Entrevista con Esther Díaz

Agosto 2015

Entrevistas

Doctora en Filosofía, investigadora y docente de amplia y prestigiosa trayectoria en el ámbito académico, Esther Díaz es también muy conocida por su producción ensayística y sus artículos en diversas publicaciones sobre temas cruciales de nuestro tiempo. Entre algunos de sus títulos más divulgados se podrían citar La filosofía de Michel Foucault, Posmodernidad, Las grietas del control, La sexualidad, una estrella apagada o el libro de relatos, El himen como un obstáculo epistemológico. En la conversación con Revista Cabal reflexionó sobre asuntos tan trascendentes del presente como la tecnología y su influencia en la vida del hombre, la violencia de género o el empobrecimiento del lenguaje, abordados con una claridad ejemplar. 

¿Qué actitud toma la filosofía frente al cambio tecnológico, frente a las mutaciones que provoca no solo en los hábitos sino también en el plano ontológico, de la subjetividad?
Hegel decía que el exceso de cantidad produce un cambio de calidad. Provoca una mutación ontológica. Mucha acumulación termina produciendo algo diferente. La epistemología, que es la reflexión sobre la ciencia y por lo tanto también sobre la tecnología, tiene distintas vertientes. Pero existe una que es hegemónica, la anglosajona, y se enseña en casi todas las cátedras de la Argentina, con alguna excepción. Mientras tuve cátedra en la universidad fui una de esas  excepciones, como lo son mis libros. Uno de ellos es Entre la tecnociencia y el deseo, que habla  precisamente de este tema. Soy de la idea de que la reflexión de la tecnociencia no puede quedar solo en manos de epistemólogos que dicen que la ciencia es neutra y no tiene nada que ver con el deseo, la ética, que hay que buscar la verdad por la verdad misma. No, cuando tiran una bomba en Hiroshima eso no es neutro. Y eso es producto de la tecnología, de la ciencia. La tecnología es ciencia aplicada. Para la posición anglosajona la tecnología no es tema de la filosofía ni de los epistemólogos, es problema de los que deciden, de los políticos y de los que la llevan adelante. Yo no estoy de acuerdo con esa postura. Creo que en el momento mismo de iniciarse una investigación tendría que haber nociones éticas para ver si se sigue adelante o no.

Un ideal muy deseable pero difícil de lograr. Por lo menos hasta ahora ha sido así.
Por supuesto. Es una utopía, porque si hay investigación es porque sabemos que hay plata y nadie que ponga dinero para una investigación lo va a destinar a un proyecto donde salga algo que esté en contra de sus intereses. Ahora, la Argentina es un caso especial, porque al revés de lo que ocurre en los Estados Unidos y el Primer Mundo en general, la investigación científica está aquí en lo fundamental bancada por el Estado. Hay muy poca inversión de capitales privados. En Estados Unidos es lo contrario. Allí ciertos cargos en la Universidad, que en Argentina se defienden por concursos, los obtienen los profesores que traen proyectos con más dinero y más ligados al desarrollo de la tecnología.

De manera que esa forma de aceptar la tecnología sin importar que fines persiga es lo que ha llevado en parte a esos cambios de los que hablábamos.
Esos cambios ontológicos a los que aludías ya existen de hecho y son los cyborgs. Todos somos cyborgs porque estamos atravesados por la tecnología. Levantarse a la mañana y tomar el primer yogur no es igual a como lo hacían nuestros abuelos, a este yogur ya le inyectaron tecnología. Bueno, tenemos además prótesis dentales, mamarias, marcapasos y distintos dispositivos que cada vez más se introducen en nuestros cuerpos. ¿Qué es entonces un cyborg? Un ser que tiene elementos biológicos, el ser humano por ejemplo, y elementos tecnológicos. Claro, algunos son más ciborgs que otros. El maratonista sudafricano, Oscar Pistorius, que después se convirtió en el asesino de su mujer, tenía las dos piernas artificiales, y corría más rápido cuando lo hacía con sus piernas ortopédicas, tecnológicas, que cuando antes del accidente corría con sus propias piernas. En Estados Unidos se tiene mucho cuidado con los atletas, porque hay gente que intenta mutilarse para adquirir mayor eficacia incorporando mecanismos tecnológicos a su cuerpo. Ya no somos seres humanos puros, quien más o quien menos está atravesado por la tecnología.

Ya la aparición de la cultura en la historia comienza el camino hacia la separación de la naturaleza.
El primer ser humano que utilizó un palo para movilizar una piedra ya iba camino al cyborg. Lo que ocurría por entonces es que esos elementos técnicos (palo, rueda, piedra como arma) no estaban incorporados al cuerpo. Hasta el teléfono celular a pesar de su potencia todavía es exterior. Pero hay otros elementos, como tener un chip en el corazón, que ya están interiorizados. ¿Cuál es la diferencia con el hombre que utilizaba la rueda por primera vez o el palo o la piedra? Que esas técnicas rudimentarias (como el sofisticado celular actual) funcionan todavía como extensiones del cuerpo, cosa que cada vez va cambiando más.
Ahora son introyecciones.

