El Inspector

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El Inspector. De Nilolái Gógol. Traducción de José Laín Entraigo. Versión y dirección de Daniel Veronese. Iluminación: Eli Sirlin. Vestuario y caracterización: Laura Singh. Escenografía: Jorge Ferrari. Musicalización: Daniel Veronese. Elenco: Jorge Suárez, Carlos Belloso, Gabo Correa, Marcelo Xicarts, Gonzalo Urtizberea, Lautaro Delgado, María Figueras, Maida Andrenacci y otros. Sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Duración: 110 minutos.

Creador fundamental en la literatura rusa, Nikolái Gógol no necesitó una gran producción para que su nombre alcanzara relieve universal y un lugar indiscutido en las letras de su país. Entre sus títulos más renombrados –y no tuvo muchos más- están Veladas en el caserío de Dikanka, con la cual se hizo conocido;  la comedia El inspector, los relatos de Murgorod (que incluye el cuento “Taras Bulba”), la novela Almas muertas – que se cuenta entre las obras imperecederas de la literatura mundial- y El capote, de una influencia decisiva entre los escritores rusos posteriores a él. El inspector, una ácida sátira sobre la corrupción de la burocracia en la Rusia zarista, publicada en 1836, sigue siendo uno de esos textos escénicos invencibles a los que todos los teatros del planeta ceden siempre algún lugar para desplegar su gracia y sus afilados dardos.

     El San Martín lo ha montado en esta temporada con una versión a cargo del director y dramaturgo Daniel Veronese, que además de actualizar aspectos de su lenguaje, desliza alusiones sutiles y claras, aunque nunca explícitas, a una actualidad que parece corroer a todos los gobiernos del globo. Con un elenco abundante, como solo puede reunir un teatro oficial, El inspector desarrolla las vicisitudes que se producen en un pequeño pueblo ruso que un día se entera que un alto funcionario del gobierno zarista visitará su territorio. La visita anuncia su llegada a través de un telegrama que no especifica el día ni tampoco el carácter de la misión. Pero “la cola de paja” del alcalde y sus colaboradores en el gobierno de la ciudad no las requiere, descuentan que se trata de una inspección que puede hurgar en sus turbios manejos de la cosa pública y dañarlos. Y es entonces que el miedo se esparce como un gas invisible y cegador de las mentes de los burócratas.

      En el intento de adoptar de medidas preventivas que puedan amortiguar el impacto de esa posible inspección, y orientados por el terror a ser descubiertos, el alcalde y sus funcionarios se lanzan a la búsqueda del funcionario, que suponen ya está en la ciudad y que ha utilizado la trampa de no revelar el día de su llegada para pescarlos in fraganti. Y en esa búsqueda detectan a un vivillo que se hace pasar por un alto representante de la nobleza zarista y que no es más que un truhan y jugador empedernido, que se ha gastado todo el dinero que tenía en distintos juegos de cartas con un capitán. Convencidos de que el pillo es el inspector comienzan a llenarlo de agasajos y regalos en dinero para evitar que pueda perjudicarlos. Ya tarde comprobarán que han cometido un terrible error.

     El espectáculo se desarrolla con un ritmo fluido y constante y logra que, en el ámbito de una escenografía elegante y concebida con mucho criterio espacial, los actores puedan desplegar toda su potencia expresiva, que es mucha y en algunos casos, como el de Jorge Suárez, que encarna al alcalde Skvoznik-Dmujanovski, es superlativa.  Es un papel que le cae como anillo al dedo a su registro actoral. También  realiza un trabajo pleno de soltura y viscosa gracia Carlos Belloso, como el falso inspector. Hay pasajes de la obra que son verdaderamente desopilantes y la descripción de lo que ocurre en escena muy clara como para que el público no reflexione sobre los hilos comunicantes que lo llevan a su propia realidad. Y para que, acaso siguiendo los consejos del alcalde en el epílogo de la obra, no se pregunten de qué se están riendo en rigor, si lo que se ve en escena se parece mucho a un individuo que tambalea al borde de un precipicio, o una grieta si se quiere usar un término más de moda, y si bien sus movimientos resultan casi ridículos y provocan risa, lo cierto es que se puede caer en cualquier momento y matarse. Lo cual no resulta ya gracioso, sino trágico.

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