Un lugar entre sus bestias

Septiembre 2017

Entretenimientos

Un lugar entre sus bestias. Dramaturgia y dirección: Ana Clara Schauffele. Intérpretes: Sofía Vilaro y Guido Silverstein. Escenografía: Cecilia Rodríguez. Vestuario: Amelia Barrios. Diseño de iluminación: Alejandra Lescano. Sala: Patio de Actores, Lerma 568. Funciones: sábados a las 22 horas. Duración: 50 minutos.

Asunto tratado con amplitud y profundidad en el teatro, la literatura, la música o el cine de todos los tiempos, la relación de pareja, como todo lo ligado a los afectos, sigue siendo para los creadores una fuente de inspiración siempre tentadora en la que abrevar. Y es lógico que sea así porque, aún con tantas historias dedicadas al tema aquí y allá y en cualquier época, el amor –y sobre todo su finalización, su muerte- sigue siendo un enigma difícil de descifrar y de digerir para los mortales. Un lugar entre sus bestias, la obra de Ana Clara Schauffele, autora también de Un tigre e Intenso azul, es una reflexión que intenta hurgar en algunos de esos interrogantes –nunca libres de dolor o de culpa- que se hacen los involucrados.

En este caso son los integrantes de una pareja joven quienes evocan, cada uno por su lado y luego de haberse roto el vínculo, cómo fueron los hechos y las posibles causas del fracaso de esa unión. Ateniéndose a lo que dicen tanto la mujer como el hombre se puede reconstruir que ella intentaba armar una relación con un compromiso más sólido y que él se rehusaba a hacerlo, porque no creía en la posibilidad de los lazos amorosos duraderos. Ambos sienten atracción física por el otro y de hecho tienen buenos encuentros sexuales cuando se ven, pero después se produce un vacío inevitable en su comunicación porque miran el mundo de distinta manera, son diferentes. Y en esas condiciones, el vínculo que sobrevive. Ninguna pareja avanza en su relación si no construye un territorio poblado de intereses, entusiasmos y ensambles de vida en común, que es el que le da sentido al hecho de estar juntos.

Allí lo que él parece aceptar como forma de quererse es la sola pulsión sexual de ese presente, que sabe es lo que con más celeridad se extinguirá. Y rechaza, por tanto, toda posibilidad de obligaciones para el futuro. Sin perjuicio de que se puedan deducir otros pensamientos de la situación de estos personajes, se podría sospechar también que la autora ha intentado describir, en la conducta de ese hombre, una forma de comportamiento actual en ciertas personas que, volcadas a un culto de sí mismas que no es más que puro narcisismo, creen que todo irrupción sobre su mundo personal es un ataque a su libertad. Ese individualismo egoísta, que esconde mucho miedo al fracaso –como si la existencia se regara solo con las fragancias del triunfo-, choca, por supuesto, con cualquier intento de establecer relaciones duraderas y profundas en el amor, la propia amistad e incluso la vida en sociedad.

Desde un punto de vista formal, la dramaturga acude al recurso narrativo como motor del relato: los dos personajes cuentan, no representan. Y prescinde del diálogo, tal vez por convicción de que ese instrumento no es útil a sus fines estéticos o lo considera ya una reliquia del viejo teatro. Vaya uno a saber. En todo caso, no es una originalidad. Otros autores han recorrido ese camino. Y, en todo caso, por lo que prueban esas experiencias, quienes recurren a distintas formas y procedimientos (narración y diálogo combinados) suelen lograr mejores resultados que los que se ven en esta obra. En el campo escenográfico, las escenas transcurren en un ambiente rodeado de redes, que podría simbolizar el mundo cerrado que atrapa y no deja salir de su círculo vicioso a la pareja. El texto tiene una escritura agradable, bien elaborada, pero no descubre realidades muy reveladoras. Ni tampoco emociona en ningún momento, aunque esto es posible adjudicarlo a un propósito deliberado de narrar desde una distancia que ya ha sofocado el dolor y puede reflexionar con serenidad sobre lo ocurrido. Esa misma distancia hace que el trabajo de los actores, cuya competencia no está en discusión, no consiga en lo interpretativo –solo el de ella en algún que otro pasaje- volver atractivas a sus criaturas ni dejen una huella en la mente que impulse a seguir pensando en ellas.