Ese avance de la tecnología a través de los medios de comunicación y entretenimiento ha promovido un avance cada vez mayor sobre nuestras vidas y disponen cada vez más de nuestro tiempo.
Vos recordarás que cuando éramos chicos, existía lo público y lo privado y entre esas dos esferas la separación era neta. En cambio, la tecnología disolvió eso, hasta tal punto que los seres más jóvenes y los no tan jóvenes no se resignan a hacer el amor si no se están filmando. El medio pasó a formar parte de lo más íntimo. Y una vez que se filmó ya no hay más dominio sobre eso, que circula por todas partes, como los hemos visto en distintos casos. Algunas veces se habla de que eso se “filtra”, pero en realidad cuesta creerlo, porque si realmente no se quiere quedar expuesto cuando se hace el amor, se empieza por no filmarse. No existe la privacidad, se borró ese límite. En la modernidad, allá por el siglo XVIII, tiempo de la revolución industrial y la creación del burgués moderno, éste solía tener su negocio delante de la casa familiar. Y aumentó tanto la necesidad que tenía de privacidad ese burgués que llegó un momento, hacia principios del siglo XIX, que el negocio se separó totalmente de la casa. Lo privado quedaba por completo aparte. Y fíjate como en el término de 150 años, más o menos, se difuminó esa diferencia y quedamos prácticamente en un nivel de planicie donde no existe virtualmente la privacidad.

¿Esto es también un cambio ontológico?
Desde luego, porque lo público y lo privado están en un mismo plano. Y eso es, en gran parte,  consecuencia de la tecnología, porque estamos hablando de filmar, de grabar, de espiar.

¿Eso no es inquietante?
Lo es, pero por otra parte, me acuerdo, cuando era joven, el mal que me hacía ver que la gente de edad se asustara de los cambios. Y pensando en eso trato de ser lo menos reaccionaria posible. Entonces digo, es inquietante, pero es una batalla que perderíamos si vamos en contra de eso. Ya un filósofo como Martín Heidegger, a mitad del siglo XX, en una conferencia titulada “Serenidad”, y en varios libros, hablaba del tema de la tecnología. En el momento en que él hizo conocer esa conferencia había ojivas nucleares en la Selva Negra, un lugar que le provocaba a este filósofo una enorme nostalgia. Entonces, allí habla de esa barbaridad y después dice: pero, bueno, no podemos volver a Cromañón, a una posición romántica negadora de la tecnología. Y para eso tenemos que pensarla. Y el recaudo que podemos tomar es no hacer las cosas porque se hacen, porque se usan o porque se dicen, sino pensarlas. Y si después de hacer una consideración conceptual se llega a la conclusión de que, por el medio en que se vive, por placer o por razones laborales esa tecnología se necesita, está bien, hay que usarla, pero sabiendo que somos nosotros quienes la manejamos y no que el proceso se da a la inversa. Por ejemplo, si los integrantes de una pareja se juntan a cenar en un restaurante y no se hablan durante la comida, porque cada uno se ocupa de su celular, es porque la tecnología los invadió. Pero, si se va a cenar y se apaga el celular para charlar con el otro, entonces es uno el que maneja las riendas. Para eso, dice Heidegger, hace falta serenidad, no podemos volver atrás, ni queremos perder el tren de la historia, pero tampoco volcarnos ciegamente a la tecnología, dejarnos esclavizar por ella. Es como en todo, ¿no?

En el amor ocurre otro tanto.
Así es. Hay que dedicarse al amor, pero si se tiene una relación simbiótica, surgirán sin duda problemas. Con la tecnología lo mismo. Está instalada y frente a ella no reaccionamos como picapiedras que queremos volver al pasado. Pero sí deseamos que nuestro pensamiento las atraviese y que, como seres humanos libres y autónomos, podamos manejarlas y decidir sobre ellas y no al revés. Porque si se sufre un problema en el corazón y se necesita un aparatito para mejorar su funcionamiento hay que aceptarlo, si es que se quiere seguir viviendo. Uno también puede decir que no: respeto totalmente la decisión del que se niega y prefiere morir. El ser humano es libre para vivir o para morir.

