Entrevista al actor Fito Yanelli

Abril 2019

Entrevistas

Con más de cuatro décadas de trayectoria actoral que lo han llevado a abordar un enorme número de roles en teatro, cine y televisión, algunos muy celebrados y otros premiados, Fito Yanelli es uno de esos intérpretes que se ha entregado a su profesión con verdadera pasión y que disfruta a fondo con su trabajo. Transparente, cultivador del bajo perfil, pero teatrero hasta la muerte y siempre alerta para aceptar los buenos desafíos escénicos, disfruta en estos días de hacer a un juez instructor bastante obsesivo en Bacacay o un crimen premeditado, mientras se deleita ensayando uno de los personajes de Príncipe azul, de Eugenio Griffero. De su amor por ese trabajo y algunas otras cosas nos habla en esta entrevista con Revista Cabal, que se desarrolló en las instalaciones Tercer Acto, donde dirige una sala teatral.

Es difícil que un espectador de teatro, cine o televisión no lo haya visto alguna vez en una obra, serie o película de este país. Y aunque en su documento de identidad está registrado como Adolfo Miguel Yanelli, en la vida artística se lo conoce como Fito Yanelli. Y decimos que es difícil no haberlo visto porque a los 63 años, y con una lozanía en su rostro que pugna por desmentir esa edad, nuestro entrevistado ha atravesado ya más de cuarenta años en la profesión actoral y ha intervenido en cerca de cincuenta piezas teatrales, más de treinta y cinco series de televisión y unas veinte películas, lo que no es usual en un gremio como el de los actores tan golpeado por la falta de estabilidad. Fito inició su carrera actoral en 1975 en el Teatro IFT y desde entonces no dejó de abordar toda clase de roles, empezando por los de teatro, para combinar luego esos trabajos escénicos con otros que le fueron surgiendo en la televisión como en el cine. ¿Quién no lo recuerda, por ejemplo, como el López Rega del film Puerta de Hierro, el exilio de Perón; el Alfredo Prada de la película Gatica el Mono o el delicioso Puck de Sueño de una noche de verano en el Teatro San Martín en 1999, por el que fue premiado, entre tantos otros personajes encarnados que se le podrían citar?
     
Desde su aparición inicial en Testimonios, en 1975, hasta el juez de instrucción de Bacacay o el crimen premeditado, su más reciente labor en teatro, sus intervenciones en los diferentes medios han sido múltiples, demostrando siempre una alta ductilidad para adaptarse a las variadas formas que le exigían sus roles. Laburante con plena entrega a un oficio que ama y le ha dado muchas satisfacciones, según confiesa, Fito sigue batallando con ahínco, como la mayor parte de los actores de este país, para poder vivir de su profesión, una tarea que, salvando casos muy notorios, nunca ha sido fácil, pero lo es menos aún en la actualidad. El último de los dos títulos mencionados un poco antes se estrenó el año pasado y sigue con sostenido apoyo de público en su segunda temporada en el Portón de Sánchez. Se trata de una adaptación, escrita y dirigida por Adrián Blanco, de un libro de cuentos del polaco Witold Gombrowicz denominado Memorias del tiempo de la inmadurez. Bacacay, que da título a uno de los cuentos, es el nombre de una calle de Flores donde el autor polaco vivió en una pensión en los primeros años de vida en la Argentina. Se trata de una suerte de thriller de carácter expresionista con una dirección creativa y muy buenos trabajos de composición actoral.
       
En un comentario acerca de cómo se aproximó a este proyecto, Fito contó: “Durante muchos años tuve la costumbre de encontrarme con un grupo grande de actores amigos a jugar al fútbol. Debo confesar que, antes de dedicarme a la actuación, mi sueño era ser jugador de fútbol. Conseguíamos una cancha y ahí íbamos a quemar calorías y divertirnos. Terminado el partido, solíamos juntarnos en algún bar y charlar largo tiempo. Pasaron muchos años y ahora también nos juntamos, pero no en una cancha, sino en la Obra Social de Actores. Bueno, cada edad reclama un espacio distinto, ¿o no? Allí hablamos de las dolencias o los achaques que empezamos a sufrir. Y a mediados de 2017, me encontré con Adrián Blanco, que era uno de los que no se perdía de aquellos partidos de fútbol. Y me dijo que había pensado en mí para un personaje de una obra que escribió con Mario Frías adaptando unos cuentos de Gombrowicz. Nunca había trabajado con Adrián teniéndolo como director. Así que me pasó el texto, lo leí y me gustó. No era un material fácil de hacer, pero conociendo el amor y la comprensión que tenía Adrián de Gombrowicz -él ya había hecho tres espectáculos con sus textos (Opereta, Trasatlántico e Historia)- aposté al proyecto. En esta obra él toma una historia de base del libro y la completa con elementos de algunas otras.”
      
