Cómo cuidarse en el verano

Enero 2019

Actualidad

Estrategias para sobrevivir a la temporada de calor en materia de nutrición, hidratación, cuidado de la piel, vestimenta, etc.

Así como en el invierno hay que protegerse del frío, los cambios bruscos de temperatura, los ambientes poco ventilados, etc., y en el otoño y, en especial, la primavera, hay que tratar de evitar los agentes alergénicos, el verano requiere de una serie de cuidados imprescindibles para mantener la salud y no ser sorprendidos por los efectos indeseables del calor.

Aunque no queramos hacer caso, a pesar de que nos preocupan esos kilos de más que se hacen más evidentes en traje de baño, en el verano necesitamos ingerir menos calorías que en la temporada fría. Esos platos hipercalóricos típicos del invierno, que además de satisfacernos nos reconfortan, en la época estival no son necesarios y suelen tener un efecto exactamente opuesto al de los días fríos. Por eso se imponen las ensaladas, los platos ligeros, las frutas frescas de estación (que aportan agua y azúcares naturales), y además, también por efecto de las altas temperaturas, tampoco necesitamos una gran cantidad de comida. 

Otro aspecto de gran importancia para mantener la salud en el verano es la hidratación. Hay que tener en cuenta que debido a la mayor sudoración por las altas temperaturas, el cuerpo necesita hidratarse aún más que en otras épocas del año, aunque siempre es algo a tener en cuenta independientemente de la estación. Y aunque afecta a personas de cualquier edad, quienes compensan menos esa pérdida de líquido son los niños, especialmente los menores de un año, y los ancianos, en particular quienes padecen enfermedades crónicas como insuficiencia renal y/o cardíaca y personas que se someten a tratamientos de diálisis.

Todas las precauciones apuntan a evitar al gran cuco del verano en materia de salud, que es el golpe de calor. El escenario más proclive a que ocurra es el de varios días de temperaturas extremas y sostenidas (más de 30 grados durante tres días seguidos), que pueden provocar la pérdida de agua y de sales esenciales para el organismo, más aun si la humedad también es alta, ya que dificulta la pérdida de temperatura a través de la transpiración.

 

Los síntomas más habituales de golpe de calor son variables, pero los más frecuentes son alta temperatura corporal, dolores de cabeza, náuseas, mareos, piel seca y enrojecida, pulso y respiración débiles. Esto en los casos de mayor cuidado, aunque en el mismo contexto climático también suele haber bajas pronunciadas de la presión arterial, mareos y dolores de cabeza que no llegan a constituir un cuadro de golpe de calor pero de todos modos requiere de cuidados y atención médica si se prolonga en el tiempo. 

 

Algunas claves

Adultos
• No consumir comidas pesadas y abundantes. Se deben comer alimentos muy livianos como frutas, verduras, ensaladas y evitar comidas copiosas.
• Evitar las bebidas muy frías o muy calientes, con cafeína o con azúcar en exceso, y también el alcohol,  porque aumenta la temperatura corporal y las pérdidas de líquido. 
• Beber agua permanentemente, al menos 2 litros por día.
• No realizar actividad física intensa, en ambientes cerrados o a pleno sol, especialmente entre las 10 y las 17.
 
Niños
• No esperar a que pidan agua. Ofrecerles continuamente líquidos, especialmente jugos naturales. 
• Los lactantes deben mamar con mayor frecuencia.
• Vestirlos con ropa holgada, liviana, de algodón y colores claros. Cuando es factible, dejarlos sin ropa.
• Bañarlos o mojarles el cuerpo frecuentemente.
• Evitar que realicen juegos físicamente intensos.
• Mantenerlos en lugares ventilados o con aire acondicionado.
• Aunque estén acompañados por un adulto, evitar que se queden dentro de un vehículo estacionado y cerrado.

Otro enemigo al acecho durante el verano es el sol. Al margen de sus grandes cualidades, sin las cuales no habría vida sobre este planeta, algunos de sus efectos sobre las personas pueden ser de suma gravedad. Fundamentalmente, la posibilidad de desarrollar cáncer de piel si no se tienen en cuenta algunos cuidados para exponerse a sus rayos. Es que es el factor de mayor riesgo de contraerlo es exponerse o haberse expuesto en forma excesiva al sol o haber sufrido quemaduras solares importantes. Hay que tener en cuenta, además, que los efectos de los rayos ultravioletas son acumulativos. Por otra parte, las personas con antecedentes familiares de cáncer de piel deben extremar aun más los cuidados.

Por eso es fundamental estar permanentemente protegidos mientras se está al aire libre, no solo cuando hay sol sino también los días nublados, porque las nubes permiten el paso de las radiaciones ultravioletas. Por otra parte, tanto la arena como el agua y la nieve reflejan los rayos y aumentan su potencia. Así, lo ideal es evitar el sol directo entre las 10 y las 17, cuando la radiación solar es más dañina.

Es importante también el uso de sombreros de ala ancha, remera y anteojos de sol con filtro UV certificado, además, por supuesto, del protector solar (ver aparte) e indumentaria de colores claros, que son refractarios. Los chicos de hasta un año no deben ser expuestos al sol directo, y en caso de que se produzcan exposiciones temporarias se les debe aplicar protector solar pero solo a partir de los 6 meses de edad. También deben extremar las precauciones las mujeres embarazadas, debido a que los cambios hormonales característicos de su estado generan alteraciones en la coloración de la piel que se agravan con la exposición al sol.

 

El protector solar perfecto

Los especialistas dicen que el protector solar hay que usarlo, idealmente, todo el año, pero el acento está puesto en el verano, cuando el sol gana en poder. Recomiendan aplicarlo en el rostro, el cuello, el escote, las orejas, el dorso de las manos y las zonas que permanecen al descubierto y, en caso de estar al aire libre, aun en días nublados,  reaplicarlo cada 2 o 3 horas. Además de los filtros, que deben cubrir el espectro de rayos UVA y UVB, el protector solar debe incluir agentes regeneradores de la piel como la alantoína o la vitamina A y antioxidantes para prevenir y retardar el fotoenvejecimiento como la vitamina E. Y deben ser resistentes al agua.

Del mismo modo que no todas las pieles son iguales, tampoco lo son los protectores solares. Es fundamental elegirlo de acuerdo a las características cutáneas de cada persona. Para esto hay que identificar a qué fototipo pertenece cada uno. El fototipo es la capacidad de adaptación y asimilación de las radiaciones solares que tiene la piel humana, y que varía según el color de ojos, cabello y piel, lo que determina el factor de protección adecuado. Recién cuando conocemos el fototipo estamos en condiciones de elegir el protector solar más adecuado:

• Fototipo 1. Piel muy blanca, ojos azules y pecas. Deben usar un factor de protección solar (FPS) 65 u 80.
• Fototipo 2. Piel clara, ojos azules o claros y cabello rubio o pelirrojo. El FPS indicado sería 45 o 50.
• Fototipo 3. Piel blanca, ojos marrones y cabello castaño. Necesitan un FPS de entre 30 y 40.
• Fototipo 4. Piel, ojos y cabello marrones. Se sugiere un FPS 20 o 25.
• Fototipo 5. Piel morena. Se indica un FPS 15.
• Fototipo 6. Piel, ojos y cabello oscuro. Es suficiente con un FPS 8 o 10.