Entrevista a Jorge Aulicino

Mayo 2018

Entrevistas

En una amable charla realizada en un café próximo a la estación Loria, del subterráneo A, el poeta, traductor, periodista y crítico literario Jorge Aulicino conversó gran parte de una tarde con un cronista de Revista Cabal. Le contó cómo han sido sus traducciones de Dante Alighieri y Cesare Pavese (la Divina Comedia, Trabajar cansa y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos) y dio algunas pistas de la última obra poética de su autoría, Mar de Chucotka, que se conoció a través de una versión digital. Habló también de algunos aspectos del oficio del traductor.

“Aunque la ciudad diluye las certezas, el pájaro vuela”, afirman dos líneas de un hermoso poema incluido en el libro Mar de Chucotka, de Jorge Aulicino. Entre las cinco y las seis de la tarde y mientras la luz comienza su lento itinerario diario hacia el crepúsculo, no es difícil ser capturado por cierta incertidumbre acerca del tiempo, como si un ligero desconcierto nos llevara hacia un limbo donde si no se usa reloj es improbable averiguar la exacta hora en que nos encontramos. Eso ocurre sobre todo cuando estamos cómodos con alguien, sin que nos importe, pero tampoco desconozcamos que el vuelo de Cronos, camina hacia el futuro, como ese pájaro que emigra de tanto en tanto y pronto volverá al mismo, pero ya no igual, paisaje de su ayer. En ese horario ese poeta, el de los versos inaugurales de esta nota, encenderá, sentado a una de las mesas que el bar de Sánchez de Bustamante y Rivadavia distribuye en la calle en los días de calor, su primera pipa. Y si no está solo, y hoy no lo está, preguntará a su acompañante, como gesto de cortesía: “¿No te molesta el humo?”

A mediados de abril, en una de esas tardes todavía cálidas de este otoño, el cronista de Revista Cabal y su entrevistado comenzaban una charla que, luego de cumplir algunos requisitos indispensables de la cita periodística, ingresó en esa zona de ingravidez en la que uno suele olvidarse de si es tarde o temprano. Es que Jorge es un viejo y entrañable amigo con el que fuimos compañeros de labor periodística, años atrás, en distintas publicaciones. Así que terminado el tema por el que lo había convocado, su reciente traducción de la obra poética de Cesare Pavese, enseguida nos pusimos a hablar de antiguos recuerdos, episodios y conocidos de aquella época de confluencias laborales. Y desde luego, un buen rato después de fatigar la lengua y acosar los archivos del cerebro, la luz ya se había retirado del lugar, aunque quedaban todavía las iluminaciones que este colega había aportado en varias de las sustanciosas respuestas que ofreció a las preguntas que le formulé.

La obra poética de ese genial artista piamontés que fue Pavese no es extensa. Consta solo de dos libros: Trabajar cansa, de 1936, y publicado en vida del autor; y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, editada luego de su suicidio en 1950 en Turín. Lo reducido de su producción no impidió, sin embargo, que su poesía abriera nuevos y excepcionales caminos para la literatura italiana y universal. Formada en los albores de la Segunda Guerra Mundial, en contra del decadentismo post romántico peninsular y a contramano del futurismo, la escritura de Pavese –además de ser paralela a la de Ungaretti y Montale, aunque distinta- fue el resultado de un cruce de culturas que el autor logró, en parte gracias al conocimiento de la narrativa norteamericana que él tradujo al italiano, pero también a una intensa formación en la lectura de distintos creadores clásicos y universales.

La primera traducción que se conoció en la Argentina de los dos títulos mencionados se publicó en Editorial Futuro en 1961, con traducción de Rodolfo Alonso y prólogo de Marcelo Ravoni. Pero era una edición con muchos defectos, a la que incluso le faltaban algunos pasajes de las obras originales. Alonso hizo luego algunas nuevas versiones de su traducción en otras editoriales. Jorge Aulicino, que venía de recibir muchos elogios por su celebrada traducción de la Divina Comedia de Dante Alighieri, dio a conocer hace poco su nuevo trabajo con los dos libros de Pavese, que fueron llevados al libro por Griselda García Editora. Autor de una importante obra poética, algunos de sus títulos más conocidos son: Vuelo bajo, Poeta antiguo, Paisaje con autor, La línea del coyote, Las Vegas, La luz checoslovaca, El engaño, el desengaño (que le valió el Premio Nacional de Poesía) o Los corredores en el parque.

 

¿Desde cuándo te dedicas a la traducción?

