Entrevista a Gustavo Garzón

Febrero 2015

Entrevistas

Hace algunos años, frente a un duro desafío de la vida, debió, como dice, reinventarse. Corría el riesgo, por la enfermedad que lo aquejó, de quedarse sin voz y, frente a eso, decidió empezar a escribir para cine con el fin de dirigir. Transformarse en un profesional de esa actividad. Ya había hecho guiones para televisión, pero la pantalla grande era otra cosa. Y lo logró. Y así, de ese modo, Gustavo Garzón, que de él hablamos, filmó Por un tiempo y en estos días está metido en dos nuevos proyectos para hacer nuevos largometrajes. No ha dejado de actuar. En estos días, trabaja en El secreto de la vida, de José María Muscari, junto a un gran elenco en el teatro Metropolitan. Y en las horas libres escribe para ponerse a filmar y ejerce también la docencia teatral. De todos estas circunstancias, sin rebusques, con mucha sencillez, pero también muy lúcidamente, habló con Revista Cabal.

Sos director y docente de actuación. ¿Puede hacer el director docencia mientras dirige?
Creo que una cosa es la docencia y otra la dirección. No se le pude pedir a un director que haga docencia. Para eso están los talleres, que los actores nunca deberíamos abandonar, porque es el único lugar donde se puede investigar, profundizar, traspasar límites, arriesgar y tener una devolución acorde al lugar. Porque, en el marco de la producción, el director no tiene tiempo de hacerlo y busca fundamentalmente el resultado. El director trabaja, en general, con lo que el actor le propone y si lo que el actor le propone es mediocre, difícilmente se pueda salir de allí. Lo más seguro es que su trabajo sea mediocre. Hay directores con los que he trabajado y que tienen muy buen gusto como Daniel Veronese o Claudio Tolcachir, pero dirigen, no hacen docencia. El director no tiene porqué enseñar al actor. El actor cuando quiere traspasar algún  límite y romper su propio techo lo hace por una decisión personal, es un proceso que hace solo, no tiene que ver con su relación con el director.


Hay alguna que otra excepción a eso, como el caso de Ricardo Bartis que trabaja largo tiempo en búsqueda de claros objetivos actorales.
Es verdad, él trabaja a fondo, es un tipo que dirige y hace docencia y uno lo ve en el resultado: sus actores traspasan sus límites. Creo que es uno de los pocos que lo hace y hay que sacarse el sombrero ante sus espectáculos porque es un artista muy coherente. En sus trabajos los actores logran siempre esa actuación desmesurada que él provoca, pero para conseguir eso el actor debe tener mucha confianza en el director. En otros procesos es raro que alguien pueda lograr un tipo de actuación como la que propone Bartis. A algunos actores es difícil sacarlos del lugar en el que se ubican, otros sí que escuchan más, están más abiertos, pero no pocos son muy estructurados. Estrenan del mismo modo que trabajaron el primer día.


Frente a la posibilidad de encontrarse con un actor muy estructurado, la mejor herramienta del director es elegir antes muy bien su elenco.
Sí, el casting es fundamental. Lo más importante es elegir la persona correcta. Igual casi todos tenemos un estereotipo del que nos cuesta salir y unos límites y una estructura. Algunos tienen más libertad, son los que sobresalen, los que pueden romper esa estructura. A veces, son también los que están más locos. Yo prefiero no estar tan loco y actuar más o menos. Hay actores cuya locura los ha hecho terminar muy mal. A menudo, se asocia el arte con la locura. Frente a eso digo: primero quiero vivir unos cuantos años tranquilos y después ver si seré más o menos actor, que es secundario. Hay que procurar ser un buen artista, pero sin dañarse en lo personal ni dañar a los otros, los que nos rodean.


Los prototipos a los que aludís se repiten en distintas disciplinas.
Les pasa a los grandes escritores, escriben un gran libro y luego se suelen repetir. A la mayoría le pasa eso, salvo unos pocos eluden esa regla, pero ¿cuántos son? Un gran libro es el primero y los que vienen luego son secuelas. Hasta a Paul Auster se lo puede reconocer en todos los libros, a Haruki Murakami. La esencia es esa y es difícil que se conviertan en un Vargas Llosa, García Márquez o Borges. Con el actor pasa otro tanto. Yo también hice mi primera película, Por un tiempo, y no quería hacer la segunda parecida a la primera. Entonces armé un equipo de cuatro donde soy uno más y eso me obliga a pensar otras cosas que nunca se me hubieran ocurrido pensar. Varias cabezas pueden armar algo nuevo. De todos modos, la experiencia de hacer Por un tiempo fue extraordinaria, fue la experiencia más plena como artista que tuve, la que me hizo sentir más feliz.


