Entrevista con Eva Halac

Noviembre 2018

Entrevistas

En una animada y agradable conversación con la dramaturga y directora teatral Eva Halac, Revista Cabal dedicó gran parte de este diálogo a analizar su último trabajo para el escenario, J.Timerman, estrenado hace pocas semanas en el Centro Cultural San Martín. Titiritera durante un largo período, la artista escribe y dirige teatro, además de desempeñarse como curadora de programación en el Teatro Regio.

La acción de la obra transcurre en octubre de 1971, en los días previos al casamiento del que fue conocido cantante  Rimoldi Fraga con la hija del general Lanusse, y se extiende durante la fiesta que se realizó en la famosa quinta presidencial de Olivos. Por ese tiempo, Lanusse era fuertemente atacado desde el periodismo por el diario La Opinión. Este matutino creado por el talentoso y polémico profesional de la prensa que fue Jacobo Timerman, inspirándose en el rotativo francés Le Monde, había salido a la calle apenas cinco meses antes, un 4 de junio, bajo la consigna “el diario para una inmensa minoría”, ideada por el escritor Pedro Orgambide. Y ya su presencia generaba revuelos en los pasillos del poder por sus filosas críticas. La línea editorial del matutino, cuya redacción juntaba a lo mejor del periodismo de entonces, se definía así: a la derecha en economía, centrista en política y a la izquierda en cultura. 

Esta personalidad tan contradictoria, con sus variadas luces y sombras, es el eje de la nueva obra teatral escrita y montada por la dramaturga y directora Eva Halac, una ficción real –así la ha denominado- similar en sus características de género a lo que fue Café irlandés, un texto que estrenado hace cuatro años atrás imaginaba un encuentro entre dos figuras también muy recordadas del periodismo argentino: Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez. La nueva pieza se denomina sin más: J.Timerman, como para no dejar dudas de quién es el personaje central de su trama. 

Según afirmó Eva Halac en otras publicaciones en las conductas de Timerman se reunían muchas de las contradicciones de la época que, en embrión, contenía algunos de los rasgos de lo que vendría después. Como si la inquietud de una generación de intelectuales de esa época hubiera puesto su mirada fuera de foco respecto de la realidad, cargándola de un ingenuo romanticismo y de grandes ideales pero sin evaluar las condiciones concretas sobre las cuáles operar. Y que esa contradicción estaba expresada en ese diario de Timerman. Esto es lo que Eva Halac trató de reflejar en su pieza, sin pretender bajar línea política, sino reflejando de la manera más teatral posible un comportamiento de época anticipador de otros tiempos en el que el espectador se puede detener a reflexionar, mientras se entretiene.

Para ampliar algunos de estos puntos de vista, un cronista de Revista Cabal conversó con la autora y directora en el café del Centro Cultural de la Cooperación días atrás, mientras saboreaban un café. Lo que sigue es una síntesis de esa charla.

¿Qué fue lo que te atrajo de Timerman para llevarlo al teatro?
Que fue un personaje muy teatral y por eso fascinante. Y el teatro funciona con personajes. Si bien es una obra que está planteada desde lo coral, quería que fuera una obra con personajes. Los personajes permiten esa dimensión de lo humano que se busca en el teatro, esa dimensión donde el héroe dramático enfrenta y sobrelleva todas esas circunstancias que vive de una manera particular, distinta a la de un mortal común. A mi entender la visión del héroe dramático es superadora de la visión convencional. Por eso me robé ese capítulo de lo real, relacionado con un rasgo de él, para la ficción. Porque creo que allí, en eso que refleja la obra, hay algo de los interrogantes, consignas y contradicciones que continúan vivas hoy, tal vez ampliadas incluso.

Son personajes contradictorios donde se concentran muchas conductas humanas.
Tiene algo maravilloso que es esa búsqueda desesperada de la verdad. La verdad en sí mismo, en el interior de su espíritu. Y esa búsqueda es paciente y atropellada a la vez y pone al personaje en un peligro constante.

Una existencia de riesgo.
Y abismal. Permanentemente abismada. Es un personaje que se podría haber quedado en un lugar tranquilo, de comodidad económica y sin agitar olas. Y, sin embargo, se expone. Esa exposición a mí me conmueve. Me conmueven las personas que se exponen y no las que se cuidan. Él no se cuidó. Desde luego en esa actitud de no cuidarse arrastra también a personas y esos vínculos y esas situaciones llevan a un trance dramático, donde los principios y las creencias se ponen en juego, donde cada movimiento y paso generan un nuevo desafío emocional, ideológico, una negociación con los demás y consigo mismo. Y eso es también teatral.

Más allá de sus desplantes con la gente y las broncas que generaba su carácter despótico, era respetado como un periodista brillante. Y formó a muchos periodistas que reconocen hoy su magisterio. En su última etapa registra en democracia también el fracaso con La Razón. 
Es que era un ser humano. Y eso es lo que me interesa: que es un ser humano que se arriesga, aun a costa de fracasar. Eso es parte del atractivo del personaje. Acepta los desafíos y no se apoltrona en posiciones cómodas.