Es una actividad de la edad adulta. Practiqué italiano desde joven con la segunda mujer de mi viejo, mi segunda madre, que era profesora de italiano e hija de un matrimonio de esa nacionalidad. Hablaba con fluidez ese idioma desde su infancia y yo lo practicaba con ella leyendo poetas. Leía a Pavese, a Giuseppe Ungaretti, a Eugenio Montale, pero no traducía. Al primero que intenté a traducir fue a Ungaretti, porque es con el que había empezado a practicar el italiano. Después un día me metí con un último canto de El Infierno de la Divina Comedia, a los cuarenta años. Y más tarde empecé a leer a los poetas del dolce stil novo, en especial Guido Cavalcanti, uno de sus creadores. Me dije que para conocer bien la literatura italiana había que comenzar por el principio.

 

¿No estudiaste en una academia?

No. Solo leyendo con mi madre. Que de alguna manera fue una enseñanza informal, porque no eran clases regulares y realizadas como en el colegio, pero eran clases. Leíamos poemas y veíamos en ellos el vocabulario, la sintaxis, los verbos, pero sobre la base de poemas.

 

¿En qué momento decidiste empezar a traducir la Divina Comedia?

Hasta ahora sigo traduciéndola y corrigiendo, pero el trabajo grueso y continuo fue entre 2008 y 2010, durante tres años. Fue para la edición que se conoció en Edhasa. Ahora hay una posibilidad de reedición. En esa editorial hubo una desgracia: se produjo un incendio en su depósito. Pero la Divina Comedia tuvo la suerte de que había sido casi toda distribuida, de modo que lo que se quemó de la edición fue poco. Pero ahora no se consiguen ejemplares. Lo que estaba en librería se agotó. Posiblemente haya una reedición en otra editorial. Hice, en principio, un contrato con Lon, una editorial chilena, que distribuye acá también algunos de sus libros. Y entre ellos estará la Divina Comedia. Es una editorial interesante, empezó con muy poco y ahora tiene un catálogo excelente de poesía, narrativa y ensayo.

 

¿Y la traducción de Pavese cómo surge?

Pavese es un autor que conocía bien y que había leído en la traducción de Rodolfo Alonso. Después leí algunos poemas sueltos en italiano, hasta que conseguí la edición completa de su poesía. Y en un momento me dio curiosidad de ver cómo era ese poeta en italiano, no para menospreciar la traducción de Alonso sino para ver cómo me sonaba a mí cuando lo leía entero en italiano. Cuando tuve el libro lo leí completo. Todo Trabajar cansa y un poco menos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, porque no me interesa tanto. Estos eran los poemas póstumos, se publicaron después de la muerte y no sé si él estaba muy convencido de hacerlo.

 

¿Por ahí él los hubiera trabajado o completado con otras cosas?

Seguramente. O los hubiera guardado por considerar sus poemas nada más que un desahogo. Eran poemas de amor y estaban muy enfocados en una mujer que para él estaba claro quién era. De todos modos, esto de si los hubiera publicado o no es pura conjetura. La cuestión es que a mí me interesaba más Trabajar canta. Y leí ese libro de corrido en italiano. Y se me dio el mismo impulso que sentí frente a la Divina Comedia: quería ver cómo me salía a mí, cómo ponía sobre el papel la manera en que leía o recibía la obra. Porque uno no recibe en italiano. A menos que se sea bilingüe de nacimiento, siempre se traduce para adentro. El tema era poner eso el papel para ver cómo quedaba, cómo se realizaba. Y así le dediqué un tiempo a traducirla. Recuerdo que la traduje un verano. Esto fue hace bastante, antes de arrancar con la Divina Comedia, que fue por fines de 2008 y principios de 2009. Fue antes seguro. Un año antes, tal vez.

 

¿Qué te interesa de Pavese es especial? ¿Por lo menos en la lectura en italiano?

No, creo que es un poeta y narrador importante en italiano y en cualquier lengua. Es un tipo que cambió las cosas en Italia. El asunto es cómo las cambió, para qué lado, que es lo que más me interesa. Las cambió en el sentido de un realismo mítico. Su obra, a la vez que es muy realista, trabaja con una teoría del mito. Y eso se nota detrás de los poemas. Hay un trasfondo mitológico que varias veces lo pone de relieve usando nombres como el de Ulises en el título de un poema. Y hay otro que se llama “Mito” incluso, aludiendo a los mitos rurales o bien con un trasfondo mítico acerca de los clásicos.

 

Él conocía mucho esa mitología clásica, como lo demuestra en Los diálogos de Leucó.

Claro, ese libro lo escribió después de haberse metido a trabajar con Trabajar cansa. Ahí pasa la experiencia mítica por la realidad concreta de su entorno, de la tierra donde nació. El libro está dedicado a todo ese paisaje de las colinas de la región del Piamonte. Creo que es una zona de colinas al sur y al este del río Tanaro, en el norte de Italia, al que llaman Las Langas. Ese norte de Italia que los romanos dividían entre la Galia Cisalpina, antes de cruzar los Alpes, y la Galia Transalpina, o sea detrás de esa cadena montañosa. Ese paisaje está todo el tiempo y no solo eso, también los personajes, los campesinos, las prostitutas. Lo que me interesó fue ese camino no solo de reflejar la propia realidad, sino el hacer un ajuste en la poesía italiana a partir del cual abre un cauce. Y de hecho hay mucho de ese cauce en la poesía de habla española después de los cincuenta, una cierta de afinidad con ese camino realista y eso me gustó. Si me preguntas por qué, no lo sé, pero es evidente que yo tenía una tendencia a ese tipo de poesía y no a un estilo más lírico.

