Adultos sin red

Julio 2016

Actualidad

Las imágenes “viralizadas” en Internet de un niño llorando sin consuelo por la renuncia de Lionel Messi a la Selección, tomadas por su madre, muestran de qué modo la necesidad de ser “conocido” supera prácticamente todas las barreras, incluso las más sensibles.

El video dura 1 minuto y 58 segundos y fue visto en YouTube centenares de miles de veces. Un chico de 6, 7 años llora desconsoladamente por el anuncio de Lionel Messi de no continuar en la Selección después de que el equipo argentino perdiera la final de la Copa América con Chile. El chico llora y no recibe consuelo. Mientras lo filma, la madre le pide que le diga al futbolista que lo quiere, y le promete que le van a hacer llegar su mensaje. “Vos estás filmando para mostrárselo a papá”, dice el chico entre llantos, sin respetar el guión. “¿Por qué no querés que se vaya?”, pregunta la madre. “Porque sin él no ganamos ni un partido solo”, contesta él con buen tino mientras se le llena de mocos la nariz, que la madre limpia de inmediato con su mano. “Todos podemos cometer errores”, agrega el chico. Pero la madre no entiende y le pide que lo repita, con la promesa de que “se lo vamos a mandar”. Y le apunta: “Decile que lo bancás y que lo queremos en la Selección”. A pesar de su estado emocional, el chico dice que “sin él no vamos a ganar nada” y que “no se tiene que retirar nunca, ni cuando tenga 200 años”. (No se publica el link del video para no invadir aun más la intimidad del niño).
Además de la viralización “natural”, el video recibió el espaldarazo del conductor Marcelo Tinelli, al parecer amigo de los padres del chico, que lo dio a conocer en Showmatch, su exitoso programa de Canal 13, lo que multiplicó su visualización. Es decir, la visión de un chico que llora y la voz de su madre que lo filma “para que lo vea Messi”.

“El niño —analiza el psicoanalista Daniel Waisbrot en la sección Psicología del diario Página/12se ha encontrado con un límite a su deseo, ese límite que nos acompaña tanto en nuestra humanidad cotidiana. Por ahora, no parece poder tolerarlo. Y sus padres tampoco parecen poder ayudarlo. Lo exponen, lo filman, lo incitan a hablar, lo mandan a la tele. Evidentemente, para ellos es divertido, disfrutan de subirlo ya no al Facebook, sino a un sitio de difusión mucho más masivo. Se lo mandan a su amigo, Tinelli. Digamos que el niño no parece angustiarse por otra cosa que por la imposibilidad de seguir ganando partidos. El imperativo de ganar siempre se sostiene en esta familia que no lo cuestiona. Los padres no advierten que al exponer al niño (¿Acaso le habrán preguntado si querría salir en la tele en ese estado? ¿De dónde sacan que es lindo mostrar eso? ¿Acaso ellos se mostrarían así a sí mismos?), exponen su propia incapacidad de contenerlo y de poner a trabajar con él la imposibilidad de ganar siempre. El modelo de éxito permanente, la ausencia de tope, de algo que esté en falta, ha ganado su subjetividad”.

En el ensayo La intimidad como espectáculo (Fondo de Cultura Económica), la socióloga Paula Sibilia sostiene que “cuando más se ficcionaliza y estetiza la vida cotidiana con recursos mediáticos, más ávidamente se busca una experiencia auténtica, verdadera, que no sea una puesta en escena. Se busca lo realmente real. O, por lo menos, algo que así lo parezca. Una de las manifestaciones de esa ‘sed de veracidad’ en la cultura contemporánea es el ansia por consumir chispazos de intimidad ajena. En pleno auge de los reality-shows, el espectáculo de la realidad tiene éxito: todo vende más si es real, aunque se trate de versiones dramatizadas de una realidad cualquiera”. Porque, dice, en el régimen de visibilidad que rige la sociedad espectacular, el único destino que puede resultar más vacío y desolador que ser famoso sin ningún motivo es, simplemente, no ser famoso.

Siempre hubo hijos no necesariamente extrovertidos impulsados por sus padres al escenario familiar para mostrar sus destrezas artísticas o deportivas, aun cuando no las había. Terminado el breve espectáculo, solo quedaba el recuerdo, la anécdota, quizás alguna foto. Por lo general no había intenciones de trascendencia, de convertir al hijo en famoso precoz, en gran medida porque no había herramientas para lograrlo ni una cultura que condujera a ese lugar o siguiera esa lógica. Pero hoy, señala Sibilia, “según las premisas básicas de la sociedad del espectáculo y la moral de la visibilidad, si nadie ve algo es muy probable que ese algo no exista”. El llanto del chico que quiere a Messi sí o sí en la Selección, por ejemplo. Esto se explica en parte, sostiene la autora, porque “en los últimos años ha estallado una intensa sed de realidad, un apetito voraz que incita a consumir vidas ajenas y reales. Los relatos de este tipo reciben gran atención del público: la no ficción florece y conquista un terreno antes ocupado de manera casi exclusiva por las historias de ficción”.

Y también porque el foco se desvió de las figuras ilustres: se han abandonado las vidas ejemplares o heroicas que antes atraían la atención de biógrafos y lectores, para enfocar a la gente común. Aquello que estaba reservado a la ficción, hoy es compartido por todo el mundo, casi literalmente. Hace unos años, cuando la era digital recién arrancaba, el boom de las historias de la vida privada empezó a sentar en el retrete a ricos y famosos, pero también a pobres e ignotos. Lo que hace Internet en general, y las redes sociales y YouTube en particular, es convertir en celebridades a personas que no necesariamente desean serlo ni están preparadas para tamaña exposición. Muchas veces sucede que caen en las redes de algún victimario, deliberadamente culpable o inocente por omisión, que hasta puede escudarse en el anonimato digital. Cuando la víctima es un niño, los peligros aumentan y el final de la historia es insospechado. En este caso, lo “novedoso” es que esa conducta se dio en el interior de una familia. Quizá solo porque, como argumenta Sibilia, hoy “valoramos nuestra propia vida en función de su capacidad de convertirse, de hecho, en una verdadera película”.