El sodero de mi vida

Mayo 2013

Actualidad

El tradicional sifón fue, hasta no hace demasiado tiempo, un elemento infaltable en la mesa de las familias porteñas. En la actualidad, la tecnología y el negocio de las bebidas gaseosas y las aguas saborizadas han reemplazado en buena medida aquella añeja tradición. Sin embargo, hay quienes todavía prefieren recibir al sodero, ese personaje del barrio que para muchos resulta entrañable.

La historia del agua gasificada se remonta a la antigüedad: los romanos ya conocían fuentes de aguas carbonatadas efervescentes; las transportaban en recipientes sellados y sólo podían adquirirlas personas muy ricas (se creía que tenían propiedades curativas, en especial para los problemas digestivos).
La Argentina, a partir de la década del 30’, se convirtió en uno de los países bebedores de soda por excelencia –como ya lo eran también Italia e Inglaterra-: el uso de la soda se popularizó rápidamente, y se convirtió en un clásico nacional. Durante medio siglo, al menos, en cada mesa familiar había un sifón acompañando el almuerzo o la cena.

Por estos días, las aguas saborizadas se posicionan como una categoría con crecimiento sostenido -el mayor registrado en el mercado de bebidas sin alcohol de las últimas décadas- y mueven un volumen de 800 millones de pesos anuales, en detrimento de la vieja costumbre, que ha quedado reservada a una población significativamente menor: muchos repartidores a domicilio se han ido extinguiendo -las formas de vida y el constante ajetreo diario obligan, muchas veces, a una mayor rapidez y practicidad-. Aún así, hay quienes todavía prefieren seguir transitando la entrega puerta a puerta, y mantienen la tradición de sentarse con un sifón a la mesa.

Se estima que en la Argentina trabajan aún 4.000 soderos, entre los empleados de las fábricas y los emprendimientos familiares. A esa cifra hay que sumar a los repartidores de sifones; cada uno de ellos puede llegar a tener hasta 1.250 clientes por semana.
Los tiempos cambian y hoy el sifón es reivindicado, también, como objeto vintage: lejos de sus años de esplendor, sobrevive en los bodegones porteños, tan de moda, y en los restaurantes que recuperan las tradiciones locales. También en boliches bailables la soda de sifón se usa para preparar algunos tragos y aperitivos, lo que le da a la ceremonia del barman un aire un tanto retro.

En el mercado de las bebidas gaseosas no alcohólicas, hoy la soda tiene una participación de entre un 5 y un 10 por ciento (cuando hace tres o cuatro décadas tenía el 85%, según estadísticas de la marca Cimes, una de las pocas que aún distribuye sifones de vidrio). La soda, dicen en Cimes, “no desaparece porque rememora al vermú, a la combinación con vino, a la previa del domingo, al cajón de sifones debajo de la mesada o de la parrilla”.

Quienes, además de consumirla, se interesan por conocer o ahondar en la historia de la soda, pueden acercarse al Club del sifón, donde también se encuentra el mayor museo de sifones de capital federal, el Museo de la soda. Luis Taube está a la cabeza de este sitio, ubicado en Berisso (Calle 60 y 128, teléfono 0221- 422 8537, entrada 5$), y donde se exhiben 4000 envases de soda distintos.
Fue en los años 80’ que este auténtico coleccionista comenzó a comprar sifones viejos, bajo la amenaza certera de que pudieran desaparecer un buen día. Recorrió soderías de todo el país, y así armó su colección: “Creo que no hay nadie en Argentina que sepa más de soda y sifones que yo”, explica. El Museo de la soda, creado en el 2003, también contiene documentación histórica, afiches publicitarios, máquinas de llenado, billeteras de sodero, picos: ese el lugar en donde es posible encontrar todo aquello vinculado a la historia de esta bebida.

A partir de la década de los 90’ se interrumpió en el país la fabricación de los sifones de vidrio. Fue a partir de entonces que el mercado de las bebidas de mesa se diversificó y el de la soda acusó una merma importante en el nivel de ventas. Puesta a competir con las aguas finamente gasificadas y la masificación de las gaseosas, la soda encontró una competencia hasta ese momento desconocida y perdió el lugar del que gozaba antes.  Hubo, sin embargo empresas grandes que sobrevivieron adaptando los envases o reemplazándolos por sifones de plástico, incluso soderías familiares, que mantuvieron la tradición de la fabricación y el reparto. Y surgieron los ya bien conocidos bidones de plástico, que permiten envasar de forma segura y práctica varios litros de agua.

 

Enlaces relacionados
Club del sifón: www.clubdelsifon.com.ar

Museo de la soda:  www.museodelasoda.com.ar

 

Algo acerca de la  historia de la soda en la Argentina *

 

En 1860 Don Domingo Marticorena funda una fábrica de licores y soda. Se cree que fue la primera en Argentina y una de las primeras en Sudamérica. Estaba situada en la calle 25 de Mayo frente al “Hotel del globo”. En 1886 la fábrica se traslada a calle Independencia 456 al 472. Con el prestigio que adquieren los refrescos Inchauspe y por ser su fabricación tan diferente a la de las aguas y sodas, en 1904 se le dió comienzo a la edificación para la fabricación de estos productos en San Juan 2850 bautizándola con el nombre de" La Argentina"
Hasta la década de 1930 la soda familiar se compraba en despensas y bares. Pero a partir de esa época comienzan los repartos a domicilio con carros tirados por caballos.

"La soda" (Agua con gas carbónico), fue primero envasada en garrafas de metal con un cabezal especial para extraer el agua gasificada. Esto provenía de Inglaterra (y se utilizó a partir de la última década del siglo XIX).
Con la fabricación del sifón de vidrio con malla de alambre (doble bocha, 2 Lts.- 1Lts.- 3/4 Lts.) con carga individual, que se compraba en ferreterías y bazares de la época, comienza la historia del sifón en Argentina. Luego, con la aparición de las máquinas de llenar sifones de uno y dos picos -los cuales eran cargados en forma manual e individual- llega también la malla de alambre,  reemplazada después por la de aluminio.
"El operario" debía trabajar con una careta de alambre y un delantal (por fuera de cuero y en su interior con una lámina de estaño o plomo) para protegerse de una posible explosión del sifón en su llenado.
"La cabeza de plomo", se utilizó hasta el año 1970 aproximadamente, aunque en algunas soderías la llegaron a utilizarla hasta 1975, fecha en que salió una reglamentación que prohibía su uso, por ser contaminante. A partir de allí se comenzó a utilizar la cabeza de plástico.
                                                                                       *Fuente: Museo de la soda