Entrevista con Ana Franchi

Octubre 2017

Entrevistas

Investigadora del Conicet desde hace cuatro décadas y directora del Centro de Estudios Farmacológicos y Botánicos en proyectos de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, la doctora Ana Franchi es una de las voces más autorizadas, por su lucidez y su vasta experiencia en el medio, para reflexionar sobre los preocupantes problemas que se vienen suscitando en el campo del área de la ciencia del país y de los que el no ingreso a fin del año pasado al Conicet de los jóvenes que habían aprobado el concurso y estaban habilitados para hacerlo  –asunto que dio lugar a distintas movilizaciones- es solo un botón de muestra. En un diálogo muy productivo que mantuvo con Cabal, esta profesional dio un claro panorama de la situación por la que atraviesa el sector en este momento y de las consecuencias que han provocado algunas políticas de ajuste allí practicadas. 

Después de las últimas movilizaciones de los científicos que no entraron en la carrera de investigador en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), se entró en una etapa de negociación con el ministerio de Ciencia y Tecnología. ¿Qué resultado han dado hasta hoy esas negociaciones?

Lo que pasó después de diciembre pasado es que se les dio a todos estos jóvenes, que habían aprobado el concurso y no ingresaron en el organismo, una beca postdoctoral de Conicet hasta fin de este año. Y la idea era que íbamos a tener una mesa de seguimiento entre el ministerio, el Conicet y las distintas organizaciones que participaron en las movilizaciones para ver cómo estos jóvenes encontraban su nueva ubicación. El compromiso era que contarían con un trabajo equivalente en salario al que hubieran tenido en Conicet, en posibilidades de promoción y estabilidad y que se respetara tanto el lugar de trabajo como el tema  de investigación con  el que se habían presentado. Nosotros tuvimos tres reuniones hasta ahora. Cuesta mucho lograr esas reuniones, el ministerio tarda bastante en contestar. Hubo casi cincuenta jóvenes que entraron desde entonces por reconsideración de su ingreso. Pidieron que fuera revaluado y consiguieron entrar. Para los cuatrocientos cincuenta restantes, se ha creado un programa con el ministerio de Educación y la idea es que 410 entren en universidades nacionales, mientras que un grupo entrerìa a otras instituciones de c y T como el INTA. El problema está en que lo que les ofrecen a estos chicos son cargos de jefes de trabajos prácticos por dos años. Nada más que por dos años, luego de los cuales tendrán que concursar compitiendo con el resto de los docentes que hay en la universidad. Y eso implica un salario bastante menor.

¿Puede implicar también un traslado?

Podría sí implicar también un traslado o no. Porque hay universidades que no tienen espacio y si no se los aceptan no se respetaría el lugar de trabajo y es posible que tampoco el plan de investigación que ellos presentaron. Eso significaría: menos plata, mayor inestabilidad y la posibilidad de que se creen fricciones en las propias universidades. Hay muchas de estas casas de altos estudios que tienen desde hace muchos años docentes ad honorem (la Universidad de Buenos Aires es uno de esos lugares) y esos jóvenes podrían aparecer como personas que reciben un  cargo docente sin concursar. Y eso crearía fricciones. Hasta el momento estamos discutiendo ese plan. Hubo una contrapropuesta de los afectados –es la denominación que estos jóvenes se dan a sí mismos- en la que pedían participar en las negociaciones con las universidades y se les dijo que no. Pedían que el cargo fuera más alto para tener un salario equivalente y que hubiera un compromiso de las universidades para que, luego de los dos años previstos, se hiciera un concurso semicerrado, o sea que se pudiera realizar en determinada línea de investigación para que ellos pudieran de ese modo salir favorecidos. En ese estado están las cosas, hasta ahora no se avanzó nada.

¿Y con las universidades se habló?

Hubo conversaciones con distintas universidades. La última vez que estuvimos en el ministerio nos dijeron que unas 35 universidades nacionales habían aceptado entrar en esto, pero las características de lo que se está negociando con cada universidad todavía no las conocemos. Y habría otro grupo de jóvenes que entrarían en entidades estatales como el INTA y otras. Estos serían entre cuarenta y cincuenta, pero tampoco conocemos las condiciones en que lo harían. Lo que sí, salvo el caso de los que han entrado por reconsideración, hecho que ocurre todos los años, no se ha aceptado que ingresen al Conicet, que es el lugar donde estaban, porque si presupuestariamente se tenía la plata no sé por qué razón no se aceptó que entraran allí en un concurso que ganaron.