¿Esta película ya está hecha?
No la estamos escribiendo. Tengo dos proyectos de película, una en la que escribo y dirijo, que es ésta a la que me refiero, y otra en la que soy productor y codirector. La primera se llama Plazo fijo y la otra es una adaptación de una novela, que se llama Rugby, de Manuel Soriano. Son dos proyectos que estoy armando con cierta lentitud.


¿Además de la necesidad de contar con otra profesión, qué otros factores incidieron en que te dedicaras a la profesión? Porque, curado, podrías haber continuado trabajando de actor solamente y no hacer otra cosa.
Yo me aburrí de ser actor, me gusta actuar pero hacer solo eso me aburre. Yo vengo a hacer El secreto de la vida, con Muscari, trabajo media hora en los días de funciones y ¿qué hago en  el resto de mi vida? Tengo necesidad de relacionarme con la creatividad y de estar, además, todo el tiempo en contacto con la producción de algo, porque soy muy trabajador. Y la mejor manera que encontré para lograr eso fue inventar películas, en un país donde por suerte es posible hacer películas ya que son subsidiadas. En otro lado no lo podría hacer. Trabajo como un perro, todos los días horas, pero me divierte, me entretiene y siento que es el lugar que tengo para profundizar. Y después actúo lo mejor que puedo todas las noches, porque me sigue gustando. Pero la actuación ya no es un desafío para mí, es como si ya hubiera encontrado un techo de mí mismo. Hasta acá llegué. Soy esto. En cambio, en la escritura, en la producción, en la dirección siento que hay todo un mundo por descubrir. Por otra parte, me atrae más el cine que el teatro para escribir e inventar. Me gusta el mundo de la imagen y la potencia audiovisual. Fue una aventura que me di de grande como una manera de reinventarme a  mí mismo, en un proceso de cambio personal que tuvo que ver con eso y con otras cosas.


¿Cuánto te llevó la primera película?
Diez años, ahora estoy más grande y no puedo tardar tanto en hacer otra, me tengo que dar los gustos rápido, porque tengo 59 años.


¿Plazo fijo, tu próxima película de qué trata?
Trata de la vida de una gerenta de banco en la época del corralito. Ese es el marco en que se desarrolla la historia, pero en realidad  la obra cuenta la relación de esta mujer con su padre. Ella empieza siendo como la madre de su padre y termina siendo realmente lo que es: la hija. Es la relación de un padre débil con una hija fuerte, que termina revirtiéndose para que el padre retome su verdadera posición. Es una película sobre los vínculos, pero también habla del dinero, de la Argentina, de los bancos, de la imagen que tuvo la gente del corralito y de lo que en verdad fue. Siempre se cuenta esta historia desde el lugar de las víctimas, que fueron los clientes de los bancos. Nosotros, como uno de los compañeros que trabaja en la película es auditor de bancos y economista y tiene una gran información sobre el tema, contamos la historia desde adentro. Hemos hablado con mucha gente de banco para saber qué pasó realmente, quienes fueron los responsables. Y ocurrieron muchas cosas tremendas: gente que se prendía fuego delante de los gerentes y gerentes que iban presos y eran tan víctimas como el público. Fue una época difícil pero que alumbró el nacimiento de una época mejor, de una Argentina nueva, más fresca. Y nació todo cuando la gente tomó conciencia y empezó a comprometerse. La Argentina se empezó a repensar allí. Todavía la estamos repensando, pero esa es una oportunidad magnífica. Pensemos que en aquella época estábamos en el abismo. Ahora, sabemos de qué se trata. Antes no teníamos información, ahora si. Hay información de distintos lugares y uno puede elegir a quién le cree o no, pensar sobre lo que pasa si es que tiene ganas.


¿Cómo es la experiencia con Muscari?
Trabajo muy a gusto con él, ya lo había hecho en otras ocasiones. Es muy frontal, sincero, no tiene vueltas, yo tampoco. Y nos entendemos muy bien. Ahora también me ha ofrecido estar en la próxima obra que dirigirá, Casa Valentina, que no es de él sino que viene de Broadway. Es de Harvey Fierstein, el autor del guión del musical de La jaula de las locas. Son seis actores haciendo de mujeres, una pieza muy interesante. Recién me la dio para leer. Y yo le agradezco como a todos los directores que se fijan en mí. Y José María siempre me ha respetado mucho, me da mucha libertad, me impone límites también. Es un director que sabe lo que quiere. Me entiendo muy bien con él. Es además optimista y laburador, y eso me agrada.