De su primera época de formación en el IFT, Fito recordó con especial cariño a su maestro Pepe Bove. “Ese teatro tenía por entonces una muy buena escuela actoral -comentó-. En el teatro independiente de esos años había que saber de todo: iluminación, dirección, atención de boletería. No era solo dedicarse a estudiar interpretación. Y al año de empezar a estudiar (los cursos duraban tres años) hice mis primeros trabajos. Y ya no paré nunca más. Y agradezco haber caído en manos de Pepe Bove y ese hermoso grupo que formó. No es fácil caer en un lugar donde se conforma un grupo que comparte una visión similar del mundo y de la   existencia. Lograrlo contribuye mucho al crecimiento como persona y como artista, por eso siempre le agradecí a la vida haberme permitido ingresar a un grupo como el del IFT. Ahí empecé a tener una mirada más comprometida, más social de lo que es hacer teatro. Y no sentir tanto el peso del egocentrismo, que es inevitable -y difícilmente un actor carezca de algunos de sus rasgos-, pero desplegado en su justa medida, en la que se requiere para estar bien en un escenario. Después, el teatro, si no funciona en equipo, no anda bien.” 
    
“Más tarde -continuó- tuve la oportunidad de trabajar en el teatro oficial, en el teatro comercial, en cine y televisión, pero de no tener esa preparación que logré en mis orígenes no hubiera podido moverme con inteligencia. Y siempre digo: el tipo de teatro con el que exploto, en que me doy más, es aquel en el que hago lo que realmente me satisface. Y eso suele ocurrir especialmente en la actividad independiente. Mucha gente se llena la boca con los artistas que están en la televisión o en los teatros comerciales, pero yo digo que esto, en la Argentina, es apenas la punta del iceberg. En el país hay un continente debajo de eso, del que se nutre todo lo demás. Y no es un ambiente fácil, ya se sabe. Por eso repito cada vez que tengo la oportunidad: a mí me gusta jugar en el potrero, con camiseta, con buena pelota, y si hay césped mejor, pero nunca me olvido del potrero y agradezco haber crecido allí. En el potrero teatral. Por eso, cuando tengo una producción como ésta que se armó en Bacacay o el crimen premeditado que te pone a prueba lo siento como un mimo.”
    
Le comentamos a Fito se ha podido vivir siempre de la profesión y nos contestó: “Esta, como se sabe, es una profesión cambiante, no demasiado estable. Por tramos he podido vivir de la profesión, por tramos he mantenido alguna otra cosa que, junto al trabajo actoral, en el que siempre tuve continuidad, me permitió sobrevivir con más desahogo. En nuestra profesión no siempre se puede vivir exclusivamente del trabajo escénico, sobre todo cuando hay que formar una familia o atender determinadas necesidades. Durante varios años tuve distintas ocupaciones, pero desde hace 20 años decidí poner una sala de teatro primero y luego acompañarla con una sección gastronómica, eso hasta caer acá, en lo que hoy se llama Tercer Acto, en Avenida de Mayo 1156, que funciona desde 2003. Antes estábamos en San Telmo, en Piedras y Chile. Allí se llamó primero El sótano de Gardone y luego La Clac y luego, al mudarnos acá, primero se llamó La Clac y ahora Tercer Acto. Pero yo ahora y desde hace un tiempo me abrí de la parte gastronómica, acompaño pero no tengo responsabilidades. Y estoy al frente de la sala, que está abajo, y enseño teatro, además, en el Sindicato de los Trabajadores de la AFIP. Lo hago hace seis años con distintos grupos y me gusta mucho hacerlo.”
    
“Y acá trabajamos, como la mayoría de las salas independientes, hacemos todo lo posible para sobrevivir -siguió-. Estamos adscritos a ARTEI y tenemos un apoyo del Instituto Nacional de Teatro y Proteatro, que es cada vez es más exiguo, porque si bien fueron aumentando las partidas, la devaluación y los aumentos de las tarifas las redujeron muchísimo. Hacemos algunas obras, alquilamos la sala para ensayos, etc., a fin de lograr ingresos suplementarios. Pero la situación está bravísima. Tendríamos que estar acorazados después de tantas crisis, pero en este país salimos de una y luego no podemos entender por qué entramos en otra, es difícil explicarse porque la gente acepta ciertas propuestas que la llevan de nuevo al abismo. Y eso es muy desalentador. Tropezar con tanta frecuencia te deteriora en lo anímico. Otra vez lo mismo, la misma película. Y lo peor es que después te echan la culpa a vos. Te hablan de la fiesta. Y yo digo: si hubo fiesta la pagué yo, pero nunca entré en ella. ¿Cómo es? Me la haces pagar a mí y te divertís vos. Lo que pasa es que para ellos que vos, a través de tu trabajo, consigas estar bien y consolides derechos, vivas como debe vivir un ser humano, es una fiesta. ¿Cómo se entiende? ¿Debemos volver entonces a la Edad Media o a la esclavitud? Irme quince o veinte días de vacaciones, poder mandar a mi hijo a la escuela, tener salud, salir a comer o ir al teatro o cine, ¿eso es la fiesta? ¡Qué pensamiento retrógrado, cavernario!”
       