Muchas voces dicen que el gobierno esconde detrás de estas medidas un plan de ajuste en el campo de la ciencia. ¿Usted comparte esta opinión?

Sí, claro. Primero, es claro que la actual no es una continuidad de la política de Ciencia y Técnica que venía llevando a cabo el gobierno anterior y que los nuevos gobernantes dijeron que respetarían por considerarla una política de Estado, incluso dejando en el mismo cargo de ministro al funcionario que estaba hasta entonces, Lino Barañao. Eso no ocurrió. Por lo pronto, en la parte del presupuesto nacional destinado a ciencia, y que en este momento se está ejecutando, hubo una disminución, que no fue tan grande gracias a que nos movilizamos de inmediato para evitar una sangría mayor e hicimos una concentración muy importante el 27 de octubre pasado frente al Congreso. En aquella ocasión logramos hablar con distintos diputados para que no se avanzara tanto en la reducción. Desde el punto de vista de vista del ingreso a carrera venían ingresando por año entre novecientos y mil jóvenes. El año pasado entraron unos cuatrocientos, menos de la mitad. En el área de las becas hubo muchas menos y se supone que habrá menos todavía en este nuevo llamado. En cuanto a los subsidios –un aporte sin el cual nosotros no podemos trabajar porque utilizamos muchos insumos importados-, los  que ya teníamos se fueron pauperizando ante la inflación y la gran devaluación. Además, en un momento podíamos tener dos subsidios –de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT) y de Conicet- y ahora en este nuevo llamado el que tiene uno de Agencia no puede tener otro de Conicet. Ese impedimento se trató de revertir, pero por ahora no se ha logrado. Es decir, se van achicando, reduciendo todas las posibilidades. Y en lo relativo a la construcción de nuevos institutos tampoco se ha avanzado. Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner se construyeron doscientos mil metros cuadrados en laboratorios e institutos. Esto también está frenado.

Eso estaba dentro de la perspectiva que contemplaba el Plan 2020, de incrementar el número de investigadores, ¿no?

Claro, el plan 2020 contemplaba como objetivo aumentar un 10 por ciento por año los ingresos al Conicet para llegar a que hubiera una cantidad de investigadores, en relación a la población económicamente activa, similar a la de los países europeos. Todo eso se cortó. Además, el discurso cambió. Porque se nos dijo en octubre, cuando se nos redujo el presupuesto, que un país con 30 por ciento de pobreza no podía invertir en ciencia y tecnología lo que venía invirtiendo.

Eso es toda una definición. ¿Y es así?

No, se trata de una falacia. Si comparamos con China, vemos que tiene un 60 por ciento de pobreza y su inversión en ciencia y tecnología es, sin embargo, enorme. Es un discurso que se repite hace muchos años sin fundamento. Los que somos un poco más grandes recordamos cuando el ministro Oscar Ivanissevich dijo que los países pobres no podían invertir en tecnología. Esa posición ha sido, en todo tiempo, contraria a lo que necesitaba el país. Si queremos una nación soberana, federal y equitativa, necesitamos tener un desarrollo científico y tecnológico, que es por otra parte funcional a un desarrollo industrial. Pero, claro, tampoco ahora se aspira al desarrollo industrial. Y eso si hablamos solo del Conicet, pero si habláramos de los grandes proyectos científico-tecnológicos que hubo en la década pasada, como el Arsat, o como el que apoyó en Fabricaciones Militares, el desarrollo de aviones, todo eso está también frenado o abandonado. Bueno, la producción pública de medicamentos, que era algo muy importante para acudir en favor de los pobres, no se contempla. Se había conseguido una ley interesante para la producción pública de medicamentos. La propuesta era que, por lo menos, algunos medicamentos esenciales o ciertas vacunas se produjeran para que los hospitales, el PAMI, los centros de salud estuvieran cubiertos de medicamentos esenciales. Bueno, primero se baja el presupuesto en 45 millones de pesos y lo que queda de él no se ejecuta. Y todo eso se corta, va al muere porque compite, obviamente, con empresas privadas, especialmente extranjeras.

¿El presupuesto para ciencia en qué porcentaje está?

Nosotros estamos en un 0,3 por ciento del PBI y la propuesta del partido gobernante, y de Mauricio Macri cuando era candidato a presidente, era llegar, por lo menos, al 1,5 por ciento. Es decir, que lejos de subir, el porcentaje en relación al producto bruto interno bajó y, además, el propio PBI también bajó, con lo cual tenemos menos plata para trabajar en ciencia y tecnología. Ahora, hubo un proyecto en el Senado de Omar Perotti, y Juan Manuel Medina y unos veinte legisladores que para que se aumente gradualmente ese porcentaje del presupuesto dedicado a ciencia hasta llegar a un 3 por ciento en 2030. Se aprobó en la Cámara Alta por 39 votos a favor y 9 en contra del oficialismo. Ahora tiene que ser aprobado en Diputados y luego no ser vetado.

