Entrevista al escritor Sergio Olguín

Agosto 2017

Entrevistas

De su saga protagonizada por la periodista Verónica Rosenthal se estrenó este año una versión televisiva de La fragilidad de los cuerpos. Y acaba de publicar 1982, una novela que transcurre durante el conflicto de Malvinas y que reescribe el mito de Fedra, la mujer que se enamora de su hijastro mientras su marido va a la guerra. De estos temas, de sus mujeres protagonistas y de su condición de escritor popular y trabajador de la cultura habló con Revista Cabal.

Antes de ser el escritor exitoso que es, Sergio Olguín se dedicó al periodismo por casi tres décadas. Pero el escritor estaba allí, primero agazapado, a la espera de la oportunidad de la ficción, después ya con el sueño concretado, cuyo primer capítulo fue su período de estudiante de Letras. El ámbito de la cultura y los libros no le resultaba ajeno, toda vez que, como periodista, había transitado el tema en diarios (escribió en Página/12, La Nación, Crítica de la Argentina, El País de Montevideo y Tiempo Argentino) y revistas (fue editor en El Guardián, jefe de redacción en Lamujerdemivida y fundador de Con V de Vian y El Amante del Cine). En 1998 publicó el libro de cuentos Las griegas y en 2002 su primera novela, Lanús, que lleva el nombre del barrio donde creció, escenario de una historia policial que lo sumergiría en el género. Después llegaron la novela Filo (2003); los juveniles El equipo de los sueños (2004) y Springfield (2007); Oscura monótona sangre (2009, con la que ganó el Premio Tusquets); el infantil Cómo cocinar un plato volador (2011, ganador en Alemania del White Ravens), y la saga de Verónica Rosenthal —La fragilidad de los cuerpos (2012, llevada este año a la televisión), Las extranjeras (2014) y No hay amores felices (2016), varios de ellos traducidos al alemán, francés e italiano. Acaba de publicar 1982, la historia de amor entre el hijo de un militar que fue destinado a las Malvinas durante la guerra y su madrastra. De este y otros temas habló con Revista Cabal:

 

• ¿Qué tuviste primero para escribir 1982? ¿La historia de Fátima y Pedro, Malvinas, la dictadura en retirada pero aún presente? ¿O convergió todo al mismo tiempo?

Hacía años que quería contar una historia basada en la tragedia de Racine, Fedra, que antes y después tuvo muchas versiones. Básicamente la historia de una mujer que se enamora de su hijastro mientras el marido está en la guerra. Nunca pude avanzar mucho con ese argumento hasta que me di cuenta de que ese esposo militar en mi versión debía ser un militar de la dictadura. Eso me llevó directamente a Malvinas porque coincide con el ir a la guerra del padre en la tragedia original. Una vez que tuve claro el contexto histórico, la novela se armó sola. Con otro importante cambio: no quería que fuera ella la única que se enamora sino que fuera un amor loco de ambas partes, madrastra e hijastro.

 

• Hay un regreso constante de la literatura argentina actual a los años de la dictadura y en menor medida a los de la crisis de 2001. ¿Qué ventajas ofrecen esos escenarios históricos? ¿Son útiles para la catarsis? ¿Funcionan como ayuda memorias? ¿Sirven como contextos dramáticos?

Hay libros que se escriben en el fragor del momento y otros que necesitan años para poder hacerse cargo de determinadas situaciones históricas. Hubo un momento, justamente entre fines del menemismo y los primeros años del 2000, que se puso de moda escribir sobre la dictadura, tal vez porque eso resultaba menos angustiante o polémico que escribir sobre lo que estaba pasando en ese momento. Y sin embargo, el tema no se agotó porque la dictadura es un momento atroz que no se supera con dos o tres novelas pensadas para una tesis en alguna universidad norteamericana. Creo que es un tema que está lejos de agotarse. Lo mismo ocurre con el 2001. Esa crisis fue un momento culminante de la realidad argentina y es lógico que la literatura vuelva sobre ese año tratando de comprender y de hacerse cargo de lo ocurrido. Ojalá haya más libros, más ficciones que hablen de esos dos momentos y también de todo lo que nos viene ocurriendo en estos años.