Fito está ensayando ahora, Príncipe azul, una obra de Eugenio Griffero que se estrenó en 1982 en el segundo ciclo de Teatro Abierto. “Es una obra encantadora -dijo refiriéndose a ella-. La leo y la leo y me fascina a cada momento. Me acuerdo de haberla visto con Jorge Rivera López y Villanueva Cosse, en una versión inolvidable. La vi y quedé hechizado. Hacerla ahora es un regalo maravilloso que me hace el teatro. Comparto el dúo de actores que interpretan la historia con Edgardo Moreira y la dirige  Thelma Biral, que es la primera vez que asume esa función. Es un equipo lindo y vamos a ir al Teatro Regina todos los martes. Y luego saldremos en gira. El generador de todo el proyecto es Víctor Agú. Hoy, mientras hacíamos lectura, el texto nos emocionaba a todos. Estamos muy contentos. Se estrenará, calculo, a comienzos de junio.” Evocando Teatro Abierto, hay que decir que Fito estuvo como actor en todas las versiones de ese gran ciclo del teatro nacional, empezando en 1981 con El que me toca es un chancho, de Alberto Drago, obra que llegó a hacer en el viejo Picadero, antes de que lo incendiara la dictadura.
     
¿De jubilarse ni hablar?, le consultamos. “Para un actor, para un tipo independiente, no existe la jubilación -respondió-. Y no digo por la plata, que es poca, como sabemos. Es que para nosotros, que siempre hemos tenido que laburar, a menudo sin vacaciones, que salimos de un lugar y vamos al otro -la misma necesidad de trabajar te lleva a no dejar vacíos-, lo corriente es buscar laburo, no retirarse a descansar. Ni se me pasa por la cabeza. Y eso que me falta un año y medio, siempre que no se les ocurra alargar la fecha para acogerte al retiro. La vida útil también se ha extendido, tanto para el ciudadano común como para los actores. Y, aunque la edad me ha templado más, cada reto atractivo de la profesión me enciende el corazón. Lo de Príncipe azul, por ejemplo, me plantea un cambio abismal en el rol respecto de lo que hice interpretando al juez instructor de Bacacay o un crimen premeditado. Y esos desafíos me apasionan. Ese juez, que se va volviendo loco con la investigación, al principio parece muy formal. Pero se le mete en la cabeza que hay un culpable y no para hasta encontrarlo, aunque el amigo ha fallecido según todos los indicios de muerte natural. Y, claro, en este tratamiento hay sin duda una mirada irónica hacia la justicia, la que imparte el hombre a pesar de la ley. Muestra hasta dónde puede llegar la subjetividad del juez en su trabajo de interpretación, algo que tiene bastante contacto con lo que hoy ocurre.”
      
En relación a algunos de los muy buenos personajes que hizo en televisión, evocó en primer lugar el trabajo hecho en Sin condena. “Me gustó mucho ese personaje -puntualizó-. Eran ciclos muy lindos los que se hacían por ese tiempo y mucha gente se acuerda bien de ellos. Hay varios, Los miedos, Los buscas y otros. Ahora hace bastante que no trabajo en TV con un personaje que tenga cierta continuidad, cierta historia, sí he hecho algunos bolos, pero facturar por un bolo ya no me gratifica tanto. Y después en teatro, hice sí muchos papeles que me encantaron en Tamara, Baile de ilusiones, Al perdedor, Réquiem para un viernes a la noche, Los siete locos, Relaciones peligrosas, Memorias de un infierno, Sueño de una noche de verano, que me valió un premio de ACE, igual que con el juez de instrucción de la obra que hago en estos días, El conventillo de la Paloma, Las de enfrente o God. Qué se yo, son más de cincuenta obras y seguro que me olvido de muchas. El anteaño pasado estaba haciendo tres o cuatro piezas a la vez. Ahora el problema es no olvidarte la letra. He tenido continuidad. No he parado nunca, eso es salud. Y soy un agradecido por eso. Me saqué el Premio Podestá, que es una distinción que te otorgan tus pares, cosa que me hizo pensar en que tan mal no debo haber estado en mi carrera. Creo, en fin, haber tenido una carrera satisfactoria, aunque siempre se quiere más. De todos modos, no me duermo en los laureles y ejerzo una autocrítica feroz sobre mis trabajos. Y tengo la sincera convicción de que cada día puedo aprender algo nuevo. Lo que sí, me siento con más dominio de mí mismo y dosifico mejor mis energías, sé que la obra dura una hora y cuarto o algo más y que hay que jugarla más tranquilo, recorrerla, gozarla. Antes quería devorármela. Y, además, trabajo en lo que quiero. El teatro independiente podrá hoy no darte plata, pero te concede la oportunidad de hacer trabajos que te llenan el alma de regocijo.”
                                                                           Alberto Catena