El gobierno argumenta que hay que aplicar una nueva estrategia en el sector afirmando que hay que apoyar más a la ciencia aplicada que a la básica. Se afirma que, bajo esa afirmación, se esconde una política de ajuste en el sector. Me gustaría que me explicara un poco mejor el tema.

No existe ciencia aplicada sin ciencia básica. De modo que dividir de ese modo a la ciencia no tiene validez. Lo otro: ciencia aplicada, ¿para qué país? Se está abriendo la importación a casi todo. Entonces, ¿cuál sería la función de la ciencia aplicada en este país? Ciencia aplicada fueron los grandes proyectos científico-tecnológicos de la década pasada, donde había no solo los grandes proyectos –que es lo que más difusión adquirió-, sino que había también demandas específicas de Pymes que se resolvían a través de distintos elementos que tenía el ministerio de Ciencia y Técnica para poder ayudarlas. Las Pymes hoy están cerrando. Entonces oír hablar de ciencia aplicada por un lado y ciencia básica por el otro nos asusta porque ya ocurrió algo similar muchas veces. Ahora, además, y ante el nuevo ingreso que se convocó para el Conicet y que tendría que estar resuelto en diciembre, se habla de proyectos estratégicos. Y vuelvo a preguntar: ¿estratégico para qué país? ¿Cuál es el proyecto estratégico? Después también nos asusta el proyecto de leyes de mecenazgo porque la sensación que producen es la de una preparación para el retiro del Estado de esta área, con la idea tal vez de que el impulso de los proyectos sea tarea de los mecenas.

Hacer depender el desarrollo de la ciencia de la voluntad de los mecenas es volver la historia varios siglos atrás, previos a la aparición del Estado moderno.

En todos los países del mundo, el Estado es el principal financiador de la ciencia y la tecnología. Y, de hecho, los grandes hallazgos y desarrollos en el campo de la ciencia y la tecnología en el planeta siempre parten de una demanda del Estado. En Estados Unidos muchos de los grandes impulsos a ese sector se han generado a partir de demandas del ministerio de Defensa. Ciertos  desarrollos como varios productos de Apple se han realizado para el Estado, para sus distintos ministerios. Siempre dicen que el IPhone, lo que le puso Steve Jobs fue en realidad una linda carcasa, pero que después se fue desarrollando con distintas demandas. Eso de que me decido y me pongo una empresita como un buen emprendedor es una ridiculez. ¿Cómo me voy a poner en el garaje de mi casa a hacer ciencia? Eso no puede ocurrir nunca con el desarrollo científico y tecnológico. El gran desarrollo de la ciencia y tecnología tiene origen en el Estado, en un Estado con un proyecto  de país, muy distinto, por supuesto, al que tiene la actual gestión de gobierno. Un país que se industrialice, que mejore la calidad de vida de la gente. Yo trabajo en biomedicina y por eso hablo más de eso, porque quiero que se asegure una nación con decisiones soberanas. No deseo que nadie me coaccione para que haga tal o cual cosa en economía como condición para que me den vacunas para la población. Quiero un país que tenga distintos tratamientos médicos, antibióticos y todo lo demás para la gente.

En la década pasada se invirtió también en energía eólica, por ejemplo. ¿Qué cosas se hicieron?