 

¿Cada traductor hace su propia traducción a partir de cómo él organiza internamente de lo que recibe en la lectura del original? ¿Y es esa recepción particular la que logra que una traducción tenga matiz propio y se diferencie de otra?

Me parece que sí, porque la reescritura la haces cuando lees. Incluso cuando estás actuando como lector, y no como traductor, vas haciendo directamente esa operación, aunque sea muy rápido. Es una reescritura interna. No es tu primer idioma el que lees. Lo que diferencia a una traducción de otra es que al hacerse esa reescritura se usan tus palabras, que no siempre son exactamente que las de otro traductor. En traductores de otra época ni hablar, porque las traducciones están condicionadas por la lengua de su tiempo.

 

¿El hecho de ser poeta provoca alguna ventaja a la hora de traducir?

Pienso que cualquiera, sea o no poeta, puede traducir poesía. Porque esa persona lee y hará su propia lectura. No creo que el poeta tenga una percepción especial, pero lo que sí puede ocurrir es algo que constituye más un problema que una ventaja. Y es que el autor traduzca a través de su propia poética, que lo haga en forma más cercana a su poesía que a la del original. Esa es una observación que se le ha hecho a muchos traductores poetas. De Girri, que traducía del inglés, se decía que lo hacía “girrianamente”. Vos lees, por citar un ejemplo, al poeta isabelino John Donne traducido por él y es un John Donne “girriano”, mas conceptuoso, más intelectual, menos melodioso. Que es lo que él era. Es difícil, o diría que casi imposible, no hacerlo, porque si ya se tiene un lenguaje propio, se sea o no poeta, eso transmite una marca a la traducción. Si el poeta tiene cuatro posibilidades sobre una palabra y se inclina más por una que por otra, cada una de esas elecciones va definiendo un estilo de traducción. Y si encima de eso, además se escribe y se tiene una poética, las elecciones están más condicionadas todavía, más marcadas.

 

¿Gelman tradujo?

Yo no conozco traducciones de él, pero de hecho escribió en ladino y tiene un libro que se llama Dibaxu, que se supone está escrito en ese idioma. Y después inventó autores pero en castellano, que eran supuestas traducciones. Pero se trataba de inventos.

 

Una suerte de trabajo como lo de Fernando Pessoa con sus heterónimos.

Sí, algo parecido, pero Pessoa armaba más a sus personajes, cada uno de los cuales tenía su propio estilo. En cambio, Gelman es siempre Gelman. Los heterónimos de Pessoa hasta se escribían cartas. Hay uno que le dice al otro: “No lo escuche a este porque es un charlatán.”

 

¿Qué es lo último que has escrito como poesía propia?

Publiqué en una edición digital (por ahora) una colección de poemas, una collana como dicen los italianos, un libro. Que tiene un nombre muy raro: Mar de Chucoska. Que es un mar en el Ártico real, en una costa es Alaska y en la otra Siberia, donde se unen los hemisferios. Todo esto no está explicado en el libro, pero no importa (se ríe). Los poemas tienen una vinculación directa o indirecta no con el mar de Chucoska, pero sí con la idea del hielo, del ártico, de la blancura. Hay un poema dedicado al capitán Haab del Moby Dick. Lo terminé el año pasado.

 

¿Y en periodismo qué haces?

En periodismo escribo una columna en el Periódico de Poesía de la Universidad de México, que es digital, y lo hago una vez por mes. Es un artículo sobre poesía y política. Tomo un tema que puede ser de actualidad o no, o teórico o medio ficticio, depende. Otras cosas, no. No tengo ganas. Estoy feliz como jubilado.

 

En la sombra del tardo crepúsculo, nos despedimos de Jorge con un abrazo. No hay nadie que nos acompañe en nuestro camino de regreso, como lo hacía aquel primo gigante y vestido de blanco (como la nieve de Chucoska) que caminaba con Pavese por las colinas de Piamonte y que recorrió Los Mares del Sur. No está, pero como él hemos aprendido también que hay un momento en que hay que callar, someterse a los suaves y sabios masajes del silencio. Las buenas palabras del día cosechadas en un diálogo intenso, adquieren luego, al ser recordadas en la placidez de la noche, una nitidez y una textura tan insólitas, que a veces parecería que piden ser tocadas.

                                                                                                                         Alberto Catena