Casados sin hijos

Septiembre 2016

Actualidad

Crece el número de mujeres y hombres que quieren vivir en pareja pero que no quieren asumir el compromiso de criar niños. Ser padres es cada vez más una opción y menos una obligación, pero aún se percibe la tensión entre la libertad de elegir un camino no tradicional y obedecer el mandato familiar y social. Cuáles son los argumentos de quienes se suman a esta nueva tendencia.

Responden al perfil de lo que a finales de los 90 se empezó a conocer como dink (las iniciales en inglés de “doble ingreso, sin hijos”). Es decir, parejas en los que ambos trabajan, por lo general en empleos calificados gracias a su instrucción de nivel superior, que valoran los placeres que puede comprar el dinero y la libertad de vivir con relativamente pocas preocupaciones, al menos de tipo familiar. Hoy, esa tendencia que hace veinte años era juzgada como excesivamente individualista, desamorada y hasta antisocial, se extiende por todo el mundo. En el caso de  Argentina, esta tendencia amplía su presencia en sectores medios de la sociedad urbana.

Los juicios a esta elección continúan, pero el fenómeno sigue en ascenso. A tal punto llama la atención esta postura que incluso el papa Francisco se ocupó del tema, criticando a quienes la “cultura del bienestar” convenció que es preferible tener gatos y perros. “¡Es mejor no tener hijos! ¡Es mejor! Así tú puedes ir de vacaciones a conocer el mundo, puedes tener una casa en el campo, tú estás tranquilo...”. Desde otro ángulo, una película —Sin hijos, de Ariel Winograd, con Diego Peretti y Maribel Verdú— y una obra de teatro —Somos childfree, de Matías Del Federico, con Gabriel Goity y Eugenia Tobal—, ambas argentinas, también reflejan esta tendencia en alza.
En el Instituto de Ciencias Sociales y Proyectuales de la Fundación UADE se realizó una investigación de campo en el Área Metropolitana de Buenos Aires entre hombres y mujeres de 25 a 45 años con pareja estable, dos ingresos y sin hijos, con un nivel educativo universitario o aun más alto. Profesora investigadora de ese Instituto, la doctora Diana Barimboim señala que el descripto es el perfil recurrente entre parejas que prefieren, al menos, postergar de común acuerdo la decisión de ser padres “para disfrutar de viajes y tiempo de ocio, y para consumir. No quieren renunciar en el presente a parte de sus ingresos para destinarlos a un  hijo, ni tampoco a su libertad”.

Hay factores internos y externos para esta elección. Entre los primeros, dice la especialista, “el tilde narcisista puesto en la individualidad y los compromisos profesionales excesivos, hacen que tanto hombres como mujeres prioricen la ilusión de una vida en libertad, sin compromisos que los aten para viajar, para gastar sus ingresos en bienes de consumo personales, etc. El anhelo por conocer otras formas de vida y culturas, la búsqueda de la ‘felicidad’ constante como un estado abstracto, hace que no puedan conciliar la idea de una familia tradicional. Piensan que primero tienen que disfrutar de toda esa independencia para luego dedicarse a la crianza de un hijo, que aparece como totalmente limitante del propio disfrute”.

Los asuntos externos se relacionan con el desarrollo de las respectivas carreras y el deseo de independencia, más que en aspectos globales como la violencia irracional, la superpoblación, la potencial escasez de alimentos, etc. “En la investigación de campo realizada por el INSOD (UADE) algunos entrevistados hacían el cálculo económico de lo que les saldría mantener a un hijo hasta la edad universitaria inclusive y esto, desde ya, significaba que ellos tendrían que sacrificar sus placeres de consumo y de disfrute, es decir que era un factor decisivo para postergar el proyecto de maternidad-paternidad. La sociedad de consumo y el deseo de exitismo profesional los impulsa a tomar esta decisión”.

Me gusta ser mujer
Más allá de que se trata de decisiones conjuntas, no es casual que la tendencia sea contemporánea a una época donde la postergada autodeterminación femenina cobra fuerza. Hace casi siete décadas, Simone de Beauvoir lo anticipaba en El segundo sexo: “En virtud de la maternidad es como la mujer cumple íntegramente su destino fisiológico; esa es su vocación ‘natural’, puesto que todo su organismo está orientado hacia la perpetuación de la especie. Pero ya se ha dicho que la sociedad humana no está jamás abandonada a la Naturaleza. Y, en particular, desde hace aproximadamente un siglo, la función reproductora ya no está determinada por el solo azar biológico, sino que está controlada por su voluntad”.

