todavía hoy- muestra que muchas soluciones de fondo siguen pendientes. La adaptación argentina de esa obra debía lograr una cuidadosa trasposición de las referencias históricas y geográficas para asegurar que sus significados encontraran equivalentes adecuados en nuestra historia y lugares físicos. Hay que decir que el objetivo está logrado sobradamente y eso sin dañar la estructura primigenia de la obra del autor chileno, compuesta por diecinueve cuadros hilados entre sí por pequeños momentos que operan como verdaderas sinapsis. El tono general de atmósfera absurda que rodea las situaciones, en medio de diálogo que sin embargo tienen una composición realista, guarda relación también con el estilo de su creador.

       Caracciolo, en un espacio bastante despojado, donde el objeto más visible es un tapete de lona plástica sobre el que se han dibujado taburetes y otros elementos de un aula, y más allá de lo que les exige a sus actores, trabaja con el diseño lumínico como un instrumento esencial de lo que quiere expresar en la puesta. Y así logra que el sepia del escenario y el azul que proviene del afuera provoquen una sensación de agonía, como si esos cinco profesores pugnaran duramente por sobrevivir a las fuerzas de un destino que buscar matar, ahogar, lo que tiene la escuela de sustancia renovadora y vital de la comunidad. Esta metáfora queda plasmada, sobre todo, en aquellos rituales a los que apelan los maestros para demostrarse que están vivos y que pueden ser el puente de oro del conocimiento que nos lleve hacia sociedades con más identidad, autonomía y una convivencia con mayor justicia económica y de derechos para sus habitantes. Y también los portadores del pensamiento renovador, que adaptándose a las nuevas mutaciones de la sociedad contemporánea, no tire a la basura el mejor y más crítico del léxico político y filosófico acuñado en los últimos tres siglos y los sueños emancipadores que derivaron de él. 

         Si en algo acierta también Caracciolo, fiel en esto al ideario estético de Marcos Antonio de la Parra, es que ninguna de estas implicancias está formulada como un discurso lineal ni mensajista, sino que suscita interrogaciones que despiertan la reflexión del espectador, que debe por su propia cuenta sacando las conclusiones pertinentes. En la línea poética a la que acude Caracciolo, este efecto se produce, en especial, mediante la generación constante de sensaciones nuevas que aguijonean la curiosidad inquisitiva de la persona que sigue la obra. De ahí que la narración, a fin de producir esas sensaciones, no es nunca totalmente estructurada, sino que es sometida  a bruscas fragmentaciones, rupturas del relato. En síntesis, un espectáculo para ver, con un trabajo actoral que responde con probidad a las necesidades de lo que ha concebido como puesta el director, un hombre con reconocido talento y una trayectoria enjundiosa que lo acredita en materia de aptitud profesional.

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