Entrevista con la dramaturga y directora Susana Torres Molina

Agosto 2019

Entrevistas

En una esclarecedora charla sobre varias de sus últimas obras, la autora de Extraño juguete desmenuzó el sentido de lo que ellas proponen y cuáles fueron los motivos que la llevaron a escribirlas. Una de esas piezas, Un domingo en familia, que ha dado mucho paño al necesario debate de los temas que plantea se está representando actualmente en el Teatro Cervantes.

Mujer de teatro integral, que ha combinado en su fructífera actividad creadora de cuatro décadas la dramaturgia y la dirección escénica con la actuación, además de haber sido docente durante muchos años, Susana Torres Molina irrumpe en el campo de las letras dramáticas con Extraño juguete, una obra muy rica en posibilidades actorales estrenada en 1977, una época en que, a diferencia de la actualidad, no abundaban las autoras mujeres en el panorama del país. Con clara influencia de su formación como actriz, la segunda pieza de su producción, Y a otra cosa mariposa (1981), que como la primera aún hoy la representan distintos elencos en la Argentina y otros lugares del mundo, también trabaja sobre propuestas que aspiran a ampliar el marco de la actuación habitual con distintos desafíos. Dos de sus siguientes obras inspiraron espectáculos bellísimos como Espiral de fuego (1985) y Amantíssima (1988), dirigidos por ella y donde, sin prescindir del texto, lo dominante era la imagen.
     
No obstante los diferentes procedimientos dramatúrgicos y lenguajes poéticos utilizados en la escritura de sus obras -orientación empujada siempre por su fuerte impulso a ensanchar las orillas estéticas corrientes y buscar las formas más adecuadas a cada espectáculo o texto, incluso cuando se desempeña como directora escénica -ha dirigido casi todos sus textos-, la dramaturga ha destacado como un rasgo constante de su teatro su indeclinable propósito de interpelar en sus historias lo que en las relaciones sociales está fijado como convención fija, conducta fosilizada, prejuicio o inequidad, rasgo que ya está presente en Y a otra cosa mariposa, un ácido y punzante alegato de reprobación al machismo. Como declaró, en un reportaje que se publicó en el tomo uno de su Teatro Completo, de Editorial Colihue, su intención fue generar en su teatro situaciones que inquieten y puedan “revelar, traer a la luz lo que se oculta, se niega o se rechaza”. Esa forma de poner patas para arriba lo que se oculta o mixtifica aparece transparente en Inventario, un texto sobre los desaparecidos elaborado en clave de humor negro y a cuatro manos (Carlos Somigliana, Peñarol Méndez, Susana Torres Molina y Hebe Serebrisky) para la edición de 1983 de Teatro Abierto.
     
Esa función crítica, a la que Susana considera una de las más interesantes y necesarias del teatro, se ve en casi todas sus obras -la autora ha escrito ya alrededor de 35 textos para la escena-, aunque referida a diversos temas y problemáticas, y se expresa de manera explícita en una de sus obras más políticas, Esa extraña forma de pasión, de 2010, donde, en su impulso de subvertir lo ya consagrado como “verdad” por el statu quo, procura sin embargo evitar en todo momento el mensaje panfletario o la mirada estereotipada o maniquea. O sea: tratar de remover lo que el adormecimiento instaló, pero con categorías que no son ni las del blanco o las del negro, sino por un camino que persigue ahondar en la complejidad de lo subjetivo, en lo ambiguo de las relaciones humanas, y escarbar allí. Como auténtica integrante de la generación de los setenta, Torres Molina se refería, en dos de las historias que se cuentan en esa obra, a algunos delicados episodios suscitados durante la represión en la dictadura, y poco tratados en el teatro. 
     