En la Patagonia ese impulso llevó a la creación como de setenta Pymes. Ahora hay una ley para el desarrollo de la energía eólica que prevé que la mayor parte de la tecnología se va a comprar afuera. La ciencia no es una cosa a corto plazo. Eso no ocurre. Nosotros les decíamos a los diputados que si ellos bajaban este año el presupuesto, las reales consecuencias no se verían al año siguiente. Estos quinientos jóvenes de los que hablábamos quedan afuera del Conicet y en empleos precarios. Porque son eso: empleos precarios. Y haberlos mantenido en su lugar no era solo garantizarles el trabajo, lo cual de por sí es importante porque el Estado  invirtió mucho en ellos en las etapas primaria, secundaria y universitaria, sino porque además eran la encarnación de líneas de investigación que al no quedar en el Conicet es muy probable que se corten. Porque, en general, esos jóvenes trabajan para gente también bastante joven, gente que tiene entre 40 o 50 años, que fue apoyada para trabajar y a la que ahora se les saca a los jóvenes que ellos formaron. ¿Qué pasa? Nosotros no queremos sostener una actitud corporativa en la que parecería que solo nos importa que los chicos tengan trabajo. Tienen que tenerlo, obviamente, porque el trabajo de cada persona es respetable, pero además lo que sostenemos está imbricado en la defensa de proyectos que desarrollaban diversos temas de ciencia básica, que a lo mejor a algunos les parecían inservibles, pero que no lo eran para nada. Cuando apareció Vaca Muerta, no fue solo encontrar y ver cómo se sacaba el petróleo, sino cómo eso implicaba al medio ambiente y a toda la población. Eran una cantidad de cosas que se estaban investigando y que ahora sirven. No es que se investiga porque sí, porque es lindo investigar. Sí, es lindo, pero esa actividad tiene siempre finalidades e implicancias que son aprovechables en el tiempo. Además se van preparando jóvenes. Todos los recursos humanos que se forman en ciencia básica o aplicada luego siempre sirven. Pero, claro, en un país que quiera utilizarlos.

¿No habría entonces investigaciones útiles e investigaciones inútiles como dijera hace poco el actual ministro del área y creo que también el presidente de Conicet, Alejandro Ceccatto?

La verdad es que duelen esas palabras pronunciadas por colegas nuestros, porque tanto el ministro de Ciencia y Tecnología como el presidente del Conicet son colegas nuestros, su fuente de trabajo fue siempre el Conicet. A mí, que hace cuarenta años que trabajo en el Conicet me duele muchísimo que salgan a hacer ese tipo de críticas no constructivas. Porque todas las instituciones pueden ser mejores o mejorables, de eso no hay la menor duda. Pero que digan que la entidad está sobredimensionada, que así no sirve, la verdad que a nosotros nos duele. Esas personas se formaron y trabajaron siempre para el Conicet. ¿Recién ahora detectan que esto funcionaba mal? El ministro hace ocho años que trabaja además en su puesto. ¿No se dio cuenta antes de que las cosas no iban bien así? ¿Cómo no lo percibió en otro momento? Eso suena un poco raro. Parece que fuera otra persona. Y como decimos nosotros: cambió un poco su epigenética, pero su genética no, su ADN no se modificó, es la misma persona. Y, de golpe, descubren esto, después de ocho años que ocuparon esos lugares.

Es ponerse al servicio de otra concepción, de una nueva política que antes decían no compartir. Es como aceptar que la cultura, eso que identifica a un país, de pronto no sirve más, que es inútil. O negar la importancia de las investigaciones sociales.

Precisamente, el desarrollo de las ciencias sociales en esta última década fue impresionante. La cantidad de jóvenes que se incorporaron, que se doctoraron fueron muchos.  Antes la gente de Sociales, de Humanidades, se doctoraba más grande. La obligación que impuso el Conicet de doctorarse hizo que montón de jóvenes empezaran a investigar temas muy interesantes, que generan conflictos, como, por ejemplo, los temas de género dentro de distintas instituciones, las investigaciones sobre lo que pasó sobre los tristes años de la dictadura, los cambios  culturales. Las cosas que manejamos nosotros respecto de las que manejábamos hace veinte años son tan distintas, que causa asombro. Han cambiado entre las personas las formas de relacionarse y hasta las formas de hacer política. Estos jóvenes están investigando esos temas y ellos fueron ridiculizados en diciembre por los grandes medios, que se supone que son los más prestigiosos. Son situaciones muy feas las que se viven, porque de hecho se le dice a mucha gente que es inútil, ya si hay personas útiles es porque existen otras que son inútiles. Les dicen que estudian cosas que no sirven para nada. Y cuando vienen personas de la universidad de Columbia, que investigaron tal o cual asunto, salen en la tapa de estos diarios, pero lo hacen los jóvenes nuestros y no sirve. Es muy doloroso cuando se desprecia lo que uno hace, aquello para lo que se preparó.

El biólogo Alberto Kornblihtt decía hace poco en una entrevista que toda esta política a lo que tendía era a reproducir los valores de las escuelas de negocios del hemisferio Norte.

Ese es el modelo, de desprecio por la educación pública. Se dice que “caímos” en la educación pública. Yo estoy orgullosa de haber caído en la educación pública. Y que a mis hijos y la gente que trabaja conmigo les haya pasado lo mismo. Cuando los estudiantes chilenos luchan por la democratización de la educación señalan la educación pública argentina como ejemplo. La educación pública es uno de los más altos logros de la  sociedad argentina.

Fotos: Sub.coop