Entrevista a Daniel Divinsky

Mayo 2013

Actualidad

Fundada en 1966, Ediciones de la Flor es una de las pocas editoriales argentinas independientes que subsiste sin haber sido absorbida por ningún grupo transnacional, y sigue creciendo. Divinsky publica por estos días la obra completa de Rodolfo Walsh –a quien editó, por primera vez en 1973, con Operación Masacre-, y va por (mucho) más. Su mayor orgullo es no haberse sometido a los dictados del mercado, y haber publicado siempre a los autores que eligió por convicción.

Si hay alguien que conoce el oficio de editor, ese es Daniel Divinsky, uno de los ya míticos de la historia de la edición en la argentina. Con casi medio siglo de trayectoria y el mérito de haber publicado a autores de la talla de Rodolfo Walsh, Ray Bradbury, Umberto Eco, Quino, Ariel Dorfman, Fontanarrosa, Rep y Caloi, entre muchos otros, sigue proyectando y trabajando con el mismo entusiasmo de siempre: lanza un promedio de treinta novedades por año, que se suman a las numerosas reediciones que –como en el caso de títulos como Mafalda- suman ya millones de ejemplares de cada uno de sus tomos.


En tiempos en que buena parte de las grandes editoriales se han convertido o forman parte de grupos transnacionales, él sigue reivindicando la independencia; prefiere dejarse guiar por la experiencia e intuición: “Un buen editor es aquel que reacciona ante las necesidades de los lectores, incluso, o sobre todo, aquel que crea la necesidad que el lector no sabía que tenía”, define Divinsky a Revista Cabal. “Yo creo también que el editor no descubre a un autor, sino que lo reconoce, porque este preexiste”.
Su catálogo reúne más de 600 títulos, los más significativos de humor gráfico y escrito - con autores paradigmáticos, pero que también incluye narrativa, ensayos filosóficos y políticos, biografías y diarios, libros testimoniales, teatro argentino y latinoamericano y libros infantiles.


"Estamos orgullosos de haber publicado libros como Operación Masacre, de Walsh, Johnny fue a la guerra de Dalton Trumbo o Cada vez que decimos adiós de John Berger. Y obviamente también de los libros de humor de Fontanarrosa y de Quino. Sin embargo, el mayor placer del editor es seguir descubriendo autores y publicando nuevos títulos", confiesa. Así, concentrado en nuevos descubrimientos, es como espera llegar, en el 2016, al 50° aniversario de la editorial.
Divinsky, que inauguró la carrera de escritores como la de Pablo De Santis a quien editó su primer novela-, o Marcelo Birmajer, con su primer libro, cuentos, tiene el orgullo de haber publicado siempre lo que se le dio la gana, por afinidad o por convicción: no muchos editores pueden darse el lujo de haber trabajado sólo en función de aquellos libros que los divirtieron o conmovieron, por fuera de los dictados del mercado. Goza, además, del privilegio de saberse querido y respetado por los escritores, que muy a menudo mantienen relaciones tensas con sus editores. Osvaldo Soriano, que fue su amigo, le dedicó un relato,  Fontanarrosa confesó alguna vez que Divinsky le “terminaba algunos cuentos” –pese a que él lo relativiza cuando dice que sólo le hacía el “revoque fino”-, y Caloi dijo de él: Fue el primer editor que conocí en mi vida. En lo profesional lo admiro, y en lo personal, pese a que me peleé con todos mis editores, siento cariño por este hombre que transmite siempre un entusiasmo contagioso, es tan entusiasta que uno simplemente se alegra y corre detrás suyo”.


