En tránsito

Noviembre 2018

Entretenimientos

En tránsito. (Transit. Alemania y Francia, 2018). Guion y dirección: Christian Petzold. Historia basada en una novela de la escritora alemana Anna Seghers. Fotografía: Hans Fröm. Música: Stefan Wil. Elenco: Franz Rogowski, Paula Beer, Godehard Giese, Lilien Batman, Maryam Zaree y otros. Duración: 101 minutos.

 

Admirador confeso de los grandes directores alemanes que huyeron del nazismo por los treinta y cuarenta del siglo anterior y siguieron su carrera en los Estados Unidos (Douglas Sirk, Ernest Lubitsch, Robert Wiene, Fritz Lange o Max Ophüls, entre otros), el realizador también germano Christian Petzold es, como la mayoría de los mencionados, un apasionado cultor de los melodramas y los policiales negros. Pero es verdad también que, como hijo de su propia época, Petzold, entre algunas de cuyas películas podríamos mencionar Yella (2007), Jerichov (2008), Bárbara (2012) o Ave Fénix (2014), es alguien que, al mismo tiempo que utiliza esos géneros, los mezcla y experimenta cada vez sobre sus formas, logrando un cine de intensa seducción. Transit  es un buen ejemplo de ello.

Los hechos contados por la película transcurren en las calles y hoteles de segunda de Marsella durante una ocupación. Basada en la novela Transit Visa, de la estupenda escritora alemana Anna Shegers (190-1983), que describe una historia de persecución política durante la ocupación alemana a Francia en 1942, Petzold reproduce esta odisea pero de modo distinto, con leves pero visibles modificaciones en su adaptación que son muy significativas. Hay efectivamente una invasión de fuerzas armadas en esa ciudad, pero ocurre en la actualidad, con locaciones y taxis de este tiempo,  celulares y otros elementos que no son del pasado, sin registros palpables del presente. Esa primera alteración le da al film un clima extraño al principio, al que el espectador se irá acostumbrando hasta aceptarlo como un rasgo particular de ese producto. Pero no se trata de una ciudad futura, como en una película de ciencia ficción o una suerte de alegoría, para que el espectador lea en esa historia algo de lo que ocurre ya en este presente, pero exacerbado y llevado a una dimensión distópica.
  
Tampoco el protagonista, Georg, un refugiado que ha estado en un campo de concentración, es un francés acosado en su propio país de origen o un extranjero totalmente alejado de la cultura del lugar. Se trata de un alemán que, como otros habitantes de esa ciudad, quiere irse de donde está para radicarse en otro territorio en el que esté a salvo de la actual persecución a la que es sometido. Su aventura es la de un individuo que, al tratar de ayudar a una pareja que como él intenta fugarse de la zona, se va involucrando de a poco con la mujer de un escritor que ha desaparecido sin que ella lo sepa. Teniendo como hilo central de la trama a Georg, cuyos itinerarios, percances y contratiempos en algunos casos recurrentes son contados por una voz en off en tercera persona (Matthías Brandt), se despliega una compleja peripecia donde se alternan pasajes de thriller con aventura romántica. Y todo sobre un trasfondo impreciso de falsas identidades o dobles, que mantienen siempre en alto la atención y el interés del espectador, sin perder nunca el aire de extrañeza. 
       
Hay críticos que han comparado en parte a esta producción de Petzold con Casablanca, la mítica película de Michael Curtiz. Y Petzold ha aceptado esta comparación diciendo que ese film estuvo siempre presente en su mente. “Hay allí –contó en un reportaje- un detalle interesante: Seghers escribe su novela La séptima cruz  y casi de inmediato es tomada como base para el guion de una película. Y poco tiempo después ocurre algo similar con Transit Visa, que, sin embargo, fue desechada porque, según Hollywood, era muy similar a Casablanca.” Desde luego, el melodrama, el encuentro romántico y las codas policiales del film, son la forma que Petzold utiliza para narrar una historia que metaforiza, finalmente, con la situación que tienen, no los refugiados de otras épocas, si no los de la actualidad, escapados de distintos lugares del mundo en busca de países con situaciones supuestamente más acogedoras para su vida, refugiados condenados a un nomadismo cruel y extremo por la violencia de sus naciones de origen y rechazados en distintos puntos del planeta. Los hondureños que hoy marchan por tierra desde su país, hacia los Estados Unidos, verbigracia, y Trump los espera con un ejército armado hasta los dientes para que no ingresen a su territorio.
     
Esta historia se podría desarrollar en cualquier ciudad desarrollada de Europa o América del Norte donde los inmigrantes árabes, africanos o centroamericanos sufren el mismo trato de sospecha, hostilidad y desprecio que el personaje de esta película, inmigrantes que antes de llegar a destino han pasado las de Caín para lograr salir de sus tierras, gastar el último dinero que tienen para que alguien los saque como sea de allí y no saber nunca si llegarán a destino. Una de las grandes tragedias contemporáneas sin duda. La película no intenta hacer un documental de ese fenómeno que todos conocemos de sobra por las informaciones de los diarios o la televisión, sino mostrar a qué grado terrible de angustia y opresión emocional son sometidos aquellos que no encuentran suelo donde poder existir sin soportar el peso  devastador la xenofobia, el odio de clase o la indiferencia ante su situación, situación que se ha multiplicado en estas últimas décadas. Dos de las víctimas de ese odio, además de Georg o la mujer de la que se enamora, Marie, son ese niño y su madre del norte de África a los que el protagonista intenta ayudar y que se marchan de la ciudad a una zona de bosques para protegerse de la animalidad de los otros.
        
En un elenco cuyos actores están elegidos con suma eficacia para cada papel, se destacan netamente Franz Ragowski en el rol de Georg, muy lejos del prototipo de un Humphrey Bogart, pero con una mirada cuya melancolía y taciturnidad realmente conmueven, y la muy bella Paula Beer, que ataviada como las heroínas de los cuarenta, también sensibiliza a cada instante por su fragilidad. 

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