Más cerca en el tiempo y aun más contundente, la española Silvia Tubert escribió en Mujeres sin sombra: “Durante tanto tiempo se ha concebido a la maternidad como una función de carácter instintivo profundamente arraigada en la estructura biológica de la mujer, independientemente de las circunstancias temporales y espaciales en las que tiene lugar, que nos resulta difícil reconocer que, en tanto fenómeno humano, la maternidad es una construcción cultural”.

Para Barimboim, los cambios del género femenino de las últimas décadas produjeron un cambio de paradigma social respecto de la conformación familiar. A partir del uso extendido de métodos anticonceptivos, la sexualidad queda separada de la procreación, y así la mujer puede decidir por sí misma si tener o no hijos. Y completa: “La inclusión al mundo profesional-laboral, el deseo de desarrollo de carrera, hace que ‘ser mujer’ no sea identificado ya con ‘ser madre’. Su realización personal se extiende a varios ámbitos de la vida. Esto influye en la tendencia creciente a postergar la maternidad, ya que parecen ser dos roles, a veces, incompatibles (el de profesional y madre) por la excesiva demanda de ambas funciones”. Y aunque la investigación se circunscribió a parejas heterosexuales, considera que “el impacto de la sociedad de consumo abarca a todo tipo de pareja, por lo que no habría diferencias”.

Modelo para armar
¿De qué hablamos cuando hablamos de familia? Hoy son numerosos los modelos de familia que conviven con el tradicional. En varios gráficos que circulan por las redes sociales, esos modelos incluyen variables que no eran muy tenidas en cuenta, como la familia que forman una persona y su mascota. “Los mandatos familiares —explica Barimboim— siguen subsistiendo pero se los interpela. En nuestros días hay un cambio en las configuraciones familiares. Surgen diferentes tipos de familia: monoparentales, ensambladas, homoparentales, etc. Esto significa que la representación social de familia (mamá, papá, dos hijos), comienza a modificarse”.

En el estudio mencionado se detectó que para estas parejas sin descendencia, los hijos están mucho más idealizados que en la familia tradicional y la función materna-paterna se visualiza con mucha exigencia. “Los entrevistados dijeron ‘no estar preparados todavía para ser buenos padres’ y para poder criar ‘hijos sanos y felices’, como si tuvieran cierto temor de ejercer el rol de mamá y papá. Esto habla del grado de exigencia que tanto hombres como mujeres padecen en el cotidiano vivir”. También se descubrió que, para ellos, no tener hijos no implica sentir que no se tiene una familia, y que las familias de origen y los amigos ocupan un lugar de continencia afectiva.
“Por otra parte, el ‘hijo’ en la sociedad del siglo XXI es el único compromiso que se asume para ‘toda la vida’. Los vínculos de pareja permanecen mientras ambos integrantes se sientan bien, así es que se habla de una ‘monogamia secuencial’; los trabajos cambian, los objetos de consumo son desechables; la vida es un presente continuo. Ser padre o madre —concluye la especialista— es el único proyecto a futuro que hay que sostener en el tiempo, y eso genera temor”.

¿Se pueden dar en estas parejas episodios similares al síndrome del nido vacío, que se produce cuando el hijo se va de la casa para independizarse? “Creemos que en aquellas parejas que han pospuesto y que no han hecho el duelo por la renuncia de la paternidad-maternidad, podrían presentarse en el futuro signos de depresión y hasta conflictos en el vínculo. Se observa que la adquisición de mascotas ha crecido considerablemente. Estas pasan a satisfacer parte del amor parento-filial, con un grado de compromiso y preocupación menor (permiten salir de vacaciones, si bien generan gastos nunca se igualan a los de un hijo). En el caso que el reloj biológico marque sus horas y la pareja haya negado sus agujas por estar inmersa en un presente continuo, negando el paso del tiempo, es probable que en cada uno de ellos se genere un vacío existencial que los llevará a una insatisfacción a nivel personal y hasta a una depresión profunda”.

En cambio, hay quienes no vislumbran horizontes oscuros, sino la certeza de una convicción. Grupos de activistas, empezando por los pioneros No Kidding, de Canadá, o Child Free, de Australia, celebran y promueven la postura de no tener hijos. Y hasta hay libros que explican y de algún modo alientan esta decisión, como Childless revolution (La revolución sin hijos), de la estadounidense Madelyn Cain, o Selfish, shallow and self-aborbed (Egoísta, superficial y egocéntrico), de Meghan Daum, columnista de Los Angeles Times, en el que convocó a 16 escritores —13 mujeres y 3 hombres— para que cuenten cómo y por qué llegaron a hacer esta elección, que para una de las autoras, Kate Christensen, “es muy pensada y, en mi caso, complicada, dolorosa y privada”.