También sobre un duro tema de los setenta, gira su obra Un domingo en familia, que se viene dando desde hace varias semanas en el Teatro Cervantes y se prolongará hasta bien avanzado julio. Este texto, que escribió hace dos años, fue montado y dirigido por Juan Pablo Gómez en una puesta muy creativa y en la que intervinieron dos actrices y dos actores. Invitados por la dramaturga a su domicilio del barrio porteño de  Villa Crespo, Cabal dialogó con ella sobre este último trabajo y de algunos de los que se han representado en los años más recientes, sin dejar de aludir a otros escritos de su producción y otros aspectos de la actividad.
La obra describe el secuestro de un alto dirigente de la guerrilla durante un día de descanso de él con su familia en una playa bonaerense.
Sí, es una obra instalada en los setenta. Y el secuestro opera como una excusa o un disparador para hablar sobre una época donde se entrelazan la militancia, el peronismo, la lucha contra el sistema injusto y violento de aquel tiempo, las utopías revolucionarias, entre tantas otras cosas. Esa lucha entre distintas facciones de la sociedad desató una bárbara represión de la dictadura con miles de muertes, y esto se vivía ya antes del golpe del 76, con la Triple A durante los años 74 y 75. Explorando esa década surgieron numerosos elementos que me suscitaron interrogantes y que me parecieron interesantes y útiles llevar a escena porque en la actualidad continúan surgiendo aspectos complejos que no se han debatido, por lo menos en teatro, con la suficiente profundidad. 

¿No se han tocado esos temas?
Se han tocado esos temas pero en la mayoría de los casos de una manera bastante dicotómica, o sea que imponen certezas, ciertas verdades, a mi modo de ver esquemáticas y por lo tanto muy incompletas. Y acá la intención fue generar sobre todo preguntas. Interpelar e interpelarnos. Y por eso pensé muy apropiado que la puesta tuviera la impronta de lo coral, porque esa elección da pie a la participación de una múltiplicidad de voces y de diversos puntos de vista sobre el hecho teatral que se está desarrollando. La propuesta invita a que el espectador pueda ser testigo y partícipe de varias perspectivas, diversos enfoques, discordantes y contradictorios entre sí. Hay también un desdoblamiento de los personajes y se utiliza el recurso de máscaras. En todos los casos los discursos revelan sus fisuras. Y, también están los enfrentamientos entre distintos sectores de la organización armada, los que creen en la solución de las armas y los que no. Y los sectores enfrentados del peronismo: la izquierda revolucionaria y la derecha sindicalista. Apelé a la estética coral para evitar una trama de situaciones o la necesidad de diálogos, porque mi propósito era precisamente tejer un entramado, un conjunto de voces, de gritos, de ritmos, que fueran nombrando las complejas situaciones que se iban suscitando en aquel particular y extraordinario tiempo de nuestra convulsa historia reciente, y acerca de las cuales no hay, como en todo, criterios o interpretaciones certeras. De ahí que el procedimiento coral fuera muy adecuado para ese propósito, ya que invita a la reflexión y al cuestionamiento.

El líder secuestrado ese domingo en familia es Roberto Quieto, ¿verdad? 
Sí, porque al investigar sobre los setenta comprendí que Roberto Quieto era una figura trágica contemporánea y cercana. Esa comprensión es la que me llevó a desplegar todo lo que había sucedido en esa etapa que rodeaba su final. Para mí él era, en ese sentido, la encarnación de un hombre desgarrado, dividido  de varias maneras, entre la adhesión a la causa revolucionaria y la necesidad que sentía de estar con sus afectos. Entre su responsabilidad como jefe militar y la conciencia de que el enfrentamiento con las fuerzas armadas iba a resultar una masacre. Entre su responsabilidad como militante y en no creer en las medidas que se estaban tomando desde la conducción a la cual pertenecía. Además, cuando ingresó casi forzadamente a la clandestinidad, a diferencia de otros, no fue junto a su mujer e hijos, ya que ella no participaba de la organización. Él extrañaba y necesitaba la cercanía de  sus seres queridos. Por eso lo secuestran cuando estaba pasando todo un día en la playa con su familia, no armando una bomba. 

¿Qué es lo que te motivó en particular a escribir la obra?
Para escribir debo sentirme muy afectada por algo. Y esa situación de acorralamiento, de sin salida de Quieto me impactó, la pude sentir en mi cuerpo, y me motivó a la indagación y a la escritura. Ahí había  dos ejes: el de la figura trágica y heroica y el de los afectos. Me interesaba abordar ese contraste entre las obligaciones rígidas que implicaba la militancia, en especial si se vive en una situación de clandestinidad, y la necesidad de disfrutar de ese vínculo más laxo que propone la vida de los afectos. Él se sentía desgarrado. El pase a la clandestinidad se decidió de un día para el otro y dejó a mucha gente sin cobertura, en especial a los militantes de superficie. Sobre estas circunstancias y otras, muchas personas que estuvieron en la militancia, o en los centros clandestinos o exiliados o en la cárcel, escribieron  libros en primera persona y dieron testimonio de lo que pasó en esos años. Lo que me permitió nutrirme, indagar, investigar, y escribir un texto que eludiera lo binario, ya sea lo bueno o lo malo, el héroe o el traidor. Poder mostrar puntos de vista incómodos, críticos, multidimiensionales. 

