Alika Kinan, la pelea sin fin

Febrero 2017

Actualidad

Sometida durante años a la prostitución, igual que lo habían sido su abuela, su madre y sus tías, fue protagonista como querellante del primer juicio en que se condena la esclavitud de la trata. Hoy dedica su vida a su familia y a la asistencia y capacitación de quienes viven o vivieron el infierno que le tocó padecer a ella.

El 29 de noviembre último, el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Tierra del Fuego condenó a siete años de prisión a Pedro Montoya y a tres años a su mujer Ivana García y a Lucy Alberca Campos. La sentencia incluyó una multa de $70 mil para Montoya y de $30 mil para García, más el decomiso de sus bienes: el local donde funcionaba el cabaret El Sheik y un auto. Por otra parte, Montoya, García y la Municipalidad de Ushuaia deberán pagar una indemnización de $780 mil. Aunque los pedidos de penas de los fiscales y de resarcimiento económico de Alika Kinan eran mayores, el juicio no deja de ser histórico: fue la primera vez que una víctima de trata se presentó como querellante en una causa contra sus explotadores. Y lo ganó. La demanda contra los tratantes y el municipio de Ushuaia se inició en 2013, por haber mantenido en funcionamiento, ya vigente la Ley de Trata, el local donde se ejercía la prostitución, con controles municipales periódicos y obligatoriedad de que las mujeres explotadas se hicieran exámenes médicos y contaran con libreta sanitaria. Es decir, con la complicidad oficial.

A sus 40, Alika Kinan Sánchez se convirtió en protagonista voluntaria de esta parte de su historia, que había comenzado muchos años atrás en su Córdoba natal, cuando primero su abuela, luego su madre y sus tías y más tarde ella misma, fueron de uno u otro modo obligadas a prostituirse por los varones de la familia. Abandonada a los 15 años por sus padres y a cargo de su hermana de 9, no tuvo suerte con los trabajos tradicionales. Fue su propio padre quien le dijo: “Vos ya sabés lo que tenés que hacer”. El destino físico ya estaba escrito: Ushuaia. Y su trabajo, su destino fatal, también: alternadora, un eufemismo.

Durante años, una pieza oscura a los fondos de un local de dudosa reputación, aunque frecuentado entre otros por personajes encumbrados de la sociedad fueguina, fue a la vez su vivienda y el lugar en el que hasta más de diez hombres en una noche utilizaban su cuerpo para satisfacer un deseo unilateral. Es decir que también fue su cárcel. Después de dieciséis años (y con un intervalo de varios años en España, donde un “cliente” la había llevado a vivir con él y su familia, y del que escapó tras sufrir la violencia en carne propia y en la de su hija mayor), en 2012 fue rescatada y, tras sortear numerosos obstáculos públicos y privados, ayudada a reinsertarse en la sociedad.

Ella, además, eligió luchar para dar vuelta su historia y la de muchas otras mujeres. En una carta publicada en Facebook dio a conocer su caso: “Desde 1996 fui explotada de manera sistemática y diariamente en la provincia más austral del mundo, donde ser prostituta era un orgullo, ya que las mujeres no venían a esta isla por propia convicción: acá se venía a que los gendarmes, militares, policías, tengan mujeres a su disposición para saciar sus necesidades. Sobreviví no sólo a esto, sino a intentos y violaciones consumadas, manoseo diario, peleas, golpes y sangre, mucha sangre, marcas en la cara y otras partes de mi cuerpo”.

El infierno y la resiliencia

En una entrevista del diario Página/12, Alika le contó a la periodista Roxana Sandá que “Ushuaia es puerto y base naval, históricamente provincia de destino. A las putas las traían los gendarmes, los militares, la misma policía. Todos eran cómplices. Hoy se reciben cruceros y barcos pesqueros internacionales. Bajan miles de personas, por lo que la explotación es permanente y de complicidades múltiples entre algunos poderes del Estado provincial. Cuando tocan puerto cruceros rusos o americanos suele bajar personal de nacionalidad filipina, mano de obra barata pero que paga en dólares, y eso es mucho para un proxeneta. Los locales abren a las 8 de la noche, aquí es plena luz del día hasta la mañana siguiente, y tenés que estar a disposición de los clientes. El funcionamiento de whiskerías o cabarets está penado, pero nadie regula. Se terminan abriendo puertas a la trata porque las chicas están tan pasadas de droga que no saben si están siendo secuestradas. Cuando llegué, en 1996, los tratantes que me captaron me bautizaron Carla y después me llevaron al casino para enseñarme cómo debía moverme. De paso era mostrada a los tipos, que a la noche iban a ir a la whiskería a gastarse la plata que ganaron. A las que se portan mal las pasan de un boliche a otro, donde las condiciones empeoran. Es cuestión de vida o muerte”. Todo esto antes y después de entrar en vigencia la Ley 26.364 de Prevención, Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas.

Una vez rescatada, Alika tardó algún tiempo en terminar de ver su propia realidad de mujer explotada sexualmente. Dice que lo logró mediante una suma de terapia psicológica y concientización de género de una organización feminista que la acompañó en todo el proceso. Comprendió entonces, y para siempre, que acostarse con hombres y cobrar por ello “no significaba mantener relaciones consentidas. Eran violaciones, entregas sexuales con riesgo permanente. Tengo cuatro hijas de 14, 8, 6 y 3 años y un bebé de un año y medio. A ellas les digo todo el tiempo que manden sobre sus cuerpos, que deben amarlos y cuidarlos. Viví muchos años en ambientes violentos. Demasiados insultos. Y dentro mío había un quiebre que costó reparar. No quiero que les pase lo mismo”. Y abunda: “Los tipos son como un tsunami que abordan a las adolescentes o a las mujeres más vulnerables. Si hubiera sido sumisa, me habrían encontrado en una zanja o en una bolsa. Ellos nos ven como materiales que pueden descartar. Debemos crear conciencia sobre la clase de hijos que queremos tener.”

Hoy está casada, disfruta de sus cinco hijos y creó un instituto de género y de asistencia y capacitación para víctimas de trata, que funcionaría en terrenos adjudicados por la provincia. Lo bautizó Sapa Kippa, que en la lengua originaria de los pueblos de la isla significa sangre de mujer.  Cuenta que se trata de “un anhelo que tenemos con otras activistas, psicólogas, asistentes sociales especializadas en abuso. La idea es reinsertarlas, transferirles una experiencia nueva, libre de conceptos machistas y patriarcales, que les devuelva su autoestima”. Esa autoestima que el que durante muchos años parecía su destino inmodificable le había robado y que ella, a fuerza de resiliencia, está logrando recuperar.

Fotos. Facebook personal de Alika Kinan