¿Cuál es el tema de El secreto de la vida?
Habla de una familia disfuncional, de clase alta, donde están todos trastornados, enfermos de la cabeza, es divertida y trágica a la vez, graciosa y dolorosa. El teatro de Muscari tiene siempre como una marca: habla de los vínculos disfuncionales, del dinero, del consumo y del sexo, aquí está todo eso. Y de una manera muy directa. 


¿Y en teatro tenés algún otro proyecto?
Estoy también con una obra de Daniel Guebel, que tengo ganas de montar. Es un proyecto más alternativo, más loco y cero comercial. Es para hacerlo alternativo.


¿Y en tele?
No, en la televisión comercial no me llaman, hace años que no me convocan. Cada tanto hago alguna de esas producciones que se hacen en el INCAA, eso sí. Tampoco hay más unitarios, la única que lo hace es Polka y no me llama. Yo trabajé mucho ahí. Hay solo tiras y dejar todo lo que estoy haciendo para hacer tiras, si es que me convocaran, la verdad que no me seduce. Las tiras son un amasijo y además estoy muy apasionado con muchas otras cosas que hago, tendría que estar muy acogotado para aceptarlo, no tener para comer. Todavía me las rebusco, y mientras pueda hacerlo me siento conforme con lo que hago. Si hubiera unitarios sí, pero no hay. Es una pena que no se hagan. Se achicó mucho su producción, la verdad que esta política que tienen los canales de trabajar solo por la ganancia es fatal. Los canales, por más que no den ganancia, deberían hacer algún unitario cada tanto, interpretados por buenos actores.


Con los unitarios siempre dicen que pierden plata.
Sí, siempre ha ocurrido eso, han llorado con los unitarios diciendo que pierden plata. Y en  unitarios muy vistos, como Vulnerables, donde yo trabajé. Puede ser, pero no todo debe apuntar al éxito comercial. Ahora, si todo se mide así es una pena. Es una pena porque desaparecen muchos programas en los que podrían abrevar, investigar, ensayar un poco los actores. Es donde se puede trabajar mejor, las tiras, con un capítulo por días, son imposibles, nadie puede hacer un capítulo por día. Yo escribí dos unitarios para televisión (Señoras y señores y Casa natal) y no me alcanzaban los días de la semana. Después nos pasa lo que nos pasa: que perdemos mercado, vienen las tiras de afuera y triunfan. El otro día un actor amigo me hacía una observación inteligente de por qué se ve más la novela turca Las mil y una noches que las argentinas. ¿Sabés por qué? Porque a los actores turcos le ves los pies, los zapatos, acá eso es imposible, son todos planos cortos, me decía. No ves un paisaje, no ves un edificio, no ves una plaza. Y eso marca la diferencia, porque los culebrones son todos parecidos, no es que los guiones son distintos. Acá nos quedamos, con esto de hacerlo rapidito para hacer plata enseguida. Con uno por día vamos a terminar perdiendo todo lo que tenemos. En ningún lugar del mundo se graba un capítulo por día, eso es un invento argentino, que desemboca en el estrés de actores, autores, productores. Terminan todos locos. Es la manera de trabajar. Y a mí, que me gusta trabajar, no me agrada hacerlo así. Leer el libreto cinco minutos antes de grabar, que te metan entretanto la ropa, y de pronto te saquen de un lugar y te llevan a otro. Andá a exteriores, sentís de repente. Es una licuadora que te lleva a terminar el día vacío, yo me sentía vacío. ¿Qué hice?, me preguntaba. Me parece que hay algo de voracidad en eso, de querer ganar muy rápido la plata y entonces se crea una modalidad de trabajo así que desquicia a todos.


Es como un valor demasiado arraigado en ciertos sectores de la vida moderna: querer ganar y ganar sin límite.
Bueno, es la enfermedad del capitalismo, la voracidad por acumular. Una locura, que no creo finalmente que tampoco otorgue felicidad. Si uno no puede sentir orgullo por lo que hace, por más que gane plata, no tiene una vida grata. Hay una cosa que tiene que ver con el dinero y otra que tiene que ver con la satisfacción, el orgullo por lo que se produce. Son dos valores distintos. Uno sin el otro, pueden fallar. Hacer algo lindo y no tener para comer es triste, estar cagado en plata y no poder sentir orgullo por lo que se hace en la vida, no tiene sentido. Son cosas que deben ir equilibradas.
                                                                                A.C.