Él sentía también un desgarro no solo afectivo, sino político también, ¿no es así?
Frente al convencimiento que tenía de que enfrentando a las fuerzas armadas, la organización se estaba encaminando a una situación tremenda, sin salida, él sentía esa desgarradura a la que aludo, un enorme conflicto entre dos tensiones que pujaban dentro de él. Porque Quieto ocupaba un lugar importantísimo en la organización, era un líder, un jefe, y no podía huir de esa situación, irse, abandonar su responsabilidad. Y ahí reside la esencia de lo trágico: tener que seguir adelante cuando ya no se cree en la posibilidad del triunfo y se tiene, a pesar de todo, que marchar hacia el abismo. Por eso, él decía que se sentía atrapado, que no podía salir del brete donde estaba. Los que estaban convencidos en la necesidad del uso de las armas para hacer la revolución creían justamente en la posibilidad del triunfo. Él ya no creía en eso. Y ahí, producto de esa diferencia, se generaron muchas fricciones con los otros miembros de la conducción que tenían una postura donde apostaban a una revolución que venía de la boca del fusil. Quieto fue detenido y secuestrado un 28 de diciembre de 1975 en una playa de Martínez. En 1976, la conducción de Montoneros se fue del país por razones de seguridad y se instaló en Europa y luego en Cuba, desde donde mandaban comunicados a los militantes que seguían acá. Quieto no tuvo esa opción. Esos revolucionarios no hicieron como los del ERP, organización en la que Roberto Santucho y los demás líderes murieron luchando en el país. Y después, en Montoneros, fue tremendo lo que pasó durante la contraofensiva. Muchos de los que se habían ido del país, con la invocación y mandato moral de que “había que subirse al tren de la victoria”, eran incentivados a volver al país a luchar, porque les decían que el pueblo estaba con ellos, que los estaban esperando para vencer a la dictadura. Y eso, como se sabe, no era así.

¿Qué reverberaciones de aquella historia puede haber en la Argentina de hoy?
El contexto obviamente no es para nada el mismo y nadie apela en estos momentos a la lucha armada, pero, al igual que la dictadura militar con Martínez de Hoz, hoy se quiere implantar un modelo neoliberal. Y, frente a él, hay un proyecto popular que, por otros caminos, intenta que no se consolide. Así que no estamos tan alejados. Con el agravante de que este neoliberalismo es aún más rapaz que el de aquellos años, más consolidado a través de sus corporaciones mediáticas, judiciales, financieras, de seguridad, e intenta arrasar todo sin necesidad de bombardear ciudades como sí lo siguen haciendo los imperios en otros lugares del mundo. Aquí dejan millones de personas en la indigencia y el hambre. Claro que en nuestro país se está llegando a un punto de desesperación que nadie podría asegurar que no se genere un estallido social en algún momento. Al neoliberalismo no le importa sacrificar a una gran parte de la sociedad como si fuera un elemento descartable, para que la otra parte, los elegidos, continúen con su derroche. El conflicto que refleja la obra no es un tramo de pasado muerto y enterrado, no es una revisión historicista, es parte de una tensión entre dos modelos que hoy están muy vigentes y que pujan en un plano político, social y personal. Alguien podría alegar que hoy no hay tanta represión, pero hay mucho gatillo fácil y asesinatos por la espalda, producto de una ministra que da vía libre y estimula a las fuerzas de seguridad para que repriman a lo salvaje. Donde más invirtió este modelo económico fue en el equipamiento de las fuerzas represivas, y es lógico. Es otro contexto histórico, es verdad, otras maneras de actuar, en el que se incluyen las campañas de mentiras en las redes sociales, las famosas fakes news, la alianza espuria entre los poderes mediático, judicial y financiero para distorsionar la vida institucional, el despliegue de una millonaria publicidad y muchas otras cosas, pero las metas del neoliberalismo son las mismas: empobrecer a millones de personas, invisibilizarlas, sacarlas del sistema como si fueran objetos descartables, mientras los ricos sigue enriqueciéndose.