_ ¿Usted sabe por qué es editor?
_ Sería obvio decir que es porque mi única adicción son los libros y la lectura en general. Un editor italiano dijo que lo era "porque mi curiosidad supera a mi profundidad". Puedo suscribir eso. La mayor satisfacción es "reconocer" -antes decía "descubrir", hasta que el colega Jorge Herralde me hizo notar que el autor existía desde antes- nuevos autores y que sus libros tengan repercusión.
_ ¿Piensa que está desapareciendo la figura del editor, tal como la entendíamos históricamente? ¿Cómo experimenta ese proceso de cambio, cuál es su sensación y qué perspectiva ve a futuro?
_ En la Argentina y en muchos otros países, hay más editores con ese carácter que antes. Desde que el auge de Internet y de las redes sociales permite transponer los límites a la difusión de la información sobre nuevos libros y autores, y también distribuir directamente a los lectores interesados, se han multiplicado las editoriales medianas y chicas, que son muy  profesionales y sobreviven bien en los intersticios que plantea el sistema editorial transnacional. Y la perspectiva, todavía muy verde, de la difusión de los libros electrónicos, aumentará los espacios disponibles.
_ ¿Cuál mencionaría, si tuviera que rescatar uno, como su mejor momento en Ediciones de la Flor?
_ Es imposible rescatar uno solo. Tal vez sería cuando la Feria Internacional del Libro de Guadalajara nos distinguió a Kuki Miller, mi socia, y a mí, con el Premio Arnaldo Orfila Reynal a la trayectoria editorial, hace ya muchos años.


La incursión de Divinsky en el mundo editorial se produjo a mediados de los años 60. Antes, estudiaba Derecho, y no se sentía identificado con esa carrera ni con el futuro que esa perspectiva proponía para su vida. Por aquellos años, se vinculó con Jorge Álvarez -editor de los primeros libros de David Viñas y Manuel Puig, que había montado una editorial “con mucho criterio, pero sin un mango”-  y con un amigo con quien planearon abrir una librería. Pusieron 300 dólares cada uno, pero no alcanzó para pagar la llave de un local. Ahí es cuando Álvarez les propone invertir su modesto capital en la editorial.
Así nació De la Flor. Corría 1966, y los primeros libros salieron en 1967. Poco después llegaría Fontanarrosa, y de a poco la editorial se iría profesionalizando.
En 1970 –año de la incorporación de Kuki Miller, esposa de Divinsky, a la dirección- se publicaron por primera  vez textos de Walsh y la historieta Mafalda, que fue un rotundo éxito de ventas. Con el tiempo llegarían Caloi, Liniers, Sendra, Maitena, Rep.
Durante la dictadura militar, Divinsky y su familia debieron exiliarse en Venezuela durante seis años, luego de pasar cuatro meses detenidos (por haber publicado el libro infantil Cinco dedos, con una imagen en tapa de un puño en alto, que los militares interpretaron como una incitación subversiva), por lo que la conducción de la editorial se hizo a la distancia, entre 1977 y 1983.
A su regreso, publicaría Los pichiciegos, de Fogwill.


Entre otras cosas, Divinsky fue también interventor de LR3 Radio Belgrano y dirigió la revista Plural, fue columnista de Página/12 y estuvo a cargo de la sección Cultura de El Diario de Caracas. También participó en la Cámara Argentina del Libro, como miembro del Consejo Directivo de 1988 a 2008 y como vicepresidente entre 2000 y 2002.

_ ¿Qué análisis hace de las tendencias editoriales actuales? La autoayuda, los títulos de actualidad y los best sellers copan los catálogos…
_ Son como llamaradas, que es imposible combatir, pero que se extinguen muy pronto. Los libros que importan son los long sellers, los que se venden bien durante mucho tiempo. Pasa lo mismo con los libros de candente actualidad, que duran en las mesas de exhibición los días del mes de su aparición. Felizmente...

_ ¿Puede definir brevemente qué lo decide a publicar una obra? ¿Afinidad con el autor, intuición, gusto personal?
_ Absoluta y únicamente mi gusto personal, cuando un texto o un proyecto de libro de humor gráfico me apasiona al leerlo, me esfuerzo por convencer a mi socia.

_ En relación a las novedades 2013, ¿cuándo podrán los lectores conocer el inédito de Fontanarrosa y las Obras Completas de Walsh?
_ El inédito póstumo de Fontanarrosa (Negar todo y otros cuentos) aparecerá cuando la justicia rosarina se pronuncie sobre las objeciones planteadas por los abogados de su hijo. Los Cuentos Completos de Walsh, con edición y prólogo de Ricardo Piglia, ya habrán aparecido cuando se publique esta nota. Y tenemos libros nuevos de los humoristas que comenzamos a publicar hace poco: el chileno Alberto Montt, Decur, Julieta Arroquy y una novela de Jorge Nedich, El alma de los parias, una historia con el trasfondo de la vida de los gitanos argentinos.  