Esta tarea de proceder en la conducta diaria con serenidad y autonomía, la palabra ha tenido mucha importancia. Esa esfera ha perdido terreno, ¿no lo crees?
No creo que la palabra haya dejado de circular, lo hace más que antes, pero está muy bastardeada. Esas personas que se pasan todo el día con el celular se envían mensajes y usan por lo tanto la palabra. A menudo ocurre con los jóvenes que si se los llama no te atienden, pero sí lo hacen si se les manda un mensajito. Ahí te responden. O sea, que utilizan palabras, pero muy bastardeadas, basta fijarse en el lenguaje que utilizan. Tienen palabras que inventan, otras que achican, abreviaturas aberrantes, no siguen las reglas del idioma, no tienen ni ideas de los acentos o de gramática en general. No es que la palabra se desechó, sino que se degradó. Yo, personalmente, a pesar de que soy escritora, no tengo un blog, porque mi costumbre es corregir y corregir. Corrijo a morir, así mande un mail. En cambio en las redes se escribe a pluma alzada.
No hay reelaboración, se escribe como se habla.
Giles Deleuze decía que la palabra hablada es sucia. En cambio, la palabra escrita es limpia. Lo decía en el siglo pasado, todavía no había visto el fenómeno de los actuales medios de comunicación. Si doy una clase y cometo un error lo percibo en general luego. En cambio, si escribo un libro, puedo corregirlo mil veces y después me lo corrige otra persona. Entonces, sale, dentro de los límites de cada uno, una palabra de excelencia. En un blog, salvo que seas un genio, es muy difícil que se escriban palabras de excelencia. La conclusión sería entonces: proliferan las palabras, pero oscila su calidad.

Una última pregunta, respecto de la violencia de género, tema que abordas con cierta regularidad. ¿Es un fenómeno de siempre o es que ahora está más visibilizado?
Me parece que es un tema de vieja data que hoy se ha visibilizado más debido a la difusión que ha tenido en los medios. Gracias a éstos, que tienen muchas cosas malas, pero también buenas, la población va tomando más conciencia del problema. Pero también esa difusión ha operado en otros sentidos no deseados. No es casual, por ejemplo, que el año en que una estrella de rock mató a su mujer quemándola viva se produjeran 170 femicidios de la misma modalidad. ¿Esos violentos no hubieran maltratado a su mujer de no haber visto lo que transmiten los medios? El violento es violento, no asume esa condición por ver un programa de T.V., no podemos ser tan ingenuos. Pero su violencia suele adquirir sí las características de la tendencia dominante. Ahora, de vez en cuando aparece una mujer quemada, pero hubo un año en que la cifra fue escandalosa. Creo que la violencia siempre existió y que las mujeres, así como eran hipócritas porque la sociedad les enseñaba a ser así, también hacían la vista gorda si sabían que el marido las engañaba y mucho más si las golpeaba. Mi mamá, que tiene 98 años, cuando fue lo de Ni una menos, ocasión en que aparecí en televisión para hablar del tema, me dijo: ¿y, qué se gana con eso? Y tuve que tomarme un largo rato para explicarle, a pesar de que está lúcida, acerca de que ese día tal vez no se ganara nada, pero por lo menos se instalaba el tema.

Es indispensable que el tema se instale para caminar hacia su solución.
Es verdad, pero a veces hay que tener cuidado cómo se lo instala. Hace un tiempo escribí un artículo en Clarín que tenía por título “Fui una mujer golpeada”. Y pienso que ese trabajo pudo haber influenciado en algunas mujeres que luego aparecieron contando historias similares. Frente a eso, hay personas que, con la mejor voluntad, afirman que ante un hecho así lo que se debe hacer de inmediato es denunciar. Y yo pienso que eso puede ser un arma de doble filo, porque si no fíjate cómo han muerto ya varias mujeres desde que se hizo aquella marcha. Entre otros motivos porque cuando la mujer va a denunciar al golpeador y luego vuelve a su casa, el hombre la golpea más. Creo que se le debe decir a la mujer que denuncie si ya hay un sistema estatal y social que la proteja, pero no es aconsejable si ella debe volver a su casa sin protección. Los femicidios existían pero pasaban más desapercibidos. Por eso, cuando se habla del tema me gusta hacer una diferencia entre modernidad y posmodernidad.

¿Cómo es?
La modernidad, según mis análisis, termina a mitad del siglo XX. ¿Por qué? Porque es cuando aparece la informática y ahí estamos ya en otra época. La modernidad que comienza en el Renacimiento y termina en mitad del siglo XX era hipócrita. Los burgueses predicaban moral, no importa lo que ellos hicieran, siempre y cuando procedieran a escondidas, sin que se viera o se notara. Las mujeres aunque supieran que los maridos las engañaban (o las abofeteaban) ocultaban esos hechos para que no tomaran estado público. En cambio, la posmodernidad es cínica, en el sentido filosófico de esa palabra: decir la vedad sin tapujos. Los argentinos tuvimos dos presidentes exponentes de esas actitudes: Fernando de la Rúa, que era moderno y por lo tanto hipócrita, y Carlos Menem que era cínico, o sea posmoderno. A ambos presidentes les adjudicaron aceptar que sus hijos se copiaran en la Universidad. ¿Qué dijo De la Rúa frente a esa acusación? No, mis hijos no se copian, pongo las manos en el fuego por ellos. ¿Cuál fue la respuesta de Menem? Y, bueno, quién no se copió alguna vez. Ahora se dice todo sin anestesia, se muestra todo, y por eso creo que violencia de género hubo en todas las épocas, pero antes de la explosión mediática pasaba más desapercibida. 
                                                                                                                      Alberto Catena