Iracunda tristeza

Mayo 2017

Entretenimientos

Iracunda tristeza. Autora: Gilda Bona. Dirección: Silvia Hilario. Elenco: Marta Pomponio y Gabriel Nicola. Diseño de vestuario: Alejandro Soto. Diseño de escenografía: Claudio Larrea. Iluminación: David Seiras. Teatro El Tinglado, Mario Bravo 948. Miércoles: 20,30 horas.

      Gilda Bona es una autora y directora argentina cuyo nombre ha circulado en los últimos años en los círculos de teatro especialmente por el estreno de distintas obras suyas, entre las que se podría mencionar, además de la que comentamos, El alumbrar de Vargas, Batir de alas, Boulogne, 24 horas viraje y varias más. Sobre todo la última de las enumeradas fue nominada entre las candidatas a mejor pieza dramática y a la mejor actuación femenina por el trabajo de Irina Alonso, en 2015, sin resultar luego ganadora en ninguno de los dos rubros. Se trataba de un viaje de pesadilla de una mujer por un hospital durante un día que realmente ponía los pelos de punta.

     Iracunda tristeza es la pintura de la soledad de dos seres que abandonados no sienten estímulos para la vida. Ella es Matilde una empleada doméstica que trabaja en varios departamentos de un edificio y él un escritor al que la autora no le ha puesto nombre y que de hecho no puede estampar ni una línea sobre el papel desde que su mujer se ha ido de su lado. Matilde conocía a ambos y ha seguido limpiando el departamento donde vive él aún después de que la esposa se fuera del hogar, por pedido de ella misma. Conoce pues al hombre desde hace tiempo aunque sin haber tenido con él una relación de mucha confianza.

     Cuando comienza la obra, el entorno escénico es sugestivo. En una ventana, que deja ver en parte el contorno de una ciudad, se percibe una fuerte lluvia de tormenta, que esparce su ruido constante. Todo está desordenado en ese departamento, la ropa por el suelo, botellas vacías por todos lados, una mesa sobre otra mesa que sostiene un viejo pasadiscos Winco, libros sembrados por todas partes y una cama donde duerme su borrachera el escritor. Ella llega y lo despierta, rezongándole por haber bebido tanto y él se defiende reprochándole que sea tan dura con su conducta. Es un diálogo bastante insustancial y un poco traído de los cabellos, pero sin duda es la introducción para demostrar que ambos necesitan decir, confesar algo. Hablar de lo que les pasa.

     Ella, que no ha venido el día anterior a limpiar el departamento, informa que también fue abandonada  por su marido y él no parece sorprenderse porque también ha sufrido ese desaire. Pero ella le aclara que el suyo no es cualquier abandono: su esposo falleció ayer y por eso no pudo asistir al trabajo. Él se desconcierta y le da sus condolencias. Y así, mientras, se van contando cosas (el hombre afirma que no puede escribir hace rato), a Matilde se le ocurre prender un cigarrillo de marihuana y, a la vez que siguen contándose sus penurias, comienzan poco a poco a reírse de lo que les pasa y descubren que la risa puede ser un bálsamo mágico contra la pesadumbre. Y también que allí ha comenzado, tal vez, una nueva amistad o una relación más comprensiva entre los dos.

      En rigor, a pesar de la buena intención de la autora, no hay a lo largo de todo ese encuentro –no demasiado largo, dura menos de una hora-, ningún momento en que los diálogos creen situaciones emocionales intensas ni tampoco hilarantes. Transcurre todo en un desarrollo muy plano. Eso se agrava por el hecho de que ambos actores no transmiten ni profundidad ni fuerza a sus personajes.  Son seres sin ningún encanto. Están solos, pero no conmueven. Y tampoco cuando deciden reírse de todo provocan una sensación de vitalidad propia del que se siente más liberado. En fin, un intento fallido desde el texto, la actuación y la propia dirección, que podría haber intentado mejorar lo que ocurre con indicaciones más precisas y creativas, si bien es evidente que eso se hacia bastante difícil partiendo de un texto que es bastante pobre.