La última obra tuya en que había un tema político urticante fue La fundación. Contanos algo de ella.
Sí, es una de las tres obras en las que abordo temas políticos. Las otras dos son: Esa extraña forma de pasión y ahora Un domingo en familia. La Fundación trataba sobre la existencia de un movimiento familiar cristiano encargado de distribuir a los bebés que eran sustraídos a las madres secuestradas y luego desaparecidas. Me violentó esa tensión entre lo cristiano -que uno identifica con frases como “ama a tu prójimo como a ti mismo”- y esa situación de un grupo que cree y está convencido de estar haciendo una obra de bien. Yo me enteré de esta circunstancia por una noticia que leí en un diario. Y eso me convocó a escribir. Me asombró la existencia de un movimiento familiar cristiano encargado de esa actividad tan tremenda y perversa: quedarse con los hijos de mujeres y hombres que eran asesinados por la represión y entregarlos a otras familias cristianas y amigos de las Fuerzas Armadas. Y cubriendo toda esa actividad con un lenguaje piadoso, de caridad y misericordia. ¿Qué tenían en la cabeza estas personas, qué pensaban? Era un material digno de ser explorado. No para condenar, sino para tratar de entender cómo sentían, cómo era la lógica de afecciones de esos personajes. Y fue muy provocador intentar entender, a mi modo -aunque aborrezca éticamente la situación- cómo era esa lógica. 

¿Y Esa extraña forma de pasión qué trata?
Esa obra, que dirigí, se dio en El Camarín de las Musas a partir del 2010 y se representó con mucha repercusión durante varias temporadas. Tuvo además varios premios. Había allí tres escenas simultáneas. En una, Los Tilos, se ve a dos jóvenes militantes en la clandestinidad que se esconden en la habitación de un hotel alojamiento, sin ser pareja, e intercambian sus distintas posiciones, ella se quiere ir de la organización porque es consciente de que los compañeros están cayendo como moscas. Y él, fanatizado, no duda del alcance de la lucha a pesar de las pérdidas humanas. Me parece que con esta obra comienza una crítica a la conducción que, antes por lo menos, no había visto en un texto dramático. Sin nombrarlos, era evidente que se aludía a ellos, a esa conducción que estaba afuera, mientras los jóvenes enfrentaban el peligro y la muerte cotidiana. La otra escena, Sunset, transcurre en un campo de concentración, donde dos represores estaban con una secuestrada y ella mantiene una relación amorosa con uno de ellos. La mujer le pide a él que la libere porque en esa situación de sometimiento está aterroriza y no puede elegirlo. Y él la libera. Y la tercera escena, Loyola, alude a un tema más actual. Un periodista le hace un reportaje a una escritora que acaba de sacar su libro, pero a medida que avanza el diálogo revela cuál es el propósito verdadero de la entrevista. Ella es la sobreviviente de un campo de concentración y él es hijo de un desaparecido, que estuvo en ese mismo lugar. Pregunta tras pregunta, el periodista quiere llegar a saber, y ese es su interrogante final, por qué a su padre lo mataron y a ella no. Aquí yo quería trabajar el tópico de los sobrevivientes sospechados de traición.

En las charlas posteriores a la representación sé que hubo mucho debate.
Sí, Esa extraña forma de pasión suscitó mucho debate, como ahora Un domingo en familia. Sobre la escena del represor con la secuestrada, algunos preguntaban: después que él la libera, ¿ellos se vuelven a ver, se juntan? Y yo les contestaba: no lo sé. Trabajamos con los actores para que quede como final abierto. Ambiguo.Teatro por la Identidad la eligió para darla en el Teatro Bauen. Me contaron, por ejemplo, que los de la comisión de TXI luego de verla se quedaron horas debatiendo.  Allí había, como ahora en Un domingo en familia, mucha información incómoda y dura, producto de investigar, explorar y conversar con varios protagonistas y testigos de esa época y leer infinidad de testimonios y libros. Hay que tener en cuenta que yo misma personalmente el exilio. Y nunca me pudieron decir esto no pasó, aunque eran situaciones límites, excesivas, asombrosas y por eso mismo, dignas de ser abordadas.
                                                                                                                                       Alberto Catena