Sí, eso es también producto de cierta omnipotencia. Incluso vos en un reportaje aludís cierta megalomanía de sentirse en cierto momento parte del poder y creer que tenía la capacidad de convencer a todos y hablar mano a mano con todos, incluso con los militares.
Sí, claro. Hay mucho de omnipotencia. Va todo junto.

El trabajo de los actores está muy bien, pero no se busca necesariamente un parecido físico exacto con los personajes reales de época.
Es verdad, porque es una obra de teatro y en algún momento me gustó la posibilidad de desafiar las imágenes grabadas. De ese modo se me hubiera vuelto una fiesta de disfraces. Y yo quería que cada actor encontrara esa esencia en sí mismo. De hecho, Guillermo Aragonés, el actor que hace de Timerman tiene algo de él, pero tampoco es que se le parezca demasiado.  Y además es una ficción. Y eso me ayudaba a crear más ficción. Y pensé mucho el personaje de Lanusse, porque quería mostrarlo también como un individuo contradictorio. Y tengamos en cuenta que  en algún momento se enfrentó al propio ejército. 

Por algo le mataron a Edgardo Sajón, que era su jefe de prensa. Y a una nuera, que murió víctima de una bomba puesta en la casa de su hijo inválido.
Él termina declarando en la Conadep. Me interesaba ese momento en que hubo una gran batalla entre los dos y traté de enfrentarlos mostrando argumentos sólidos en los dos lados. Que fueran como dos ejércitos: los civiles y los militares, con las diferencias que después vinieron, que se profundizaron. Me parecía que era interesante abismarme en esa fractura que hacen las historias de los hombres, de las personas, esas decisiones, esa incapacidad de comunicarse, y que cuando se vislumbra el camino es tarde. Eso me interesaba, que todos estuvieran en distintas posiciones.

¿Los otros personajes de dónde los tomás?
De la realidad. Abrasha Rotenberg, David Graiver, el general Sánchez de Bustamante, hasta Félix Rodríguez, quien es interpretado por Gregorio Scala, un actor venezolano recientemente llegado al país. El único que es solo de ficción es el periodista Julián Sorel y por eso lleva el nombre de una novela de Stendhal.

¿Desde cuándo escribís y cuál fue tu primera actividad como directora?
Lo primero que hice profesionalmente fue Sonata de otoño, de Valle Inclán. Un teatro con muñecos, con imágenes muy estilizadas. Con una exigencia de dramaturgia de grandes novelas, como La invención de Morel, de Bioy Casares. El desafío estético es algo que sigo trabajando. 

Sos hija además de un dramaturgo conocido.
Pero tenemos miradas diferentes, de acuerdo a nuestras experiencias personales. En definitiva, cada uno trabaja con lo que ha vivido. Es inevitable, por más que uno se lo escamotee. Esos temas reaparecen. Yo trabajo con algunos que son recurrentes, quizá desde Español para extranjeros, que fue una obra que transcurría en el tiempo de la colonia, o en La voluntad, que sucede en tiempos de la conquista del desierto.  Son temas que, por más que los eluda, me vuelven a aparecer, como esa paradoja que se da, y a veces se convierte en abismo, entre las ideas y la acción, quién es el pueblo. Siempre pertenecí a una generación en la que se habló de la gente, de lo que las personas votan, desean o quieren, de la contradicción que sufren los intelectuales y las influencias del círculo del poder en sus conductas, de la responsabilidad y el riesgo.

¿Cuál es tu método para escribir y luego dirigir?
Yo primero termino de escribir, y después hay un período en los ensayos en que voy acomodando el texto, voy quitando, agregando. Pero primero escribo con voces en la cabeza, con tonos, con rostros, con ropa. Me acuerdo siempre esa frase de Laferrère que decía que imaginaba primero cómo estaban vestidos los personajes y a partir de ahí sabía cómo pensaban. Trato que esos pensamientos tengan una lógica de sentido y para eso necesito estar sola y dialogar con ellos. Después sé que el actor le va a agregar su parte y va a encontrar eso dentro de sí mismo. Y lo va a acomodar. Sabemos que la labor del actor es un proceso que continúa con lo que ya el texto ha creado, pero antes de empezar eso tiene que encontrarse con un material sólido, con argumentos honestos y equilibrados. Luego aparece la propuesta espacial. En J.Timerman, propuse una diagonal, un espacio de tránsito. Desde el primer día decidí que no habría sillas, ni mesas, ni escritorios. Y darle así al espectáculo algo de la dinámica de las series, donde los personajes hablan caminando. Son los desafíos estéticos de los que te hablé antes. Quiero que el público se entretenga. Detesto aburrir a la gente.
                                                                                                                                                    A.C.