 

• ¿Tenías al mito de Fedra como asignatura pendiente? ¿Hay otros mitos sobre los que te gustaría trabajar, que te gustaría “reescribir”?

Bueno, mi primer libro se llama justamente Las griegas (que se reedita después de veinte años ahora, en octubre). Ahí ya había un intento de trabajar con los mitos griegos. Sin embargo, de los cuentos que escribí sobre ese tema, la mayoría quedó fuera del libro. No siento que haya quedado alguno que me interese reescribir, pero nunca se sabe. Lo bueno de esas historias clásicas es que siempre son actuales y uno las puede retomar en cualquier momento. 

 

• Con esta novela pusiste en pausa a tu heroína Verónica Rosenthal, pero el personaje sobre el que hace eje la historia también es una mujer, y de una fortaleza particular. ¿Qué tienen ellas que no tengamos nosotros? ¿Qué es lo que te atrae del llamado “universo femenino” a la hora de pensar una novela?

No creo que sea algo que las mujeres tengan y los varones no. Creo que pasa por cierta obsesión personal a la hora de escribir. Me interesan los personajes femeninos que se rebelan contra la situación que tienen que vivir o con el lugar que la sociedad les ha dado. Eso es bastante reiterativo en mis novelas, incluso en mis novelas para adolescentes. Del universo femenino me atrae todo: su sexualidad, su comportamiento social, su forma de pararse ante la vida, el entramado familiar desde la perspectiva femenina. Me gusta escribir sobre esos personajes.

 

• ¿Volverá Verónica Rosenthal?

Sí, va a volver. Habrá una cuarta novela con ella de protagonista, y espero que muchas más. 

• Alguien que era adolescente durante la Guerra de Malvinas y luego fue estudiante de Letras es una descripción que podría ser, muy parcialmente, la tuya. ¿Cuánto tiene Pedro de tu propia historia?

Pedro se parece poco a mí, o al menos es lo que creo. Compartimos el gusto por la literatura y por la revista Humor, pero nunca fui muy fan de ese universo surrealista al que él adscribe. Y por ser yo más joven me influyeron libros que él no había leído todavía (Respiración artificial, de Piglia, las novelas de Enrique Medina). Además él es de Spinetta y yo siempre fui de Charly, dicotomía que hoy suena insustancial pero que entre 1980 y 1984 estaba bastante en vigor. 

 

Hay, además, una reconstrucción de época de una gran verosimilitud, que solo parece posible de recrear por alguien que realmente la vivió. ¿Es así?

Para reconstruir la época utilicé mucho mis recuerdos. Yo tenía quince años y a esa edad las cosas se graban a fuego en nuestra mente. Así y todo algunos datos los tuve que chequear (por ejemplo, en qué momento Puerto Argentino dejó de llamarse Puerto Stanley). 

 

• Más de una vez reivindicaste tu obra como literatura de entretenimiento y de tu trabajo como el de un escritor popular, al menos en la temática y en los personajes. ¿Es una estrategia de diferenciación o un gusto personal? ¿Es una elección que también hacés como lector?

Si la literatura no entretiene, no cumple con su principal finalidad. Salvo los estudiosos o los críticos literarios, el resto de la gente lee para entretenerse. Hay gente que prefiere hacerlo con Proust y otros con Tom Clancy. Y muchos otros con autores lejanos a Proust y a Clancy. Yo considero vital que mis lectores se entretengan mientras leen mis libros. Si además de eso consigo compartir un universo con ellos, establecer una tensión entre sus ideas y las que expresa el libro, si consigo que sientan (enojo, placer, miedo, alegría, etc.) y si incluso consigo ser parte de sus vidas, me siento más que feliz. No escribo para los críticos literarios, ni para los profesores de la carrera de Letras. Me tienen sin cuidado. En cambio, me interesa y mucho saber qué le pasó a cada lector con mis libros. Yo también busco autores que me entretengan y los encontré en gran cantidad: Cervantes, las Margaritas (Yourcenar y Duras), Borges, Fontanarrosa, Gandolfo, Sylvia Plath, por nombrar solo a los primeros que se me vienen a la cabeza; son entretenimiento puro. 

