Diez años después

Noviembre 2011

Actualidad

Una década apenas nos separa de aquel diciembre fatídico de 2001 que le costó al país tantas muertes y que nos hizo sentir a todos los argentinos que estábamos al borde del abismo, de la desintegración. Diez años. Un período exiguo en la vida de cualquier nación, incluida la nuestra, pero que, precisamente por su brevedad, ha permitido al país tener una experiencia trascendente, poco común en tramos históricos tan cortos. Que la mayoría de los habitantes de la actual población haya sido testigo y protagonista privilegiada de lo que ocurrió en los extremos contrastantes de esa década (2001 y 2011), que haya podido ver y comparar dos caras de la realidad argentina en un antes y un después. Nadie debió contarle a esos millones de personas lo que pasó como una historia del pasado o de otra época. Esas multitudes  atravesaron con su cuerpo y su conciencia todos los hechos de esa década, los habitaron como seres presentes y vivientes durante cada hora y cada día.

Pensemos en algunas de esas personas. En aquellos muchachos que ante el derrumbe se  tentaban con la posibilidad de irse a Europa en busca de nuevos horizontes de trabajo o los que llevaron a la práctica esa decisión. Siguen siendo aún personas muy jóvenes. Muchos lograron aquí su plena reinserción laboral, otros que se fueron volvieron, entre ellos cantidad de científicos, y están los que se quedaron en Europa y sufren angustias semejantes a las que pensaron dejar atrás. Porque ahora, en el viejo continente, el poder económico concentrado aplica a los países más débiles de la comunidad -a sus  pueblos, a sus trabajadores, no a sus potentados- las mismas inhumanas recetas con que el FMI sembró el hambre, la desocupación y la marginalidad en este país y América Latina.

Pero, claro, no han sido sólo los jóvenes los que se beneficiaron con este cambio tan importante registrado en ese decenio. También muchísimos otros ciudadanos de la media y tercera edad vieron mejorar sus condiciones de vida, desde los que volvieron a tener ocupación digna hasta los cubiertos por una nueva protección social, como las madres con acceso a la Asignación Universal por Hijo o los millones de jubilados que ingresaron al sistema o pudieron mejorar sus paupérrimas asignaciones de otros años. Obviamente, no es intención de esta columna contabilizar todos esos logros, pero sí subrayar cómo, a lo largo de los diez años, esas transformaciones produjeron un cambio profundo en la vida de la Nación y en el humor social de la gente. Eso quedó probado en forma patente en las recientes elecciones del 23 de octubre pasado.

Es útil reflexionar sobre estos hechos para medir la magnitud de lo que hemos avanzado como país y de cuánto más debemos avanzar aún. Hay una mutación  en el humor social decíamos y ese sentimiento es parte de una conciencia ciudadana más sólida acerca de lo que la nación necesita y por qué caminos hay que seguir andando. Si las elecciones de octubre no fueran una prueba contundente de esa modificación, una encuesta realizada por la Facultad de Ciencias Sociales de Universidad de Buenos Aires nos acercaba dos días después una nueva evaluación: que diez de las principales medidas políticas llevadas a cabo en los últimos cuatro años lograron niveles de acuerdo que fueron del 52 al 80 por ciento.

Las conclusiones de esa encuesta son más que interesantes porque demostrarían que varias de las políticas del gobierno cuentan con un aval ciudadano que excede por mucho los votos de la presidenta Cristina Kirchner. O sea, que muchos votantes de la oposición, aunque mantengan diferencias con el gobierno, reconocen la eficacia de su gestión. No es un dato menor, sobre todo porque crea condiciones materiales y conceptuales muy propicias para consolidar eso que en el espíritu de la mayoría de los argentinos aparece ya como una visión bastante clara de los senderos económicos y políticos que se deben seguir recorriendo, que son lo contrario de lo que ha sostenido el neoliberalismo. Sin ese ánimo colectivo sería complicado afrontar los desafíos que surjan en el camino inexcusable de seguir ampliando los márgenes de la igualdad en la sociedad argentina, de optimizar los niveles de vida y de ocupación en importantes sectores de la comunidad que todavía no disfrutan de los beneficios de un crecimiento cierto y de una distribución que si bien ha mejorado no es todavía equitativa y está lejos de lo que se necesita para erradicar por completo los estigmas del hambre, la pobreza y la marginalidad.

Los desafíos que propone el impulso de esas nuevas medidas, puesto que tocarán intereses creados, no se cumplirán sin conflictos ni obstrucciones de los núcleos de poder que se sientan afectados por las transformaciones. Pero, nada podrán hacer esas fuerzas para detener la profundización de ese proceso si el amplio consenso popular que se ha logrado hasta ahora se robustece y ahonda y si la voluntad de insistir en la hoja de ruta hasta ahora recorrida por el gobierno, como parece será según lo anunció la presidenta, no sufre modificaciones. La lógica hace suponer que, si frente a la adversidad, hubo una nítida voluntad de avanzar en un sentido justo, mucho más la habrá ahora que la expansión de la legitimidad justifica y facilita el tránsito hacia ese horizonte.  

La unidad de la ciudadanía, y su vigorización a través de la extensa  participación de los ciudadanos de todas las edades –no sólo de los jóvenes, cuya irrupción en la vida política es un dato notable de la actual realidad-, es el recurso más seguro para garantizar la concreción de este proyecto en el cual está interesado la inmensa mayoría de la población del país pero también la de una América Latina que anhela cumplir el objetivo de una mayor y más potente integración, esa que permitiría tender puentes solidarios y de complementación económica, social y cultural entre sus países y también de defensa común frente a los males que soplan del exterior, como es ahora la amenaza de potenciales descalabros financieros que provocaría la crisis europea.

Cabal, como empresa cooperativa, ya lo hemos dicho, no ha estado al margen de todo este proceso de cambio en la sociedad argentina de los últimos ocho años. La pujanza en los estímulos al consumo y el desarrollo del mercado interno han facilitado la expansión de los medios de pagos como instrumentos a través de los cuales se puede efectivizar las adquisiciones y compras de las personas. Por otra parte, esos medios de pagos como Cabal han contribuido fuertemente a la transparencia de las operaciones mediante las cuales se otorgan subsidios o beneficios como la asignación universal por hijo, que al adquirirse a través de una tarjeta permiten evitar cualquier tipo de manipulación clientelística.

Nuestra entidad, como todo el movimiento cooperativo, nunca ha sido neutral, porque la neutralidad convoca a la indiferencia y desinterés por el destino de la gente, algo que está en las antípodas de la filosofía solidaria que nos nutre. Siempre nos ha preocupado la vida, la situación concreta de las personas y, entre ellas especialmente las que están más desprotegidas por el medio social. La filosofía cooperativa es un ideario en cuyas raíces está la búsqueda de la felicidad colectiva y la plenitud humana. Toda su energía creativa está al servicio de ese ideal, de esa utopía. Y si el momento histórico ofrece una oportunidad a la nación de acercarse a esa meta nos encontrará, como siempre, al lado de los que pujan por alcanzarla.
Hasta la próxima edición de Cabal Digital. Y un abrazo.

                                                                               Rubén Vázquez