                                                                                                                    Verónica Abdala

 

Columna de opinión


“Solo hace libros que le gusta compartir”

 

Por Juan Carlos Kreimer, editor y escritor

 

"Se supone que un editor es alguien que debe leer todo, publicar todo lo hecho a partir de cierto nivel, hacer que eso que en algún desvelo epifánico se le ocurrió al autor se vuelva público y llegue a los ojos de todos los que tendrían que leerlo. Que todo cuanto publica siempre es un negocio, para su empresa y para el autor. Que los medios se van a ocupar de reseñar cuanto paquetito manda a las librerías y que éstas, por el solo hecho de que las mande una editorial establecida, la exhibirán, mantendrán en stock durante un tiempo largo y que, si se les agota determinado título, lo repondrán. El imaginario de suposiciones es interminable.
Detrás de una montaña de originales, recortes, carpetas, libros que le hacen llegar editoriales y autores de todo el mundo, más toda la papelería y documentación que le pasan sus colaboradores y cuanto le vomita el mail, muchas veces el editor se olvida de esa pasión por editar libros que lo movió y mueve para dedicarse a esto y lo único que quiere es que llegue la hora para ir a buscar a su nieto al jardín y pasar la tarde jugando con los autitos.
Pero el virus es el virus y una vez que se te inoculó, no hay antibiótico que lo haga retroceder. Aunque te fundas, seguís pensando como editor. Y si te va bien a lo largo de los años, ni hablar: se te vuelve parte de tu identidad. De ahí la remanida frase del gremio: Fulanito no tiene biografía, tiene catálogo.
Un honor que lo digan de uno: catálogo no alude fondo editorial sino a los lugares por donde pasaste. Y lugares a los que hay adentro de los libros que atravesaron airosos la montaña del escritorio, lo que reflejaron de tu propia reflexión, los espacios generados en el vínculo con esos y otros autores, colegas, el karma que fuiste dejando con esos libros en generaciones de lectores.
Conozco a este colega desde Buenos Aires de la fundación a la angustia, que él mismo inventó, Aden-Arabia, de Paul Nizan y Para vivir un gran amor, de Vinicius de Moraes. Es el único sobreviviente en actividad del boom editorial de los años 1960, aquella respuesta indie local a la tradición de los grandes sellos comandados por editores republicanos desterrados. Tiempos en los que no sonrojaba decir ‘militancia editorial’.
Ya en los primeros años, entre los autores siempre se decía: publicaste, publicás o algún día publicarás en De la Flor. Desde aquellos míticos días, siempre lo caracterizó la deferencia por atender a todos los que lo llamaban por teléfono o recibir a cualquier nuevo que le acercara un original. No publicó nada que en su momento no le gustara, nunca se dejó presionar por la posibilidad de hacer un gran negocio con algún autor de renombre o tema oportunista. Lo que es decir: solo hace libros que le gusta compartir. A lo sumo, cuando los tiempos se le estiran y algún ansioso le pide que se defina, dice ‘No me atosigueis’ con una sinceridad que estira cualquier plazo.
Es una suerte no tenerlo delante mientras escribo esto. Estaría hablando él, amplificando cada detalle con una gracia y confidencialidad que suele abrirme los oídos y escucharlo de este lado de su escritorio como si estuviera frente a un libro viviente. Una saga intergénero que, se repita o cuente escenas con personas que no conocés, te mete en la historia como buena parte de lo que publica. Su memoria capaz de expandir cualquier detalle como quien hace así con los dedos sobre la pantalla del Iphone.
Su generosidad trasciende la corrección de liquidar los derechos de autor en fecha. El tiempo –físico, cerebral, telefónico, respondiendo mails…– dado a instituciones como la Cámara del Libro y participaciones argentinas en congresos, ferias, debates… corre parejo al pasado detrás de ese escritorio que parece taparlo, pero no, leyendo. Y a lo que se va apilando en su mesa de luz. La única palabra para definir su participación en, o compromiso con, la actividad editorial es: amor".