• A diferencia de buena parte de la literatura argentina contemporánea, donde es muy fuerte el peso de las ideas, las reflexiones y cierta experimentación, en tus novelas hay un mayor peso de los personajes, las historias, los hechos y los lugares reconocibles, lo que las convierte en bastante cinematográficas. ¿Te sorprendió el interés por llevar a la pantalla La fragilidad de los cuerpos? ¿Estás satisfecho con el resultado o, como sucede mayormente, te gustó más el libro?

Creo que no es necesario renunciar a las ideas, ni a las reflexiones, ni siquiera a la experimentación, siempre que el resultado sea logrado. Mi escritura está muy influida por el cine y la televisión. Me encanta Dostoievsky pero ya no se puede narrar de esa manera. Pero el hecho de que una novela esté influida por el universo audiovisual, no la hace fácil para ser adaptada. Yo estoy contento con el trabajo creativo que hicieron otros (el guionista Marcos Osorio Vidal, el director Miguel Cohan) de La fragilidad de los cuerpos. La serie es una obra de ellos donde resuenan las voces de la novela que yo escribí.  

 

• Tu escritura es muy cinematográfica. ¿Es el resultado de haber visto mucho cine, de que te resulta más atractivo o sencillo “contar con imágenes”, de ambas cosas o de ninguna? ¿Estás “viendo” la historia a medida que la escribís?

Claro, es lo que te decía. La presencia del cine y la televisión (series, telenovelas) está en mi forma de narrar, en cómo estructurar un libro, en las estrategias narrativas para mantener atrapado al lector. Creo que nuestra imaginación se volvió más visual, pero por otra parte eso evita que lo que uno escribe sea menos descriptivo. Antes debías describir cómo era una catedral, o cómo era una montaña porque  muchos lectores no habían visto una y no podían armarse esas imágenes sin el incentivo del escritor. Hoy basta con nombrarlas y el propio lector arma su propia película. Así, los autores nos concentramos en otras descripciones, más íntimas, más interiores, menos turísticas.

• Trabajaste muchos años en periodismo y al mismo tiempo escribías ficción. ¿Sentís que hubo algún tipo de “contaminación cruzada” entre ambos mundos? La precisión de algunos detalles, como los de la trilogía de Verónica Rosenthal o de 1982 ¿puede tener que ver con el rigor que necesitabas en tus años de periodista?

Tal vez contaminación no es la palabra más adecuada, pensando en su sentido negativo. Sí hubo una gran influencia mutua. El periodismo te enseña a narrar de manera clara, te permite tener en mente una estrategia de escritura (qué quiero contar, cómo, para quién) y, sobre todo, te quita el miedo a la página en blanco. En cuanto a la precisión de los detalles en mi novela no es mérito del periodista (siempre fui un periodista bastante vago), sino del escritor que hace creer que es un detalle verdadero lo que no es más que ficción. 

 

• ¿Intelectual o trabajador de la cultura? ¿En cuál de estas dos posiciones te gusta jugar?

Depende la perspectiva o de lo que estemos hablando. Soy un escritor que formo parte de los trabajadores editoriales, como el traductor, el editor o la recepcionista de una editorial, entre otros. Desde esa perspectiva laboral están mis preocupaciones: conseguir que los contratos de edición no abusen de los autores, que en algún momento las editoriales se hagan cargo de la seguridad social (como ocurre con las empleadas domésticas, por ejemplo), que haya controles a las ventas y las tiradas de los libros. Estamos muy lejos de conseguir todo esto, pero más vamos a tardar si seguimos creyendo que los escritores son seres desprendidos de la estructura laboral del mercado editorial.  

 

Foto: Alejandra López