Crítica de teatro: Más respeto que soy tu madre

Enero 2016



Entretenimientos

¡Más respeto que  soy tu madre! Segunda parte. Autor: Hernán Casciari. Adaptación y dirección: Antonio Gasalla. Diseño de escenografía: Alberto Negrín. Diseño de sonido: Osvaldo Mahler. Elenco: Antonio Gasalla, Enrique Liporace, Nazareno Mottola, Esteban Pérez, Sebastián Borrás, Noelia Marzol, Virginia Magnascco y Daniel Aráoz. Duración: 110 minutos. Teatro El Nacional.

 Después de haber batido un récord histórico de espectadores con la primera parte de esta comedia –desde la noche de su estreno, el 15 de enero de 2009, hasta la fecha convocó a un millón de personas-, el conocido y talentoso cómico apuesta a una segunda vuelta, gracias a un nuevo texto que actualiza al presente histórico los episodios de la historia contada en aquella oportunidad. Es más que socorrido el dicho acerca de que nunca segundas partes han sido buenas, pero es difícil que esa regla se pueda aplicar a un artista popular como Antonio Gasalla, que tiene una enorme cantidad de público cautivo, capaz de seguirlo en cualquier aventura que él se propone acometer. El día de su debut la gente se reía a carcajadas y seguía cada una de sus expresiones con aplausos y expresiones como “genio” y otras cosas. Incluso festejaba cuando otros actores se tentaban de risa de los ex abruptos de la estrella principal. Es un caso de devoción extremo ante el cual es difícil que el análisis crítico del espectáculo pueda avanzar sin chocarse con ese muro inexpugnable, si es que el que escribe quisiera –o se le ocurriera, aunque más no fuera por puro deporte- querer convencer a alguno de esos espectadores de algunas debilidades evidentes del montaje en las que nadie repara.

      Como se sabe, la primera versión de ¡Más respeto que soy tu madre! nació de un blog de Hernán Casciari que Gasalla ha adaptado a sus especiales condiciones de comediante para hacer esa experiencia tan particular con su público. En este caso, el sistema es el mismo: retomar la vida de la familia Bertotti, solo que en el presente, en que ha desaparecido algún miembro de ella –el abuelo de los chicos, que estaba dedicado a la venta de drogas y algunas otras tareas- y ha aparecido otro: un hermano del marido de Mirta González de Bertotti, la famosa mamá que encarna Gasalla. Este hermano, Jeremías Bertotti, viene secundado por una mujer, Silvia, y ambos tienen como propósito estafar a la familia con el pretexto de que sus integrantes se han quedado con la casa del abuelo, a la sazón padre del recién llegado. Los demás, además de la madre son los tres hijos (el mayor, la hija del medio y el menor). Los tres tienen características personales exageradas al máximo para provocar el disfrute del público, pero sobre todo para servir a Gasalla como apoyo para sus salidas de humor picante y zafado. En el transcurso de la obra, el cómico no hace alusiones políticas a la actualidad, a pesar de que es evidente que las cosas transcurren en estos días, pero es casi seguro que con el transcurso de las funciones comenzarán a aparecer esas referencias que sin duda siempre tienen buena acogida por la gente.

       De los tres hijos, Nacho, el mayor y regalón de la madre, es el más extravagante pero creativo. La mujer, Sofía, es una joven que sufre de un cierto desenfreno sexual y el más chico (Caio) un muchachito con poca materia gris. El padre de los tres (Zacarías Bertotti, personaje encarnado por ese ya ducho comediante que es Enrique Liporace), es un holgazán hecho y derecho, que ha cedido toda la responsabilidad por el mantenimiento de la familia en manos de la madre. Ayudada por su hijo mayor, la mujer arma una suerte de negocio de venta de empanadas que tiene, casi de inmediato, un gran éxito, lo que enciende la codicia del hermano y de su acompañante que, a la sazón, ha engatusado amorosamente al hijo menor de la familia ante la hostilidad de la madre que sospecha que la mujer (todavía no lo sabe) es una farsante. Todo transcurre a ese núcleo central, desarrollándose todas las situaciones en torno a él, con algunas complementarias como una sesión en la que el hijo menor debe ir a ver a un psicoanalista junto a su madre, recurso algo previsible, como algunos otros, pero no por eso menos gracioso. En relación a la primera parte, esta segunda no cuenta, desde luego, con el factor sorpresa, pero sí con la intacta eficacia de Gasalla para despertar con cualquier comentario el delirio del púbico que va a ver el espectáculo hechizado en lo esencial por su figura. Alrededor de ese factótum, el resto del elenco cumple su labor con buena onda y a sabiendas que su trabajo es básicamente de apoyo. En el papel de Jeremías actúa Daniel Aráoz, que tiene su propia cuota de comicidad personal y que refuerza la hilaridad general con sus morisquetas y acotaciones. 

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