Las olas

Agosto 2018

Entretenimientos

Las olas. Argentina/Uruguay, 2017. Dirección y guion: Adrián Biniez. Edición: Pablo Riera y Alejo Moguilansky. Fotografía: Nicolás Soto Díaz y Germán de León. Intérpretes: Alfonso Tort, Julieta Zylberberg, Fabiana Charlo, Carlos Lissardy y Luis Pazos. Duración: 88 minutos.

Tercer largometraje del director nacido en la Argentina y hoy radicado en Uruguay, Adrián Biniez, Las olas marcan un cambio de rumbo en la estética de su filmografía, que no sabemos si será permanente, pero que en esta experiencia ha dado resultados fructíferos en los objetivos que se ha propuesto. Biniez, que es oriundo de Lanús, había dado a conocer ya, con buena acogida en la crítica, dos películas de corte realista: Gigante y El 5 de Talleres, la primera dedicada a captar minuciosamente la vida de un guardia de seguridad y la segunda el mundo del costumbrismo barrial relacionado con el fútbol.

En Las olas, el cambio de registro y de tono operado por el realizador apunta más a lo onírico, sin que quede totalmente en claro si lo que cuenta es un sueño, una aventura de ficción o un viaje por la memoria con motivos purificadores, aunque por ciertos detalles parecería más atinada ésta última hipótesis. Biniez, apelando a algunas de las modalidades del relato en el cine actual, en ningún momento proporciona datos sobre ciertas circunstancias, sobreentendiendo que ellos deben ser imaginados por el espectador o simplemente ser omitidos por no tener más que un carácter anecdótico no contemplado dentro de la poética que sigue el film.

La película comienza en plena zona céntrica de Montevideo, donde el personaje central, Alfonso, vestido con absoluta corrección visita tiendas de vinos o licorerías tomando apuntes en una carpeta o negociando con sus dueños. En ningún momento se aclara luego cuál es su función laboral, pero se supone que es un vendedor de una casa de bebidas alcohólicas o un repositor de ellas. Después de haber cumplido las tareas del día, se sube a una bicicleta aparcada cerca de los lugares que recorrió y se dirige con ella hacia la rambla de la ciudad. Allí se pone una malla negra corta y se sumerge en las aguas del río todavía de color marrón, pero que ya empieza a juntarse con las del mar.

A partir de allí el espectador comenzará a ver siempre al mismo personaje entrar y salir del mar en distintos lugares que, obviamente, pertenecen a territorios por donde transcurrió su existencia. Siempre es el mismo personaje que se vio en la primera escena, pero haciendo de niño, adolescente o joven mezclado en diversas peripecias. Todas estas escenas están divididas por placas que funcionan como separadores que llevan títulos, gran parte de ellos relacionados con obras de Julio Verne: La isla misteriosa, La vuelta al mundo en ochenta días, Viaje al centro de la tierra, etc. Los diversos capítulos de la película fueron filmados en los departamentos de Rocha, Canelones, Maldonado y Montevideo. Y tienen al mar como un protagonistas básico junto al actor.

En la primera de las escenas, el actor está con un matrimonio mayor que él, que se supone son los padres, en una playa. El hombre lo reta como si fuera un niño por algo que hizo y la madre le prepara un sándwich de jamón y queso. Luego de un diálogo con la madre donde el niño ha expresado una palabra que ella considera inadecuada para su edad, irán juntos a un sector de la playa donde él explicitará con un dibujo en la arena a lo que se refería, tal vez como parte de una estrategia de la mujer para enseñarle secretos de la sexualidad que él ya debe ir conociendo. Otra escena es con amigos de la adolescencia, muy turbados por el despertar sexual haciendo comentarios entusiasmados que aluden a chicas de su edad. Una tercera escena es la de Alfonso joven que va y viene de dos carpas habitadas por chicas distintas, que se supone son novias que tuvo en tiempos no simultáneos, pero que se superponen como momentos de una misma secuencia. Y una de ellas le reprocha haber estado enamorado de la otra.

Acaso el más llamativo de estos episodios es cuando Alfonso, luego de emerger de una de las regulares zambullidas al mar podríamos decir de la memoria, se dirige a la casa donde vive su ex pareja para interrogarla por las razones por las que lo dejó por otro hombre. El asunto que este hombre vive en la casa y debe presenciar ese diálogo incómodo y algo ridículo que llevan adelante su actual mujer con su ex marido, para peor frente a la hija de ellos. Es interesante remarcar que el personaje atraviesa el centro de la ciudad solo vestido con una malla –de esas largas que se empezaron a usar a partir de los ochenta- y que ese vestuario y algunos otros detalles son los únicos que permite en ocasiones ubicar el período en que ocurren los capítulos, aunque el director haya expresado que nunca fue importante para él precisar para el espectador la época en que cada historia se desarrolla.

En el papel central de la película actúa Alfonso Tort, un actor uruguayo que aparece como uno de los más interesantes de su generación y en el que el director pensó cuando escribió el guion. Su desempeño es loable, teniendo en cuenta que debe interpretar diversas etapas de la vida del personaje apelando solo a pequeños detalles diferenciadores de su edad. El director ha dicho que la película es pura ficción, que no hay nada autobiográfico en ella. No hay porque no creerle, pero nunca en el trabajo de un artista dejan de colarse temas de la propia vida. De hecho las alusiones a las obras de Verne, Salgari y otros autores hablan de lecturas personales que dejan huellas. Nada más que aquí se ponen al servicio de un trabajo que recrea una travesía por la existencia sentimental de un hombre que la mira con algo de melancolía y también humor, pero aceptándola como una huella indivisible y rescatable de sus horas.

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