El infiltrado del KKKlan

Diciembre 2018

Entretenimientos

El infiltrado del KKKlan. (BlackKKKlansman, Estados Unidos, 2018). Dirección: Spike Lee. Guion: Charlie Watchel, David Rabinowitz, Kevin Wilmott y Spike Lee, sobre un libro de Ron Stallworth. Fotografía: Chayse Irvin. Música: Terence Blanchard. Intérpretes: John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Topher Grace, Corey Hawkins, Harry Belafonte y otros. Duración: 136 minutos.

Spike Lee ha vuelto por sus fueros. Después de algunas incursiones en producciones más al gusto del sector dominante de la industria fílmica de su país, aunque sin perder nunca su reconocible maestría en el oficio, el gran director de Haz lo correcto, Malcolm X  o La marcha del millón de hombres ha retornado con El infiltrado de KKKlan al cine que más siente, el que lo asocia con sus conocidas preocupaciones por lo social y político y, dentro de esta línea, con los problemas que en su nación provocan,  en especial entre la población negra, la discriminación, el racismo, la violencia, el oscurantismo y tantas otras plagas que, de alguna manera, siguen sin resolverse del todo en esa tierra, como en estos días lo demuestra la infortunada gestión, por decirlo con palabras suaves, del presidente Donald Trump.

En su estilo tan particular, que mezcla el drama con la farsa, la comedia con el enfoque serio, la historia con la actualidad, la tensión con instantes disparatados, Lee arma una historia basada, según dice el autor de la novela que le sirvió de inspiración, en hechos reales. Pero, en todo caso habría que agregar, sometidos a un tratamiento que se toma la libertad necesaria para darle amplio espacio a la ficción toda vez que lo requiere la trama. El resultado es un cóctel muy sabroso de sucesos policiales que, mientras se despliegan en una narración colmada de vicisitudes y percances entretenidos, permiten al espectador, a la par de seguir lo que ve con fruición, recordar de paso algunos sucesos terribles del pasado y el presente de los Estados Unidos. La película comienza con una secuencia inolvidable de Lo que el viento se llevó, en la que se ve a Scarlett O’Hara, el personaje central de aquel largometraje interpretado por Vivien Leigh, recorriendo el campo sembrado de muertos y cuerpos heridos que ha dejado entre los confederados la batalla de Atlanta, mientras la cámara se aleja de la escena como si se retirara del pasado en camino hacia el futuro.

La metáfora es clara: de aquellos vientos estos lodos. De aquella locura de violencia que estuvo en la raíz de la misma nación vino luego todo lo que vivimos hoy. Y, como para reforzar, el director particulariza esa violencia, mostrando la singular virulencia que ha tenido al desatarse sobre la población afroamericana del país. Y para eso proyecta algunos pasajes bien racistas de El nacimiento de una nación, película de 1915 del archiconocido director David Griffith (1875-1948), uno de los pioneros del cine norteamericano. Con la exposición de esos documentales, material de archivo y algunas secuencias recreadas que simulan ser registros reales, más las referencias e imágenes que se brindan de la actualidad, nadie tendrá la menor duda en asociar los distintos acontecimientos  aludidos como partes gemelas de un mismo y largo devenir de violencia que lleva ya mucho más de un siglo y medio, si es que se toma como punto de partida la guerra de Secesión (1861-1865).

En cuanto a la historia particular sobre la que gira el film, trata de la peripecia que enfrenta un afroamericano, Ron Stallworth (como se ve es el nombre del autor del libro en que se basa la ficción), que ingresa a la policía de la ciudad de Colorado Spings y, luego de ser destinado al archivo del cuartel que le toca, solicita trabajar en operaciones especiales. Debido a que localiza en el lugar el teléfono de algunos de los líderes del Ku Klux Klan, les propone con mucho nivel de audacia e inconsciencia incorporarse a sus filas por ser un admirador, les dice, de sus causas. El recién incorporado tiene mucha confianza en sí mismo, de ahí los riesgos que implicarán algunas de sus decisiones. Y, como el color de su piel no le permite mostrarse ante el grupo racista personalmente, entonces, con el aval de sus jefes, envía en su reemplazo y con identidad figurada a otro agente, Flip Zimerman (encarnado por el actor Adam Driver), que es judío, pero tiene más posibilidades de infiltrarse en esa organización sin ser reconocido como un enemigo. El actor que interpreta a Stallworth es John David Washington, hijo del famoso Denzel Washington y tan buen actor como él. 
     
La trama entreteje este espionaje al Ku Klux Klan con otros que se realizan en las filas de los movimientos que como los Panteras Negras y otros se oponían a la guerra de Vietnam, que es la época en la que transcurre estos episodios. En uno de los pasajes, Stallworth, que es enviado a un acto donde habla el líder de color Stokely Carmichael para enterarse del discurso, conoce a Angela David, representada por Laura Harrier, de un extraordinario parecido con la célebre dirigente de izquierda de los Estados Unidos. Y surge un nexo de simpatía entre ambos, si bien ella no sabe que él es un agente encubierto. En medio de ese ovillo de enredos y embrollos de todo tipo, algunos muy graciosos y otros que provocan fuerte expectación, la hora y media de la película pasa a extraordinaria velocidad, sin baches, entreteniendo e ilustrando en profundidad al espectador. Una nueva y excelente producción que devuelve al mejor Spike Lee, digna de ser vista por todos, porque nos alude a todos. Para comprobarlo no haría falta más que echar un vistazo a otros sitios del planeta.

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